miércoles, 27 de enero de 2016

MÉXICO NO ESTÁ EN PAZ


Enrique Peña Nieto, el Presidente de la República, en pocas ocasiones se refiere a la seguridad o la inseguridad. El discurso se da por obligación y no por compromiso, ante el contexto de violencia que prima en México y que trasciende a la opinión pública en el ámbito internacional. Ejemplos son los casos de Ayotzinapa y la reaprehensión de Joaquín Guzmán Loera, el Chapo. Nada más.

Lo suyo, cuando decide hablar del elefante en la mesa, es darle la vuelta al bulto y concentrarse en su fallido eje de “México en paz”, que no ha variado desde el Pacto por México, ni siquiera conforme en el país se manifiesta la barbarie.

En un mensaje que a propósito de sus tres años al frente del gobierno de la república ofreció hace poco más de un mes, el presidente recurrió una vez más a la retórica y a la manipulación de las cifras.

 Dijo entonces a los funcionarios que le acompañaron y que le aplaudieron más tarde sin razón:

“Desde el primer día de esta administración nos propusimos construir un México en paz. Esto significa, por una parte, disminuir la violencia y recuperar la tranquilidad de las familias mexicanas en todas las regiones del país. Y, además, realizar cambios de fondo en el funcionamiento de nuestras instituciones y en la vida de las comunidades, a fin de alcanzar una seguridad duradera. Para hacer frente a la delincuencia, el primer acuerdo fue trabajar en equipo, más allá de filiaciones políticas u órdenes de gobierno. Así, unimos esfuerzos con las entidades federativas. A partir de cinco regiones operativas se coordinan estrategias y se comparte información con mejores sistemas de inteligencia”.

Peña remató grandilocuente: “Hoy es un hecho que la violencia está disminuyendo en México”.

La realidad es que en los primeros tres años del gobierno de Peña Nieto, del 1 de diciembre de 2012 al 30 de noviembre de 2015, en México han sucedido 65 209 ejecuciones u homicidios dolosos con una carga de violencia característica del entorno del narcotráfico y el crimen organizado.

Para dimensionar la gravedad de la cifra que refleja el nivel de inseguridad en este país, basta decir que durante los seis años de gobierno de Felipe Calderón Hinojosa, en plena “guerra contra las drogas” se contabilizaron 83 191 ejecuciones.

En tres años, Enrique Peña Nieto ha registrado el 78.38 por ciento del total de las ejecuciones sumadas en los seis años de Felipe Calderón Hinojosa. Lo ha superado.

La cifra, los 65 209 ejecutados en el primer trienio del sexenio de Peña, por supuesto no es la que proporcionan las instancias del gobierno federal, encargadas del análisis de la información que sobre la violencia y la inseguridad se genera en el país; ese número, el oficial, es “noble” para estar a tono con el discurso del “México en paz” y con el discurso que desde la Secretaría de Gobernación utiliza Miguel Ángel Osorio Chong para decirnos a los mexicanos, una y otra vez, que los índices de inseguridad han disminuido en este tragicómico sexenio. Oficialmente el gobierno federal reconoce 54 454 homicidios dolosos en tres años de gestión.

Los 65 209 homicidios violentos referidos aquí son producto de un trabajo de investigación periodística del semanario ZETA, de Tijuana, Baja California, cuyo reporte se publica en la edición más reciente, del viernes 22 de enero de 2016.

Es una recopilación y análisis de datos que se realizan desde el sexenio de Ernesto Zedillo Ponce de León, cuando el crecimiento de los cárteles en México y la lucha por los territorios y las fronteras arrojaron muertes violentas debido a ajustes de cuentas, venganzas, traiciones, corrupción, extorsiones, secuestros, amenazas.

Conocer la cifra de ejecuciones anuales se ha convertido en un termómetro para medir el nivel de inseguridad en el país. Independientemente de las cifras que maneja el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) o el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, los periodistas de ZETA recopilan la información en registros civiles de municipios, secretarías de seguridad y procuradurías en los estados, así como en medios independientes en distintas entidades federativas. Acudiendo al origen de la información se obtiene una cifra más cercana a la realidad y, por lo tanto, alejada de la versión oficial que, por ejemplo, prefiere esconder ejecutados en una sola averiguación previa, y al final contar el documento y no los cuerpos.

