Después de dejar las armas, unos 7000
exguerrilleros colombianos deberán enfrentar una vida que no conocen y nuevas
batallas: desde recuperar a sus familias hasta la subsistencia. Martín Caparrós
cuenta la vida de las Farc sin armas en un campamento de normalización.
Hay armas. En la vida
colombiana hay armas: policías muy pertrechados en las calles, custodios en
edificios públicos y privados, retenes del ejército cada pocos kilómetros de
ruta. Hay armas: por todas partes hay armas salvo aquí.
—¿Qué va a ser de nosotros,
ahora, sin las armas? Yo no sé. ¿Usted sabe?
Aquí, en el departamento del
Cauca, suroeste del país, entre montañas verdes, yace una de las 26 zonas en
las que siete mil excombatientes de las Farc avanzan hacia la vida civil a paso
casi vivo. Aquí, como en cada campamento, los ex acaban de completar la entrega
de sus armas a la ONU: miles de fusiles, pistolas, granadas, morteros y minas
que un día serán metal fundido, monumentos. Y ahora los ex se sienten raros, no
se hallan.
—Para muchos de nosotros el
arma era como la esposa. Yo conozco a varios que lloraron cuando tuvieron que
entregarla.
Dice Daniel, y se ríe. Daniel
es un Tintín moreno: bajo, robusto, cara ancha, la mirada sonriente. Daniel
—por su seguridad, en esta historia no habrá apellidos— se fue a la guerrilla a
sus 16: tenía una novia, problemas con el padre de la novia, un hermano
guerrillero y prefirió ese escape. Fue hace casi dos décadas: en ese tiempo
peleó muchos combates, caminó muchas selvas, esquivó muchas bombas; le sacaron
una bala de la espalda y le dejaron una en el brazo derecho. En ese tiempo su
hermano murió en combate, su novia en una emboscada, tantos amigos y compañeros
en encuentros, ataques, delaciones.
—Lo que te da fuerza es
cuando ves que al lado mataron a tu compañero. Ahí se te calienta la sangre,
quieres salir y echarles bala a todos, no te importa más nada.
Dice, suave, como si hablara
desde lejos.
—¿Qué extrañas de esos años?
—Nada. La guerra es pura
mierda, nada para extrañar. A estas horas, cuando estábamos allá, era la hora
en que empezaban a caer las bombas.
—¿Y ahora en cambio duermes
tranquilo?
—No. El que estuvo en una
guerra nunca va a dormir tranquilo. Y si sigues teniendo un enemigo, menos.
***
Son las cinco menos diez; en
la noche cerrada suenan pitos. Intentan despertarnos: los últimos remolones se
levantan, corren para empezar el día. Los pitos siguen y los ladridos y alguna
radio con reguetón o vallenato. Dan las cinco: en un playón de cemento con su
techo de lata, al lado de la cocina grande y casi vacía, 25 hombres y 5 mujeres
se forman en tres filas. Los exguerrilleros ya no usan uniformes; ahora llevan
bluyín o chandal, botas de goma, camisetas de colores y un abrigo: hace fresco,
a estas horas. Daniel, al frente, les reparte las tareas del día. Ninguno de
los formados tiene más de 30 años y casi todos son bajos y cobrizos: indígenas
nasa, los más nutridos en el sur de Colombia. Los rondan siete u ocho perros,
tres o cuatro niños. Por todos lados, aquí, hay niños, perros, moscas.
—¡Escuadra, retirarse!
Grita Daniel y todos se
dispersan. Le pregunto para qué forman.
—Todo ejército tiene que
tener sus normas y su disciplina.
Me dice, y que el que no se
presenta recibe su sanción: lo ponen a lavar las ollas o a limpiar los baños o
esas cosas.
—Pero ustedes ya no son un
ejército.
—Lo que no somos es armados,
pero tenemos que mantener el mismo orden. Como un ejército pero sin las armas.
