jueves, 23 de mayo de 2013

EL SINDICATO DE TRABAJADORES Y EMPLEADOS DE LA UNIVERSIDAD DE SONORA (STEUS)



Por esta libertad de canción bajo la lluvia habrá que darlo todo
Por esta libertad de estar estrechamente atados a la firme y dulce entraña del pueblo habrá que darlo todo…
Por esta libertad que es el imperio de la juventud
Por esta libertad bella como la vida habrá que darlo todo si fuere necesario hasta la sombra y nunca será suficiente.

Fayad Jamis, Cuba

I Festival poético por la Paz y la Libertad
  
Rubén Duarte Rodríguez / Dossier Politico
En 1973, los trabajadores universitarios jugaron un papel marginal, pero significativo, en el movimiento. Dos de ellos portaron la bandera chilena y encabezaron la gran manifestación en solidaridad con Chile unos cuantos días después del golpe militar contra Salvador Allende.

Las asambleas que ellos hicieron en ese período plantearon el apoyo moral a los estudiantes y maestros democráticos. Teclo Moreno Leyva, quien despuntaba como dirigente de los trabajadores de la universidad, proponía organizarse como asociación civil; la idea de formar un sindicato comenzaba apenas a tomar cuerpo debido a la reciente experiencia exitosa del STEUNAM en la ciudad de México.

Como todo en la universidad, la luna de miel de Biebrich y Castellanos postergó por dos años cualquier proyecto de sindicalización o reforma académica Francachelas privadas de los amigos del rector y del gobernador, como la del “Día del regreso”, eran lo más significativo que sucedía en el campus universitario.

En 1975, tras la famosa pedrada a Luis Echeverría en la UNAM [1], en señal de desagravio, Castellanos invitó al presidente a visitar el que creía su feudo. Craso error, la universidad apareció de pronto pintada con lemas como “LEA no pasará”, “El movimiento estudiantil no dialoga con sus verdugos” y otras por el estilo. Y es que a pesar de la represión, los activistas estudiantiles trataban de organizarse y luchar desde la clandestinidad.

Para la naciente escuela de Economía, que pasaba por un nuevo intento de democratización, la respuesta fue fulminante: once estudiantes y varios maestros expulsados que vinieron a sumarse a los de dos años atrás.

El experimento represivo sonorense se llegó a comparar con el franco estado de sitio que impuso el gobernador Rubén Figueroa (padre) en Guerrero [2], y como en Sonora todo el mundo daba por hecho que el secretario de gobernación, Mario Moya Palencia, sería el sucesor de Echeverría, se tenía por cierta la extensión de la mano dura de su delfín Biebrich a escala nacional, quien eventualmente lo sustituiría en Bucareli. Pero las cosas no fueron así: el 23 de octubre de 1975, la matanza de San Ignacio Río Muerto dio el campanazo de salida para el joven y reaccionario gobernante. La “esperanza universitaria hecha realidad” –como calificaba a Biebrich uno de los lemas recurrentes de su reciente campaña electoral- había terminado de manera efímera y los estudiantes incrédulos festejaron con un multitudinario mitin el acontecimiento. ¡Fuera Castellanos! comenzaron a gritar miles de gargantas que de nuevo sintieron suya la universidad. Pero los estudiantes ya no iban a jugar el mismo papel de vanguardia aislada de los años anteriores, ahora la escena sería dominada en el sur del estado por los campesinos, que se aprestaban a tomar las tierras, y por los trabajadores universitarios.

La huelga de marzo-junio de 1976, con la que el Sindicato de Trabajadores y Empleados de la Universidad de Sonora (STEUS) arrancó su reconocimiento y la firma de su contrato colectivo de trabajo, fue la culminación de un proceso de arduas discusiones en asambleas que los trabajadores realizaban semana a semana y tras las que, uno a uno, plasmaban sus anhelos en un pliego petitorio que contenía demandas como vetar el presupuesto universitario si no contemplaba en primer lugar sus salarios y prestaciones, escala móvil de salarios, plaza laboral definitiva para todos los trabajadores eventuales, construcción de una colonia universitaria, y la creación de una guardería y un centro de educación preescolar para sus hijos, entre muchas otras.

El 11 de marzo de 1976, la universidad se cerró por primera vez con una huelga no estudiantil. Los primeros ocho días del movimiento fueron objeto de duros ataques anticomunistas que pretendían hacer ver a los trabajadores como pobres víctimas inocentes de malvados agitadores profesionales, creando un clima de escándalo que fue la cobertura para un ataque a gran escala perpetrado el 19 de marzo por los micos, que armados con varillas, chacos y palos rompieron la huelga, lesionando a integrantes de las guardias de trabajadores y estudiantes.

