lunes, 27 de mayo de 2013

MILITARES BAJO FUEGO EN SINALOA

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En La Vainilla, Mocorito, hubo muertos pero nadie lo hizo oficial. El Ejército se encerró en su propio caparazón y no dio parte a las autoridades estatales. Después del enfrentamiento del sábado en la madrugada, cerró los accesos y bloqueó la información. Por la noche dio vista a la PGR y entregó lo que había asegurado: armas y vehículos. Pero nada de los delincuentes muertos… menos de los suyos.

La tranquilidad corrompida, como ese viento caliente y espeso bajo un sol de 37 grados, es lo que padecen los habitantes de La Vainilla, en el municipio de Mocorito. Ahí, un enfrentamiento entre militares y un grupo armado dejó un saldo de dos civiles muertos, aunque otras cifras señalan que entre los decesos deben incluirse algunos soldados. Unos dicen dos, otros que diez…

La refriega fue el sábado 18 de mayo, alrededor de las 5:30 horas, dos días después de que rindió protesta el general Miguel Hurtado Ochoa, como nuevo jefe de la novena Zona Militar.

Los habitantes no saben si en realidad había un retén del Ejército mexicano, en el camino que conduce a esta comunidad, a unos 200 metros del asentamiento, o fue una persecución o una emboscada.

Esa mañana, antes de que el pueblo se levantara a regar las plantas de las escasas áreas verdes, en esos patios grandes, terregosos y de polvo concupiscente, se empezaron a escuchar los “guamazos”, como llama Abraham a los disparos, y entonces nadie salió de sus viviendas.

A él le avisaron cuando ya había pasado por el lugar y se dirigía a Culiacán, a trabajar.

“Me dijeron por teléfono que estaba feo el deschongue, fue como a eso de las seis de la mañana. Está fea la cosa por todos lados, oiga. Nomás que no nos toque, porque en una de esas se van barbones y rasurados”, manifestó.

De dos años a la fecha, agregó, poco salen a la calle y de noche, en cuanto empieza a oscurecer, se encierran y prefieren guardarse a arriesgar el pellejo.

Pueblo de polvo

En la entrada a La Vainilla hay un viejo letrero, vencido por el tiempo y las enmendaduras, que avisa que suman alrededor de mil 700 habitantes. La verdad es que poco de lo que dice el anuncio tiene vigencia: son unas 60 casas, de las cuales apenas 25 están habitadas. Muchos de sus pobladores se fueron porque no hay agua ni trabajo ni escuela. Algunos lo hicieron fuera del estado o del país, y viven en Estados Unidos, de donde regresan cada Navidad o vacaciones de Semana Santa.

La polvareda se levanta fácilmente. Las palmas, que no son pocas, alimentan las flacas sombras: no parece haber dónde guarecerse bajo un sol disciplinante y malhumorado de media tarde de jueves. Algunos se dedican al cultivo de palmas para construir cabañas y palapas, otros a la siembra de maíz, frijol, en tierras de temporal porque no hay agua.

Unos cuantos borregos en un cerco pequeño. Vacas en patios de casas más adentradas. Acá todo es entelerido, menos los cañones de los fusiles automáticos y mucho menos el miedo.

La telesecundaria tiene en sus fachadas algunos raspones que parecen orificios de bala recién pintados, en un intento de resanar, ocultar la realidad. Pero la realidad pesa y demuele y aplasta: está ahí, a poco menos de trescientos metros del pueblo, a la vuelta del sendero.

Combate

El tableteo inundó todo, ese sábado que apenas empezaba. Fueron cinco minutos, dicen unos. Otros, como el comisario José Cázarez, sostienen que el agarre a balazos duró alrededor de media hora, pero “a nosotros se nos hizo toda una eternidad”.

Los pobladores no pudieron pasar sino hasta las 15 horas, debido al fuerte despliegue militar.

“La verdad, echaron a perder la tranquilidad y ahora por todos lados es igual. Aquí nadie miró, nadie se dio cuenta de nada”, insistió Abraham.