El presidente colombiano Juan Manuel
Santos, el representante de la ONU para el proceso de paz colombiano, Jean
Arnault, y el comandante de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia
(Farc) Rodrigo Londoño, durante un acto por la finalización del proceso de
desarme en Buenavista, Colombia, el 27 de junio de 2017 Credit Fernando
Vergara/Associated Press
Al lado, en la cocina, hay
una gran cacerola con café dulzón y el hombre y la mujer que preparan el rancho
discuten quién de los dos quemó el arroz del desayuno. Los ex se van sirviendo,
charlan, se sacan las lagañas; dos hombres organizan una guardia. Otros debaten
sus futuros:
—¿Y si este Santos se
arrepiente de la paz?
—No puede, camarada. ¿No ve
que a él ya le dieron el premio ese, el Gallardete de la Paz?
Uno comenta que anoche se
escucharon hartos tiros por allá, del lado de Caldono; otros dos le contestan
que no, cómo va a ser, y él les cuenta los ruidos de las balas con lujo de
detalles.
—Trazadoras, se veía que
eran.
—No, no puede ser. ¿Está
seguro?
Se preocupan: sin armas, se
sienten vulnerables.
—Quién sabe si nos
encampamentaron para tirarnos unas bombas y matarnos a todos.
Les pregunto si tienen miedo
y uno, la gorra sobre los ojos, la nariz aguileña, me dice que claro que tiene:
—El Estado es traidor,
siempre fue traidor. Espero que los comandantes no se hayan equivocado con esto
de creerles.
***
—Lo mejor de la paz es haber
detenido la matanza: siempre mueren los pobres. ¿O usted vio que muchos ricos
se murieran en la guerra? Los soldados, nosotros, los campesinos, somos todos
pobres. Pero si la guerra costó muchos muertos, la paz también está costando.
Han matado gente de nosotros, líderes sociales: la paz ya nos ha costado casi
cien muertos en lo que va del año.
Dirá, más tarde, Níder, el
encargado de la reinserción económica de sus compañeros. Hablaba de los
militantes asesinados en estos meses; se supone que no los mata el Estado sino
la iniciativa individual: caciques o terratenientes vengativos, inquietos,
previsores.
—Un sicario cuesta un millón
de pesos, es demasiado barato, demasiado fácil.
Me había dicho un periodista
bogotano: un millón de pesos son menos de 350 dólares. Y Mireya, una de las
delegadas ante el Mecanismo de Paz en la región, me dirá que está preocupada:
—Sí, estoy, porque nosotros
ya les entregamos lo que ellos más querían, que eran las armas, y ellos todavía
no han organizado las garantías de seguridad para nosotros. Los paramilitares y
las bandas criminales siguen ahí, y no está claro de qué manera el Estado se va
a hacer cargo de esos territorios que nosotros abandonamos, para darles
seguridad no solo personal sino también social: carreteras, escuelas, puestos
médicos.
La amenaza se completa con
las elecciones de 2018: el uribismo podría recuperar la presidencia y ya dijo
que pretende deshacer los acuerdos. “El primer desafío del Centro Democrático
será el de volver trizas ese maldito papel que llaman el Acuerdo Final con las
Farc”, dijo hace unos días su presidente vitalicio, Fernando Londoño, un
exministro de Uribe condenado dos veces por corrupción.
—Si el próximo año sube la
ultraderecha uribista el acuerdo no sobreviviría. Y ahí nuestras vidas
correrían muchos riesgos y seguiría la violencia, se volvería al conflicto. Y
si no somos nosotros, serán otros los que tomen las armas… y a nosotros mismos
se nos volvería muy complicado hacer política sin las armas, solo con la
palabra.
Dirá Marcela, la responsable
política de este campamento. Mientras, la amnistía que el acuerdo prevé para
los guerrilleros encarcelados no se está cumpliendo: solo fue liberada la mitad
de los 2500 previstos, y hay centenares de presos en huelga de hambre. Las cárceles
están a punto de explotar.
