RÍO DE JANEIRO.- Las autoridades brasileñas quieren esconder a
los vagabundos. Organizaciones civiles, investigadores y el Ministerio
Público en Río de Janeiro denuncian una política de “retirada forzosa”,
practicada por el ayuntamiento carioca y por autoridades de otras
ciudades.
“Cada vez que Río vive grandes eventos, esta política de querer
esconder a las personas se intensifica. Lo vivimos en junio pasado con
la Copa Confederaciones y pasó de nuevo con la visita del papa
Francisco. Ahora, por ser el Mundial, llega realmente a un clímax”,
considera Valdemir Geraldo Martins, educador desde hace 13 años en la
ONG católica Sao Martinho. Él trabaja con niños de la calle en el centro
de dicha ciudad.
La Secretaría de Asistencia Social de Río de Janeiro descarta, en un mail
dirigido a esta reportera, que exista una limpia: “Esclarecemos que NO
(en mayúsculas y negro) existe una política de higienización de la
ciudad en función del Mundial o de cualquier otro evento. Desde 2013,
nuestras acciones buscan el ‘acogimiento voluntario’ y restablecer los
lazos de esta población con la familia y la sociedad”.
En el correo se especifica además que ningún periodista puede
acompañar a los equipos encargados del “acogimiento voluntario” ni
entrar en los refugios donde los vagabundos son “voluntariamente”
llevados.
Para la foto
Frente a esta opacidad, existen relatos y denuncias –presentados en
las cámaras municipales y estatales– que aseguran que sí existe una
campaña de limpia.
“En la práctica, Río de Janeiro hace una política de higienización de
la ciudad”,comenta Irene Rizzini, investigadora de la Universidad
Católica de Río y directora del Centro de Investigación sobre la
Infancia.
Para Patricia Villela, promotora de Justicia del Ministerio Público,
“esta negación de los hechos por parte de Río es realmente patética”,
pues, asegura, “tenemos tantas pruebas de los hechos”.
Uno de los testimonios sobre esta política lo ofrece André,
“recogido” frente a un banco de Copacabana, un barrio donde vive en
“tiempos normales”. Tiene 20 años y hace tres años que llegó a las
calles de Copacabana, la zona más poblada de la ciudad, donde siempre
logra ganar algo de dinero. Desde mayo pasa solamente una parte del día
en la zona. Por la noche se oculta para evitar el patrullaje. Él y un
amigo duermen en la periferia. “Ahora los tiempos no son normales. Fui
llevado cinco veces este mes de junio. En todas las ocasiones pasó lo
mismo”, dice.
“Lo mismo” es la llegada de una patrulla de agentes de la Secretaría
de Asistencia Social, muchas veces acompañados de la Policía Militar y
trabajadores de la empresa Comlurb, encargada de la basura en Río de
Janeiro. Cada despliegue busca evitar que las personas duerman en la
calle.
“Ellos llegan, por lo general en medio de la noche, alrededor de las 4
a.m. Nos despiertan a veces con violencia, a veces no. Y nos obligan a
ir hacia un refugio. Todos sabemos que no tienen derecho a obligarnos,
pero ¿qué podemos hacer? Llegan armados e intentar resistir es muy
peligroso aquí. Te pueden dar un tiro, eres un joven de la calle, eres
nadie”, explica.
“Una vez que te encuentran ya sabes que vas a perder todo lo que
tenías. Porque es parte del trabajo de ellos, dejar limpia la calle, sin
nosotros ni nuestras cosas”.
André no tiene casi nada; su cobija y los cartones que carga son sus mejores pertenencias.
El invierno comenzó hace 10 días en el Hemisferio Sur. “Y aun con
este frío me quitaron mi ropa un poquito caliente y después me costó
mucho trabajo conseguir otra”, comenta.
La “retirada forzosa” implica que las personas lleguen sin
pertenencias a los refugios. Una vez que los desalojados están en las
camionetas que los llevaran a los albergues, la Comlurb recoge lo que
queda.
En un manifiesto hecho por los niños y adolescentes de la calle el 2
de abril de 2014, denuncian no solamente “las operaciones de retirada
forzosa hechas de forma arbitraria por la municipalidad”, sino también
actos de violencia y abusos. Los jóvenes acusan que la policía llega
“pegando, apuntando sus armas hacia nosotros o usando sus choques
eléctricos”.
Detallan también una técnica cruel que los agentes emplean para
despertar a los muchachos, conocida como “gota de leche”: los agentes
queman plástico y lo dejan gotear sobre los pies de los menores.
Refugios inhumanos
“Lo que ocurre no tiene que ver con las leyes especiales de la FIFA.
Es una política de Río de Janeiro que se reproduce en todas las ciudades
sedes del Mundial”, expresa desde Belo Horizonte, donde la misma
práctica está siendo realizada, María do Rosario, abogada para el Centro
Nacional de Defensa de los Derechos Humanos.
“Lo más injusto es quitarlos de las calles para ponerlos en
condiciones totalmente inhumanas”, explica la promotora de Justicia
Patricia Villela, mientras enseña cuatro discos compactos con fotos y
videos de su última visita al refugio Paciencia, el más grande de Río de
Janeiro, a 70 kilómetros de la ciudad.
“Las pruebas del estado deplorable del refugio que presentamos a la
justicia permitieron cerrarlo desde abril de este año. Solamente que
cuando fuimos para fiscalizar esta decisión de la justicia, el 2 de
junio pasado, el sitio estaba funcionando como siempre: súper enlodado y
sucio”, denuncia.
Los activistas sociales detectaron que el albergue estaba acogiendo a 450 personas, cuando su aforo máximo es de 150.
Para lograr el cierre del refugio Paciencia, el Ministerio Público
documentó casos de contaminación de tuberculosis, colchones infectados
que provocan diversas enfermedades de la piel y pésimas condiciones de
higiene y salud.
André es parte de las personas que, apenas llegan al refugio,
intentan regresar al centro de la ciudad. “Siempre me fui porque este
lugar es horrible. Sucio y sobre todo peligroso”, dice.
El albergue está instalado en una zona con gran presencia del
narcotráfico. Justo frente a la entrada existe uno de los locales más
importantes de venta de droga en la región (una “boca de fumo”, como se dice en Río).
“Para todos nosotros es una tentación muy grande. La droga es muy
barata y, cuando te dejan en este refugio, muchas veces te sientes
desesperado porque ni siquiera sabes cómo vas a regresar a tus calles.
La droga es una ayuda, en esos momento lo ves como una ayuda”, comenta
André. Él explica que su amigo es adicto al crack.
“Nosotros no hacemos la apología de la calle, porque no hay ningún
futuro en la calle para un joven. Río podía ser pionero en ese rubro si
propone una atención digna y un tratamiento médico contra la
farmacodependencia”, añade la investigadora Irene Rizzini.
André explica que, de hecho, está buscando una casa de rehabilitación
para su amigo. “Pero creo que voy a esperar a que termine el Mundial,
porque ahora no son tiempos normales”, comenta.
11 de julio de 2014)
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