Varias camionetas y una Hummer artillada protagonizaron el enfrentamiento. En el lugar había una caja para cartuchos calibre 7.62, el que usan los fusiles AK-47, conocidos como “cuernos de chivo”. Quedaron también en el camino cristales y plásticos de automóviles, esparcidos en el camino.

Las versiones difundidas en medios periodísticos indican que dentro de una camioneta quedaron los cadáveres de dos desconocidos. Los militares, además, decomisaron tres camionetas de modelo reciente, una de ellas con placas UB-89886, de Sinaloa, otra blanca con placas TY-73982, y una Chevrolet Cheyenne, placas UC-07023. Además, armas de diferente tipo, cuyas características no fueron dadas a conocer con precisión.

Los vecinos miraron helicópteros artillados militares que participaron en la persecución y otras patrullas terrestres, ya que varios de los supuestos sicarios lograron huir. Otras versiones indican que el operativo inició en la comunidad de La Calera, ubicada a pocos kilómetros al oriente de La Vainilla, más adentrada en las montañas, y que concluyó con este enfrentamiento.

A pesar de que las comandancias de la Novena Zona Militar y de la Tercera Región no emitieron comunicados sobre estos enfrentamientos, versiones extraoficiales identificaron a uno de los occisos como César Isaac Sauceda Pérez, con domicilio en el poblado La Buenavista, municipio de Mocorito. El otro abatido no ha sido identificado, tenía alrededor de 30 años y era de tez morena; muy cerca de él fue encontrado un rifle AK-47 y una bazuca lanzagranadas.

Fuentes de la Procuraduría General de Justicia del Estado (PGJE) informaron que en esta refriega de La Vainilla no fueron avisados por los mandos castrenses, por eso no cuentan con un parte informativo ni trabajos periciales sobre la escena del crimen. Pero la Procuraduría General de la República (PGR) recibió un reporte de las primeras investigaciones y de lo decomisado:

“Siete unidades motrices: tres Toyota Tacoma, una Chevrolet GMC, una Chevrolet Silverado, una Dodge Ram y una Chevrolet Pick Up. (Además) un arma corta y cinco largas”, indicó la dependencia federal.

Por estos hechos se inició una averiguación previa por los delitos de homicidio en grado de tentativa, lesiones, daños y violación a la Ley Federal de Armas de Fuego y Explosivos.

Además, en el poblado Bacamacari, donde hubo otro enfrentamiento a balazos el lunes 20, fueron decomisadas dos camionetas Toyota, una Tundra, una Tacoma y una Dodge Ram. Cada una de ellas, con armas en su interior.

“En la Tundra se aseguró un arma corta, tres armas largas, 14 cargadores de diferentes calibres, un costal con aproximadamente 660 gramos de mariguana y un kilo 102 gramos 500 miligramos de cocaína.

“En la Tacoma se aseguraron dos armas cortas, 4 armas largas, un bipié, un aditamento lanzagranadas, 36 cargadores de diferentes calibres, mil 470 cartuchos de diferentes calibre, una bolsa con 60 gramos de cocaína y un envoltorio con 29 gramos 800 miligramos de mariguana”.

Y en la Ram fueron asegurados un lanzagranadas, dos granadas, tres armas largas y 17 cargadores de diferentes calibres.

“Por estos hechos se inició una averiguación previa por los delitos de: homicidio en grado de tentativa, lesiones, daños, violación a la Ley federal de Armas de Fuego y Explosivos, y contra la salud”, informó la delegación estatal de la PGR.

Ese mismo día, en amplio sector de la ciudad de Guamúchil, cabecera municipal de Salvador Alvarado, se realizó un fuerte operativo del Ejército mexicano con la participación de cinco helicópteros. No hay reportes oficiales al respecto.

Sobre hechos del lunes 20 de mayo, trascendió que un ataque a balazos dejó un saldo de un oficial del Ejército mexicano muerto y dos más heridos, en las cercanías de la comunidad Bacamacari, un pueblo ubicado a diez kilómetros de La Vainilla. También hubo dos detenidos.

Esta refriega aparentemente tiene relación con los dos civiles muertos a balazos la mañana del sábado.