Vista general de una de las zonas
veredales transitorias de normalización en Buenavista, Meta, Colombia, el 27 de
junio de 2017 Credit Mauricio Dueñas Castañeda/European Pressphoto Agency
***
La palabra campamento suena
bucólica, silvestre. Pero la Zona Veredal Transitoria de Los Monos está
compuesta por varias filas de barracas cuadradas cuarteleras de techos de
plástico y paredes de cartón, algunas terminadas, otras no, en la ladera de una
colina entre montañas. El Estado había prometido construirlas; no lo hacía y
todo se iba retrasando, así que los guerrilleros decidieron levantarlas con los
materiales que el gobierno les manda. Cada barraca está dividida en cuatro
cuartos independientes: el suelo de cemento, una cama y su mosquitero verde, un
armario de lata, una silla de plástico blanco, alguna tela en la ventana para
hacer cortina. Cada cuarto está cerrado con su llave: será que no confían.
—Aquí estamos, esperando.
Dirá Xiomara, la dueña de
Luna, la perra más temida, una rotweiler.
—Antes la vida era que
llegábamos a un campamento y había que hacer la rancha, el bañadero, y después
ir a estudiar y después volver a salir, ir a pelear, marchar para acá, para
allá, pasar cordilleras. Era duro pero siempre estábamos haciendo algo. Ahora
estamos quietos, esperando.
En la tradición católica, el
Purgatorio es un espacio donde los muertos esperan que se laven sus pecados
para llegar al cielo. Aquí, ahora, unos 200 exguerrilleros llevan meses de
espera.
—Si ya no son guerrilleros,
¿qué son?
—Militantes, como siempre,
revolucionarios.
El desayuno es a las seis:
docenas que empuñan sus ollitas para que les sirvan el arroz con huevos y
aguacate que —bajo diversas formas de los huevos— se repite incesante. Aquí se
comen cuatro o cinco huevos por día en promedio: la paz también tiene peligros.
A mi lado un muchacho fornido revolea una bebé, la besa, le dice sus cositas.
Por hablar, le pregunto cuántos meses tiene.
—No sé, no es mía.
Se calcula que, desde que
empezó el proceso, nacieron unos 300 bebés farianos, y muchos padres que habían
dejado a sus hijos con parientes o amigos los buscaron tras años de distancia.
Los perros, en cambio, llegan solos: los convocan las pilas de basura que
producen el arroz y los huevos.
—¿Y usted qué va a hacer con
esto de la paz?
—Lo que el partido ordene,
camarada.
Aquí todos se dicen camarada,
nadie fuma, nadie bebe, nadie usa plata y todos hablan mucho de las normas y de
las órdenes y de la obediencia, y se pasan los días haciendo trabajos de
construcción, esperando. Aquí había, al principio, 438 ex guerrilleros y
milicianos de la Columna Móvil Jacobo Arenas, una de las más temidas de las
Farc. Pero más de la mitad no está: algunos guerrilleros se han ido a Bogotá a
hacer un curso para convertirse en guardaespaldas, una salida posible. Y los
milicianos, que, a diferencia de los guerrilleros, seguían en sus casas y
militaban clandestinos, tuvieron que hacerse cargo de sus familias y están
trabajando en la cosecha de café o lo que encuentren. Ya volverán, me dicen:
que ahora están de permiso pero vuelven.
***
Algunos me cuentan sus
historias: son personas con historias muy duras que convivieron años con otras
personas con historias muy duras. Personas que quizá, por eso, no perciben que
sus historias son tan duras.
—Sí, al principio fue muy
difícil. Pero si me quedaba en mi casa me mataban. A mí irme a la selva me
salvó.
Tatiana es bajita, menuda, de
la etnia nasa, con la sonrisa triste, usa los aros con la cara de Guevara. Su
familia era muy pobre, rancho de barro y paja y una tierrita y unas pocas
gallinas en los montes del Cauca, y muchos de ellos colaboraban con las Farc.