La huelga entonces se trasladó a la plaza Zaragoza, donde se instaló en un “plantón” permanente hasta donde acudieron miembros de otros sindicatos y comités de apoyo de colonias populares que ayudaron al sostén económico de la lucha.

Dentro del movimiento se pensaba que Castellanos no tendría más remedio que renunciar y dejar el puesto vacante a un rector dispuesto a conciliar. El nuevo gobernador, Alejandro Carrillo Marcor –que había sustituido a Biebrich tras su fulminante destitución– no ocultaba sus antipatías por el rector y su camarilla. Pero los ricos terratenientes y comerciantes sonorenses pensaban diferente y le impusieron al gobierno a toda costa la estancia de su rector consentido, pues no se podía correr ningún riesgo de sustitución en momentos tan críticos. Pensaban que si se concedía la cabeza del rector el movimiento tendría la suficiente fuerza para avanzar con la democracia universitaria más allá de los sueños de 1973.

Carrillo Marcor cedió a las presiones de la clase dominante sonorense, demostrando que el movimiento no podía fiarse de él a pesar de su reputación de “hombre de izquierda”, ganada luego de haber sido uno de los más conspicuos colaboradores de Vicente Lombardo Toledano en la CTM de los años 30 y 40, y en el Partido Popular Socialista, antes de ingresar al PRI, donde se quedaría definitivamente. Sólo así pudo llegar a desempeñar los que él consideró “el papel estelar de mi existencia”, la gubernatura de su estado natal.

Después de varias manifestaciones masivas, los estudiantes recuperaron la universidad en el mes de abril expulsando a los micos, acción con la que el STEUS pudo proseguir la huelga dentro de las instalaciones universitarias, en donde celebró el lº de mayo, para después enfilar al triunfo en el recuento contra el Sindicato Independiente de Empleados y Trabajadores al Servicio de la Universidad de Sonora (SIETSUS), creado al vapor por Castellanos, principalmente con empleados de confianza.

Los conserjes, jardineros, secretarias, bibliotecarios, trabajadores del campo experimental de la escuela de agricultura y de todo ese sector llamado por el rector peyorativamente “servidores universitarios” y tratados, efectivamente, como lo hace el señor con la servidumbre, sentaron a Castellanos y a sus asesores jurídicos a la mesa de negociaciones. No había de otra: o firmaban el contrato o dejaban la rectoría, y optaron por la primera salida, pues era su deber continuar “sacrificándose” por la universidad para salvarla de las acechanzas del “lobo comunista”.

El triunfo del STEUS, obtenido a pulso en tres meses de huelga, paradójicamente determinó el reflujo del movimiento estudiantil. Los estudiantes querían seguir adelante con las movilizaciones hasta “tumbar” a Castellanos, pero –una vez más- carecían de un candidato propio a la rectoría y de un programa de reivindicaciones más allá del apoyo al STEUS y al movimiento campesino del sur del estado que tuviera la atracción suficiente para agrupar a la mayoría de los universitarios sobre objetivos comunes.

La huelga de marzo-junio de 1976 desencadenó una fuerza que tenía la capacidad para arrancar el triunfo del sindicato y de los universitarios en su conjunto, ya que a diferencia de septiembre-octubre de 1973, existía un ascenso generalizado de las luchas campesinas y populares en el estado, pero faltaron decisión y convicciones en la dirección del movimiento: la mayoría del comité ejecutivo del STEUS fue convencida de que había que separar las demandas “laborales” del sindicato de las demandas “políticas” de los estudiantes y de que los trabajadores no tenían por qué intervenir en la designación de su patrón (el rector) según expusieron los “asesores” enviados por la Federación de Sindicatos de Trabajadores Universitarios, quienes por lo demás, se entendieron a la perfección con el gobernador Carrillo Marcor y sus comisionados.

“Ustedes firmen el contrato, yo me encargo de Castellanos”, les aseguró el gobernador y el movimiento cometió el grave error de creer en esta promesa, concediéndole a Castellanos dos años más; antes de su reelección.

[1] El presidente recibió en plena frente el impacto de un proyectil que se dijo que era una piedra, cuando centenares de estudiantes indignados acudieron a la facultad de medicina de la UNAM a demostrarle el repudio a su visita, gritándole en su cara ¡asesino!, a lo que Echeverría todavía alcanzó a responderles: “¡jóvenes del coro fácil!”, rodeado de guardias presidenciales que protegieron sus retirada. Jamás volvería a intentarlo. 

[2] Sobre todo en represalia después de su secuestro por el Partido de los Pobres y su liberación por el ejército el 2 de diciembre de 1974, acción en la que perdieron la vida Lucio Cabañas y un número no claramente determinado de integrantes de su grupo armado y algunos soldados.

(DOSSIER POLITICO/ Rubén Duarte Rodríguez / 2013-05-23)

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