El militar ultimado fue Víctor Manuel Santiago Sánchez, capitán del Ejército y adscrito a la Novena Zona Militar, quien fue trasladado en helicóptero al Hospital Integral de Badiraguato, donde murió. Los soldados heridos fueron llevados al Hospital Militar de Mazatlán.

Marcapasos

José Cázarez cuenta que escuchó los disparos y se bajó de la cama para quedar pechotierra, en el suelo.

“Estábamos acostados cuando empezó la tracatera. Fue como media hora pero a nosotros se nos hizo una eternidad. Todos nos tiramos al piso. Dicen que los soldados los estaban esperando y otros que los traían arriados, que venían de la fiesta de La Calera. Que estaba sitiado y de allá pa’cá los traían… estuvo serio, se oía de todo”, recordó.

Ante tanto balazo, agregó, se le hacen pocos los muertos. Manifestó que ya esperaban un hecho violento como este, porque “los broncos” andaban paseándose por el lugar desde hace varios días.

En los alrededores, lo señalan otros vecinos, hay “mucha malandrinada. Y cuando esto pasó, todos nos arrancamos y nos tiramos al suelo… salimos a la calle cuando se acabó todo”.

José tiene 79 años, camina despacio y así habla: remendando sus palabras antes de que estas sean expulsadas por lengua, dientes, garganta y labios. Hasta su voz se arruga al alcanzar el aire. Aquí, en el zaguán de su casa se apacigua un poco el calor y el viento trae una inexistente brisa del cauce del arroyo que está a pocos metros, seco.

“A mí esto de la tracatera como que me apagó. Ando como temblando, como que veo borroso. Antier fui a Culiacán a que me viera el doctor porque traigo problemas con la presión, y hoy estoy más tranquilón”, señaló.

Tiene un año con marcapasos, luego de haber sufrido problemas cardiacos. Nubarrones en esa mirada. Tambaleando su cuerpo, que al andar va y viene pero no deja de avanzar. Es digno representante de su comunidad: igual de tembeleque y frágil, borrosa, apagada, por tanta violencia.

—¿De qué vive, don José?

—De la voluntad de Dios.


Arrojan cuerpo en un retén militar en el sur de Sinaloa
LA BURLA 
Nelda Ortega

Escuinapa.- En medio de un charco de sangre y un impacto de bala en la cabeza, el cuerpo de Teófilo Ayodoro Uvaldo tomó por sorpresa a los militares que tienen su base en San Miguel de la Atargea.
A ocho kilómetros de distancia de la cabecera municipal, esta comisaría salió de la tranquilidad en la que hasta hace unas semanas vivían sus escasos 80 pobladores.

La mañana del miércoles 22 de mayo, desde temprano corrió como reguero de pólvora que a los “militares les aventaron un muerto”.

Quienes esa mañana salían a trabajar al campo, como todos los días, se encontraron con la escena; vehículos oficiales de los federales y el cuerpo tendido sin vida, solo cubierto con una sábana blanca.

Más de un curioso quiso detener su camioneta para observar a detalle al desconocido, pero al modo, secos y con voz de mando, les pidieron no detener la marcha.

Teófilo Ayodoro Uvaldo tenía 30 años de edad y era originario de Tecoanapa, municipio ubicado al sureste de Chilpancingo, Guerrero; sufrió traumatismo craneoencefálico provocado por la bala, no presentaba signos de tortura, salvo un piquete en la mano derecha provocado al parecer con un picahielos.

Según versiones de los lugareños, el cuerpo “se le cayó” a un tráiler.

Con raspones en el cuerpo que le provocaron el haber sido arrojado desde un vehículo en marcha, según el reporte de defunción, fue llevado a la funeraria en turno en la cabecera municipal de Escuinapa, donde ya fue reclamado por su hermano Venustiano Ayodoro Uvaldo.

La polvareda que dejan a su paso las camionetas castrenses que transitan por San Miguel de la Atargea, mantiene en alerta a sus pobladores, que ven su presencia como una “bomba de tiempo”.