El ejército y los paramilitares los hostigaban; ella creció entre muertes y
terrores. Fue casi natural que, a sus 16, decidiera irse con la guerrilla: así,
quizá, podría sobrevivir y por lo menos pelearía por los suyos. Al principio
fue duro: la disciplina era muy rígida, los ejercicios la agotaban, y las
marchas, escapes, escondites, tantas noches.
—Lo que más me desesperaba,
al principio, era que casi siempre estaba oscuro.
Tatiana habla bajito, triste,
y ahora dice que su fusil era su vida, que lo cuidaba como una porcelana, pero
que la mejor herramienta es su ideología, sus ganas de seguir peleando por las
mismas cosas aunque sea sin las armas. Tatiana juega con su hija de 10 años. La
nena nació en la cárcel y todavía no lo sabe: hubo un día, año 2007, en que
Tatiana, embarazada, marchaba con otros veinte guerrilleros por un monte y cayó
en una emboscada. Le metieron una bala en la barriga pero sobrevivió; después
sabría que el padre de su hija, que marchaba con ella, había muerto esa tarde.
Tatiana estuvo presa cinco años: nada en su vida le dolió tanto.
—Yo lo que más extraño son
aquellos encuentros que se hacían en la selva, cuando toda la columna nos
juntábamos para celebrar las fiestas de diciembre.
Dice, y cuánto se alegraban
de verse vivos y comían y bebían y bailaban y se contaban las noticias: cuando
eran una gran familia. Cuando la guerra era la regla y todos sabían cómo era.
***
La paz es rara. Muchos
creyeron, durante años, que si llegaba volverían a sus lugares, sus familias;
muchos están descubriendo que no tienen.
Jerson no va a volver a su
pueblo aquí tan cerca porque sus jefes indígenas lo mandaron a la cárcel por
haberse acercado a las Farc y hostigaron tanto a su familia que ellos, para
sobrevivir, lo abandonaron, y su mujer “se consiguió otro y ya, para que no la
molestaran tanto”. Marcela no va a volver porque sus padres ya murieron y tiene
miedo de que si va a su casa de los Llanos los paramilitares maten a sus hermanas.
Mireya no quiere ir porque, por su cargo en el Mecanismo, siempre la siguen
cuatro policías y no quiere llevarlos a su sitio. Daniel, en cambio, sí se va
al Meta pronto a visitar a su familia, quince días pero vuelve, dice, y que
lleva muchos años sin verlos, ya ni sabe cuántos, ni hablarles por teléfono
porque allá no hay teléfonos, y que no sabe qué se va a encontrar y que ellos
tampoco saben que él va a ir y le pregunto si no está nervioso.
—Sí, claro que estoy
nervioso.
—¿Qué le da más nervios, esto
o un combate?
—No joda, hombre.
Dice, y se ríe de verdad.
Mireya, en cambio, se preocupa por las deserciones:
—Para algunos muchachos fue
que entrego el fusil y me voy pa mi casa, porque qué más estoy haciendo acá.
Un miembro de las Farc se prepara para
su cambio de guardia en la zona veredal de normalización Jaime Pardo Leal en
Colinas, en Guaviare, Colombia, el 14 de junio de 2017, unos días antes de la
entrega total de las armas. Credit Raúl Arboleda/Agence France-Presse — Getty
Images
—¿Se les ha ido mucha gente?
—Sí, ya hubo gente que dijo
que se iba. Nosotros tenemos gente entrenada en la guerra, que sabe manejar muy
bien las armas, y hay muchos interesados, narcotraficantes, criminales, que les
están haciendo llamados con muchísimo dinero para que trabajen para ellos, y ya
hay algunos que se fueron con ellos.
