–Primera de dos partes–
Saltillo, Coahuila.- El descubrimiento de las fosas comunes de los
desaparecidos en Allende, Coahuila, sugiere la colusión de las
autoridades y los cárteles. Una mirada más cercana a las explicaciones y
a los testimonios existentes en la Corte de Texas cuestiona la tesis
oficial. El gobierno, por ejemplo, no ha explicado cómo es que sicarios
de un grupo criminal fueron capaces de dedicar días, si no es que
meses, a asesinar gente sin que nadie se los impidiese. De eso nadie ha
dicho nada.
A fines de enero pasado un grupo de agentes federales y
estatales, a los que se sumaron militares, se desplegó por las llanuras
semidesérticas del estado con la misión específica de buscar restos
humanos.
Durante 20 días unos 250 agentes enmascarados barrieron
ranchos y pueblos de Allende, Nava, Acuña y Piedras Negras, en busca de
las víctimas de una masacre.
La operación representó la primera
acción oficial seria para encontrar a los desaparecidos, gente
secuestrada o detenida que nunca apareció, ni viva ni muerta.
El
asesinato en masa del que los agentes buscaban rastros, quizá el mayor
registrado en México en los últimos años, dejó cerca de 300 víctimas.
Familias enteras fueron sacadas de sus hogares y levantadas de las calles antes de desvanecerse.
Poco después, sus casas fueron vandalizadas, baleadas, incendiadas y destruidas.
El gobierno atribuyó la matanza a Los Zetas, que ejecutaban así su venganza contra dos traidores.
Los asesinatos, reconoció el procurador de justicia del estado, continuaron durante meses.
La
búsqueda de los restos se convirtió rápidamente en un evento mediático;
las primeras planas de los diarios difundieron el descubrimiento de las
narcofosas y de tumbas colectivas sin marcas, en tanto que los
noticieros de televisión mostraban imágenes de barriles presuntamente
usados para disolver los cuerpos de los desaparecidos.
El
gobierno del estado informó que los internos del penal de Piedras Negras
habían asesinado a unas 100 de las personas secuestradas y que los
cuerpos habían sido incinerados dentro de la prisión.
Según el
reporte de las autoridades de Coahuila, cuando concluyó la operación de
rastreo, se habían encontrado 2 mil 500 restos, aunque no quedó claro
cuántos de éstos eran de humanos.
Pero estos homicidios sucedieron en 2011.
Lo que el gobierno no dijo es por qué esperó tres años para comenzar la búsqueda.
Tampoco explicó cómo es que los sicarios fueron capaces de dedicar
días, si no es que meses, a asesinar gente sin que nadie se los
impidiese.
En el informe oficial tampoco hay indicación alguna de
que el ejército, acuartelado en una base en Piedras Negras y que
entonces operaba un punto de revisión fuera de Allende, haya
intervenido.
“Es obvio, en el contexto de la violencia o la
criminalidad, que una matanza así no ocurre sin la colaboración o el
permiso de los agentes del Estado”, dice Luis Efrén Ríos, director de la
Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Coahuila y miembro
del grupo oficial de trabajo sobre los desaparecidos.
“Le corresponde al procurador determinar quién es responsable”.
Los
cuestionamientos sobre una posible complicidad directa o indirecta del
gobierno en la masacre se diluyen cuando la violencia se atribuye al
grupo crimianl.
De hecho, en la medida en que la violencia que marca
al norte de México se mantiene intacta, en lugar de que se realicen
investigaciones y se dicten condenas,la mera existencia de esta
organización delictiva se ha convertido en la explicación universal para
la criminalidad, una que tiene el efecto de silenciar cualquier otra
pregunta.
Sin embargo, una mirada cercana a los detalles de la
masacre, la operación del gobierno y las desapariciones documentadas por
los grupos defensores de los derechos humanos, ofrece atisbos de una
red de corrupción, colusión e impunidad.
La matanza no sólo fue motivada por la venganza.
“Tiene que ver con la corrupción.