Los cinco estados que dominan el escenario de las ejecuciones en el país en los tres años de gobierno de Enrique Peña Nieto son también sintomáticos del movimiento de los cárteles, de la droga que se está trasegando, de la corrupción y de la impunidad que viven criminales, oficiales y funcionarios. Así los números:

1. Estado de México: 8845 ejecutados.

2. Guerrero: 6040.

3. Chihuahua: 5176.

4. Jalisco: 3946.

5. Michoacán: 3629.

A excepción del quinto estado más violento de México, que es gobernado por Silvano Aureoles, del Partido de la Revolución Democrática, en las primeras cuatro entidades las riendas de la administración y la procuración de justicia las llevan priistas.

El Estado de México, lugar de origen y cuna política de Enrique Peña Nieto, lo encabeza Eruviel Ávila, quien, a ejemplo del presidente, no considera en su día a día el tema de la inseguridad ni el de la gravedad de la violencia que ocurre en su tierra. Héctor Astudillo Torres lleva menos de cuatro meses en el cargo de gobernador de Guerrero, pero la violencia en las últimas semanas ha escalado a niveles de horror (no ha habido una estrategia efectiva de combate ni a partir de la desaparición de los 43 estudiantes de la Normal Rural de Ayotzinapa, Iguala). Del priista guerrerense se desconoce una estrategia o colaboración con el gobierno federal para disminuir las muertes dolosas.

En Chihuahua, el gobernador César Duarte Jáquez llama más la atención por el embrollo financiero en que tiene metida a la entidad que por el combate que para hacer justicia debería emprender contra los asesinos de los cárteles y del crimen organizado. Misma situación ocurre en el Jalisco que administra Aristóteles Sandoval, una suerte de remedo de Peña Nieto que, en prácticamente tres años de gobierno, no ha podido frenar el crecimiento de los cárteles ni con la ayuda del presidente en su tierra, donde este ha perdido más elementos de las fuerzas armadas ante las balas del Cártel Jalisco Nueva Generación.

Ni las cinco regiones en las cuales el presidente dividió al país para atender el tema de la inseguridad, y cuyas reuniones encabeza el secretario de Gobernación junto al de la Marina, Defensa Nacional, Procuraduría, Comisión Nacional de Seguridad, gobernadores y gabinetes de seguridad, ni la recaptura de Joaquín Guzmán Loera, ni la aprehensión de delincuentes menores del Cártel de Sinaloa, de Los Zetas, el CJNG y otras organizaciones criminales, se han reflejado en un decremento de las narcoejecuciones en un México donde la paz se inventa en el discurso, mas no se evidencia en la realidad, en el día a día de mexicanos empobrecidos —también— anímicamente.

La estrategia —evidentemente fallida— de Enrique Peña Nieto, impuesta por Miguel Ángel Osorio Chong, no ha mejorado los índices de violencia. Incluso comparando la cifra de ejecuciones de los tres últimos años del sexenio de Felipe Calderón, cuando la inseguridad se disparó, los tres primeros del priista resultan peores: de 2010 a 2012 en el ocaso del calderonato se contabilizaron 61 775 muertes violentas, contra las 65 209 de los primeros tres años del peñato.

México no está en paz, como el presidente pretende convencernos con un inverosímil y repetitivo discurso. Lo cierto es que en el día a día, de norte a sur, México atraviesa por un grave repunte de la criminalidad facilitada por la expansión de los cárteles, la impunidad de los delincuentes marginales y con nombramiento oficial, de saco y corbata; la cada vez más escandalosa corrupción gubernamental y la ineficacia de programas y estrategias planeados sin estudio para combatir lo que ya se define como una cultura del narcotráfico.

Los 65 209 ejecutados no mienten. La paz que Peña Nieto pregona y que Osorio Chong apasionadamente presume se reduce a ficción ante los números. Eso lo sabe cualquier mexicano que se ha sentido intranquilo en las calles de su ciudad.


(SEMANARIO ZETA/ ADELA NAVARRO BELLO / MARTES, 26 ENERO, 2016 08:32 AM)

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