También hubo farianos que no
aceptaron la paz y se integraron a otras guerrillas, como el ELN. Y planea
sobre el campamento la historia del comandante Pija, uno de los jefes de la
columna, que se llevó dinero y hombres y se compró una finca.
—¿Y ustedes pueden hacer
algo?
—Hablarles sinceramente,
decirles a los muchachos que si hacen cualquiera de esas cosas nosotros no
vamos a ayudarlos. Nosotros siempre hemos sido muy sinceros con ellos.
—¿Les preocupa no haberles
dado más “solidez ideológica” para que no hagan esas cosas?
—Es que es muy complicado, en
esta región no hay desarrollo, nada de qué vivir, y es gente que no ha tenido
acceso a estudios. Ellos llegaron a la guerrilla a cambiar su forma de vida, a
tener una forma de vida, al menos para comer. Y estuvieron con nosotros,
pelearon una guerra, fueron muy buenos para eso. Pero ahora que eso se termina…
***
Cuando la guerra era la
regla, la muerte estaba cerca todo el tiempo. Por momentos lo olvido, pero
muchos de estos hombres y mujeres han matado. Hay, hoy, pocos clubes tan
exclusivos como ese: en nuestro mundo casi nadie mata.
—¿Cómo es matar a alguien?
Le preguntaré, después,
cuando junte coraje, a Diego, a cargo de la entrega de las armas de este
campamento. Diego es bajito, los ojos huidos, la sonrisa tímida, una gorra con
ribetes dorados y zapatillas nuevas. Diego llegó a mandar a muchos hombres. En
2011 una patrulla del ejército sorprendió a la suya descansando y les metió
bala: dos murieron, Diego quedó herido en un pulmón, muy grave; los soldados lo
levantaron y lo llevaron al hospital de Popayán.
—En muchos lugares, cuando un
enemigo está malherido no lo curan. Y este es un ejército que mató a cientos de
inocentes. ¿Por qué crees que a ti no te mataron?
—No sé, a mí también me
sorprendió. Yo pensé que me iban a rematar y en cambio me metieron en un
helicóptero y me llevaron. No sé, la guerra la hacen seres humanos, también del
otro lado hay gente buena, gente pobre. O quizás fuera para tratar de sacarme
información, quién sabe.
Me dirá; e intentaré de nuevo
mi pregunta: ¿qué se siente cuando se mata a un hombre?
—Nada, no lo sabes. En un
combate no te das cuenta quién mata a quién, nadie sabe, es todo un lío. No es
que uno mata; uno dispara, nada más, y quién sabe qué pasa.
Me dirá, como quien dice:
“Qué te importa”.
***
El almuerzo es a las once y
media: arroz con fideos cortos, aguacate, yuca, huevos. Los ex se acercan en
grupitos, llenan sus cazos, se conversan, las voces bajas, la expresión
cansina. Llevan años en una organización que se ocupaba de sus necesidades;
ahora no saben cómo van a conseguir sus cosas. Tampoco saben qué va a ser de
ellos.
—Antes vivíamos mejor porque
la organización y la dirigencia respondían por los derechos de todos. Nos daban
la ropa, la comida, la salud, nos garantizaban todo. Ahora tenemos que ser
ciudadanos comunes y corrientes, pasar todas las necesidades que pasa la gente
y ganar nuestro dinero, sostener a nuestras familias.
Me dirá Marcela, y que la
disciplina era férrea pero vivían mejor:
–Uno vivía más sano allá en
la selva, más flaco, más capaz, con todo ese entrenamiento y esos esfuerzos que
uno hacía. Estaba mejor, física y mentalmente. Ahora no entrenamos, no
caminamos, no hacemos más nada.
Dice, y que con esto de la
paz ya aumentó casi diez kilos. Mireya extraña cierta forma de la seguridad:
—Vivíamos muy seguros, sin
robos, sin crímenes… Lo que más extraño es estar juntos, unidos, que lo bueno y
lo malo nos pasaba a todos en comunidad, que ese círculo cerrado que teníamos
no estaba permeado por vicios, por problemas.