Emilio Rodríguez, comisario del pueblo, donde estima habrá entre 60 y 80 pobladores, indicó que nunca antes se había registrado este tipo de hechos, y que la existencia de los dos retenes, el de la AFI y el del Ejército, no generan tranquilidad.

“La verdad es una ‘bomba de tiempo’, aquí están los soldados, ya ve, un agarre o algo, quienes van a pagar las consecuencias son los que se llevan ahí, la gente; pasa uno (la carretera) a trabajar para allá”, mencionó.

Y es que no es para menos, porque ni la presencia militar, ni la de elementos de la Agencia Federal de Investigaciones que tienen su base a un kilómetro de distancia aproximadamente uno de otro, inspiraron respeto a quienes tiraron el cuerpo del guerrerense.

El punto de revisión del Ejército es el segundo filtro (de sur a norte) por el que deben pasar los vehículos que transitan por este tramo carretero, el primero es el de la AFI. Ahí, los militares revisan uno por uno, incluyendo el equipaje, con un equipo de rayos equis que se instaló para ese fin.

La finalidad de los militares, que están bajo el mando del general Moisés Melo García, comandante de la Tercera Región Militar, con sede en Mazatlán, es revisar minuciosamente cada vehículo y su contenido para evitar el paso de drogas y armas, aunque en las últimas tres dos semanas no han asestado ningún golpe fuerte en decomisos.

Repunte violento en el sur de Sinaloa

La osadía de los que arrojaron el cadáver en territorio resguardado por autoridades federales, no es el único delito extraordinario registrado en Escuinapa.

Le antecede el rescate que un convoy de al menos tres camionetas Liberty de modelo reciente, con hombres armados y encapuchados, hiciera de cinco personas en plena cabecera municipal.

Sin la intervención de ninguna autoridad, se detuvieron frente a las oficinas de la AFI con sede en ese municipio, para llevarse a los nayaritas José Eulogio Ayala Jiménez de 37 años de edad; Héctor Antonio Ibarra Rodríguez de 30; Miguel Ángel Ibarra Rodríguez de 37; Liliana Araiza Guzmán de 20 y de Brenda Félix Delgado, también de 20 años de edad, todos con domicilio en Tecuala, Nayarit.

En la trifulca, un elemento de la AFI también fue privado de su libertad, pero después fue abandonado en las cercanías con el municipio de El Rosario.

Aunque los levantados provocaron la movilización de elementos del Ejército mexicano, Policía Municipal, Policía Ministerial, Policía Federal y agentes y peritos del Ministerio Público Federal, la afrenta ya estaba hecha, y en su propio terreno.

A este evento le siguió el robo de 13 vehículos la noche del martes 7 de mayo a una nodriza, misma que fue abandonada en los límites de Tecualilla y el entronque a Escuinapa.

El modus operandi recurrente en el robo de vehículos, es de hombres encapuchados con armas largas que despojan al conductor de la nodriza para descargarla y abandonarla kilómetros delante de la misma zona.

Ante estos delitos no aislados, ni ocurridos en despoblado, por el contrario, en plena cabecera municipal y otros en terreno con presencia de las autoridades federales, se impone el silencio del comandante de la Tercera Región Militar, el general Melo García.

Si bien el mando territorial del general se extiende a todo el estado de Durango y Sinaloa, es en este donde la ofensiva de grupos delictivos le ha causado bajas con la muerte de militares, entre las que se menciona el deceso de un capitán, en Mocorito, sin que el jefe que los comanda dé la cara ante la opinión pública.

No es esta la primera vez que un grupo armado tira un cuerpo enfrente de instalaciones militares, retando su autoridad. El 18 de septiembre, durante la noche, un grupo de matones al servicio del crimen organizado llegó hasta la entrada principal de la Novena Zona y dejaron el cuerpo de un joven que luego fue identificado como Jesús Enrique Parra Torres, de 29 años y originario de la comunidad de Jesús María, municipio de Culiacán.

Encima del dorso dejaron una hoja con un mensaje: Por dedo EDDY. El comandante de la zona era entonces el general Rolando Eugenio Hidalgo Eddy.


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