Tiene que ver con el poder político”, dice Guadalupe Correa-Cabrera,
jefa del Departamento de Gobierno en la Universidad de Texas en
Brownsville y autora de un libro sobre el grupo criminal que
próximamente saldrá a la venta.
“Existen elementos que sugieren el
uso de tácticas paramilitares; no está claro el rol del Estado en los
conflictos y las ejecuciones masivas”.
Una tumba colectiva sin marcar
La
gente empezó a desaparecer en grandes números en México después de que
el presidente Felipe Calderón lanzó su guerra contra el narcotráfico en
2006.
Para 2013, el gobierno mexicano, ya en un nuevo sexenio y otro
partido en el poder, fijó el número de desaparecidos en 26 mil 121,
aunque aclaró que no todas las desapariciones están vinculadas con el
crimen.
Los expertos y varios grupos de defensores de derechos
humanos estiman, pese a ello, que los casos reportados representan
aproximadamente 10 por ciento del total, dado que la mayoría de la gente
es reticente a acudir a las autoridades, pues éstas se encuentran
involucradas con el crimen organizado o hay sospechas de que es así.
El verdadero número de desaparecidos, según sus cálculos, estaría más cerca de 200 mil personas.
En
el momento en que se perpetró la masacre, Coahuila y los vecinos
estados de Nuevo León y Tamaulipas se habían convertido en áreas negras,
con medios de comunicación amenazados y censurados por el narcotráfico,
y homicidios no reportados, mucho menos investigados.
La mejor
manera de describir a la región es decir que era una gran tumba masiva
sin marcas, con el número de desaparecidos más alto del país.
Alrededor
de mil 835 personas desaparecieron en Coahuila entre diciembre de 2006 y
abril de 2012, de acuerdo con estadísticas oficiales citadas en un
informe de Human Rights Watch.
En Monterrey, Nuevo León, aproximadamente 600 personas desaparecieron según cálculos gubernamentales.
Pero la monja Consuelo Morales, directora de Ciudadanos en Apoyo de
los Derechos Humanos, dice que su organización registró mil 195 casos.
El
18 de marzo de 2011, mientras la masacre en Coahuila ocurría, un equipo
del Grupo de Trabajo de las Naciones Unidas para las Desapariciones
Forzadas o Involuntarias llegó a México en una misión de corroboración.
Los investigadores no tenían idea de que la violencia había surgido
cerca de Allende cuando llegaron a Saltillo, la capital del estado.
Aun
así, recogieron información suficiente como para emitir un informe que
censuraba al gobierno mexicano por su ineficiencia y fallas a la hora de
investigar el destino o localizar a los desaparecidos y castigar a los
responsables.
El Grupo de Trabajo reservó su más dura crítica
para “el patrón crónico de impunidad” vinculado con las “desapariciones
forzadas” realizadas de manera directa o indirecta por los agentes del
Estado.
Aún más, en algunos casos las fuerzas de seguridad
detuvieron personas y las trasladaron a bases militares, de acuerdo con
una declaración del Grupo de Trabajo.
Human Rights Watch documentó 250 desapariciones en 2013, de las que 140 fueron forzadas.
Organizaciones de derechos humanos reportan que entre 30 y 50 por
ciento de los casos estaban relacionados con agentes del Estado,
incluidos el ejército y la marina.
“La desaparición forzada es
una técnica de terror”, declaró Ariel Dulitzky, presidente-relator del
Grupo de Trabajo, ante la Asamblea General de las Naciones Unidas.
“No son un accidente, un error de la policía o una consecuencia inherente a todo conflicto armado.
La desaparición forzada es reconocida como un crimen contra la humanidad”.
La violencia en la región estaba creciendo en 2011 y la presencia militar ahí continúo escalando.
Los mil 900 millones de dólares incluidos como parte de la Iniciativa
Mérida estaban fluyendo México después de algunos retrasos.
La asistencia se concentró en equipar y entrenar a militares mexicanos que participaban en la lucha contra el narcotráfico.
(Una versión de este texto fue realizada para el sitio de la cadena de televisión Al Jazeera).
(El Mañana/ Michelle García e Ignacio Alvarado Álvarez/30 julio 2014)