Integrantes de las Farc caminan en una
de las zonas veredales de normalización en Jaime Pardo Leal en Colinas,
Gaviare, el 15 de junio de 2017. Credit Raúl Arboleda/Agence France-Presse —
Getty Images
Los guerrilleros se
acostumbraron a pensar en las Farc como su espacio y su familia, y ya no es: se
les ve desorientados. La mayoría tiene poca instrucción y muy poca experiencia
en la vida civil. Se enrolaron jóvenes, no han sido adultos en esa sociedad a
la que ahora quieren integrarse para cambiarla todo lo posible. Se sienten
inseguros. Saben que hay muchas cosas que no saben, y saben muchas cosas que ya
no les sirven: conocen los montes como nadie, sus plantas, animales; saben
luchar, obedecer, vivir a saltos, cocinar para cientos. No saben ganarse la
vida, vivir en sociedad abierta, aceptar sus dudas.
—Es necesario conseguir que
aumenten su iniciativa individual. Están acostumbrados a cumplir órdenes, los
entrenaron durante años y años para cumplir órdenes.
Me dirá Pedro, un “militante
internacionalista” que ha venido a conducir un seminario para ayudarlos en esa
transición.
—Eso podía estar bien para la
etapa político-militar, pero para la etapa político-civil se necesitan
militantes capaces de buscarse la vida, de generar política.
Han vivido sus vidas
enganchados a un futuro común; ahora, sin perderlo de vista, deben pensar en
futuros personales.
—Vamos a tener que
acostumbrarnos a que ya no hay órdenes como en la guerra, que ya no hay
comandantes sino jefes políticos. No sé cómo será que va a ser eso.
Me dirá Daniel, y que él
querría ser artista: cantor de vallenatos, pero vaya a saber; quizá termine
siendo guardaespaldas. Gustavo tampoco sabe qué va a hacer pero parece tener
menos problemas. Gustavo es comandante y tiene unos 50 años, más de 30 en las
Farc, sus botas nuevas, sus pantalones de fajina, su pancita. Gustavo tiene una
casa, una de las primeras al entrar al campamento, toda para él, y se ha armado
su salón, su dormitorio, su cocina. También tiene DirecTV, la nevera con freezer,
galletas y bebidas, paquetes de refrescos, cama de matrimonio, cortinas rojas,
dos perros pekineses, dos muchachas que ya mataron dos gallinas y ahora
preparan el sancocho. Le pregunto si piensa quedarse aquí por mucho tiempo.
—No sé, lo que diga el
partido. Ahora no somos un ejército, somos un partido, pero igual tenemos que
obedecer las órdenes.
Dice, cortante, y mira la
hora en su Rolex fondo azul. Yo intento preguntarle más, y me dice que más
tarde podemos hacer una buena entrevista.
—¿Cuándo?
—Más tarde, yo le mando
avisar.
Me dice, y que Bruno, el
pekinés más grande, lo tiene preocupado porque últimamente se le cae el pelo,
que tiene que llevarlo a que lo vean. La paz, sin duda, es rara.
***
En la paz hay noches que
Xiomara no consigue dormir: estar entre paredes la confunde. Cuando la guerra
era la regla, sí que podía dormir la noche antes de un combate:
—Ir al combate no es tan
duro, porque uno ya tiene la preparación psicológica, ya está acostumbrado. Lo
que sí le da es ese temor de ver a su compañero morir, eso es duro, habíamos
salido todos juntos y pensábamos regresar todos juntos…
—¿Y no te daba miedo que te
mataran?
—A veces sí. Pero cuando uno
va al combate no le da tanto miedo; lo que da más miedo es cuando lo cogen de
sorpresa, una emboscada, un bombardeo. Ahí sí da miedo, cuando vienen esos
helicópteros volando bajito y uno alcanza a ver al que ametralla ahí sentado y
le tira esas ráfagas de 0,50 que si lo agarra lo destroza y uno piensa bueno
hasta aquí llegó mi vida… Es como en las películas. A mí algún día me gustaría
hacer una película de toda la vida guerrillera. Es un sueño que tengo, un
anhelo.
