lunes, 19 de marzo de 2012

SOBRE CULICHIS Y PATAS SALADAS





José Luis Franco   
De pequeño me tocó ver con nitidez la diferencia entre ir a Mazatlán e ir a Culiacán. Yo vivía, en La Cruz, a la mitad de estas dos ciudades y los camiones de esas rutas salían a la misma hora para llegar a sus destinos prácticamente al mismo tiempo, de manera que los que viajaban a Mazatlán veían a los que irían a Culiacán y viceversa.

Los primeros, por lo regular, se veían despreocupados, como si de ir a un baile se tratara. La vestimenta no era de protocolo, tenis o hasta chanclas se podían usar, camisetas, pantalón de mezclilla.

En cambio los segundos revisaban papeles antes de subir al autobús, se veían bien relamidos, con ropa de domingo y zapatos impecables, recién boleados en el peor de los casos, sino es que nuevos.

La razón era muy sencilla y yo mismo la padecí en alguno que otro viaje en que un pariente me emboletó para ir a Culiacán: allá se iba a tratar asuntos, cosas importantes, en cambio a Mazatlán solo se iba al chiroteo. Una razón más para que mis anhelos tuvieran a este puerto como blanco.


Así, muy temprano descubrí que Culiacán era para trabajar y Mazatlán para irse a la playa, beber el agua de un coco helado y luego comerse la pulpa con limón, sal y salsa brava. 

Una delicia. En Culiacán uno brincaría de ventanilla en ventanilla para arreglar un trámite; en Mazatlán uno brincaría en la arena, entre gente tirada al sol, para llegar hasta el vendedor de mangos pelados ensartados por un palo.

Cierto, ciudades con vocaciones muy definidas, con empeños bien delineados, tanto así que eran asuntos de disputas curiosas.

El “quítenle a Mazatlán el mar y ¿qué le queda” es un asunto repetido por secula seculorum y vivo reflejo de las rencillas provocadas por el sino. Además, de aquí para allá se usa decir: 

“Lo bonito de Culiacán es que está cerca de Mazatlán”. Como si a unos les tocara cargar con la cruz del pecado original y a los otros los hubieran premiado con la reedición del paraíso en su versión terrenal.

Curioso espejismo porque para beber el agua del coco y después comer la pulpa, una persona tenía que realizar el quehacer y lo mismo con el mango pelado ensartado en un palo.

También, es preciso decirlo, cuando alguien regresaba de Culiacán lo hacía trayendo novedosas ideas de trabajo: un nuevo sistema de riego, la noticia de que había un nuevo financiamiento para el cultivo de las tierras, cosas por el estilo; de Mazatlán solo se traía la piel bronceada, alguna moda perturbadora, una expresión en inglés, un recuerdo.

De una se regresaba con el rostro serio, concentrado en cosas trascendentes; de la otra con una sonrisa y flotando en una nube. De una se traía armas para enfrentar la vida, de la otra se traía, así de simple, la vida.

El gentilicio formal para el oriundo de Culiacán es culiacanense, pero desde que tenía muy temprana edad, Mazatlán lo modificó por culichis.

Fue tal el acierto del rebautizo que hay quien piensa que lo de culiacanenses está mal aplicado.

Para no quedarse atrás, el revire transformó a los mazatlecos en patasaladas, aunque el neogentilicio no ha tenido la trascendencia ni el arraigo del otro.

En los románticos tiempos en que el beisbol despertaba pasiones incendiarias, a los culichis se les lanzaban tomates, por su nombre de batalla.

Difícil conseguir venados para aventarles a los patasaladas, de manera que la sal fue la solución.

En los cielos del Ángel Flores y el Teodoro Mariscal, con el gran clásico en escena, volaba en sentido contrario una de las combinaciones perfectas: el tomate con sal.

Y si las ciudades son diferentes, opuestas en sus formas de ser, sus habitantes también deben serlo. Y vaya que lo son. Hasta en el acento al hablar. Los mazatlecos cuando van a Culiacán a realizar un trámite salen pensando en el regreso desde que piden en la ventanilla su boleto de ida. Arreglado el asunto no hay poder que los convenza de disfrutar unas horas de ocio en La Perla del Humaya.

—“¿Por dónde me escapo?” —es lo que pasa por la mente cuando alguien nos sugiere hacer una visita técnica a El Guayabo.

Hasta ahora no he escuchado un narcocorrido que diga: “Nos vamos pa’Culiacán, nos vamos en la blindada, que nos siga la plebada, nos vamos en caravana. Y me rentan una suite, allá en el hotel Lucerna”. Hasta la rima se tropieza.

Como que se le tiene tanto respeto al ritmo de vida de la capital del estado que no se quiere interferir en él, por decirlo de un modo amable.

Eso es algo que nos reclaman nuestros amigos de allá: “Nunca te quedas”.

Cierto, varios conocidos se han quedado allá y han transformado sus vidas acomodándolas al estilo de su nuevo entorno, pero a la menor provocación les aflora el chovinismo y son capaces de ir a un partido de los Dorados con una gorra de los Venados.

Además, se atreven a andar en short en pleno centro. En casos patéticos le ruegan al marisquero que le caliente el caldo de la campechana, como aquí hemos visto que los culichis piden hielo para enfriarlo.

En cambio los culichis, cuando tienen que hacer algo por acá, buscan la manera de que sea en viernes, para así reventarse el fin de semana.

 “Y me rentan una suite, allá en el hotel El Cid, quiero a toda la plebada, con la nariz empolvada”.

Son pocos los que acostumbran el “pisa y corre” que tan bien nos sale a nosotros. Cosa que he notado es que la gran mayoría detesta tener contacto directo con la arena.

No sé a qué se deba esta aversión, quizá para que no se les salen los pies, pero es bastante común en ellos. De hecho muchas de sus mujeres, obras maestras de la naturaleza, suelen visitar la playa en bikini y zapatillas.

Otra cosa: se la pasan haciendo comparaciones y es de lo más normal que sin venir a cuento nos salgan con que “es que allá sí trabajamos”.

Son cuestiones de diferencias esenciales entre dos ciudades que se separan no solo por poco más de doscientos kilómetros, sino por muchas cosas más que deberían derivar en un profundo estudio sociológico para desentrañar misterios tan abrumadores como lo es que en Culiacán el Ángel Flores luzca de manera patética solitario nomás empiezan los Tomateros a perder y el Teodoro Mariscal se vea “a reventar” con los Venados enmarañados en una interminable sarta de fracasos, por decir solo uno.

Aunque por comodidad todos se remiten al beisbol, la amorosa rivalidad entre culichis y patasaladas tiene mucho más trasfondo, digno de un sesudo ensayo que ni cabría en el espacio que se me concede semanalmente, ni se me pega en gana hacerlo.

1 comentario:

  1. Muy buena su columna y coincido en su mayoría. Tengo esta pregunta: ¿Sabrá usted por qué el apodo de patasalada a los mazatlecos?, será que viene de que los indígenas de la costa que eran consumidos por los de la sierra (que eran canivales) sabían salados?. Saludos

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