—Y cuando ves una película de
guerra, ¿se parece a lo que es estar en una guerra de verdad?
—Sí, se parece. Algunas, por
ejemplo, de la guerra ahí en Vietnam se le parecen mucho.
Dice Xiomara, y se le pone
soñadora la carita redonda, tan serena, tan de niña de cuento, cuando cuenta
cuánto le gustaba el AK-47 con cinco cargadores que tuvo que entregar a esos
tipos de la ONU.
—Es el arma mejor, la que más
me ha gustado en mi vida.
Xiomara tiene 28 años y lleva
12 en la guerrilla y nunca, en todos ese tiempo, vio a sus padres: conseguía
llamarlos cada uno o dos años, dice, para decirles que estaba bien, que estaba
viva.
—Y ellos me agradecían, me
decían muchas gracias por decirnos que estás viva.
Dice, y que lo que más odiaba
era que les dijeran terroristas:
—Un terrorista es lo peor de
este mundo, alguien que está siempre infundiendo el miedo. Si nosotros fuéramos
así no habríamos tenido la ayuda que nos dieron tantas veces, la gente que nos
colaboraba con comida, cobijo, informaciones que nos daban o que le negaban al
ejército. Sin eso, imagínate, no habríamos durado todos estos años. Y eso a unos
terroristas no se lo iban a dar.
Ahora Xiomara tiene a su
perra y unos pendientes de brillitos azules, su camiseta negra con un escudo de
las Farc, sus botas negras. Xiomara está recuperando lo que le faltó del
bachillerato y va a estudiar Administración de Empresas “porque la organización
lo necesita”.
—¿No es una carrera muy
capitalista?
—Si yo fuera de clase alta la
haría para enriquecerme más todavía; en cambio, la voy a hacer para ayudar a
los que menos tienen a administrar mejor sus cosas. Y al partido, por supuesto.
Una exguerrillera lava ropa en un
campamento de normalización en Jaime Pardo Leal en Colinas, Guavire, el 14 de
junio de 2017. Credit Raúl Arboleda/Agence France-Presse — Getty Images
A veces, Xiomara se imagina
lo que habría sido su vida si no se hubiera ido a la guerrilla, y no le gusta.
Tendría un marido, dos o tres hijos, mucho trabajo para criarlos. Y no habría
podido hacer más nada, dice.
—Ahora en cambio he aprendido
tanto, he vivido tantas cosas, he tenido una vida tan rica. Una mujer no tiene
por qué ser ama de casa como nos enseñaron.
Dice, y Marcela me dirá,
después, que su padre, un militante comunista, le decía que ni soñara con irse
a la guerrilla, que eso “no es para muchos y es para machos”. Marcela lleva 31
años en las Farc y ahora ha cambiado el uniforme por camisetas rosas ajustadas,
las uñas rosa nacarado, los aros gordos y los dientes tan blancos, pero la
gorra militar. Marcela se fue al monte convencida de que en cinco años ganaban
la guerra y se volvía a su casa; fue a mediados de los años ochenta.
Y Mireya insistirá en que las
Farc siempre se preocuparon por la igualdad entre hombres y mujeres y, sobre
todo, por que no hubiera abusos.
—Nosotros no permitimos esas
cosas. Es muy complicado: venimos de una sociedad patriarcal, marcadamente
machista, pero en nuestra organización siempre tuvimos mucho cuidado con esas
cosas. Yo, como mujer, no puedo tolerar que a una chica la violen. Hubo casos
hace años, y el chico… se fusilaba, y ya.
Dice, y alza las cejas y las
palmas de las manos: se fusilaba y ya. Yo le pregunto si el castigo era igual
cuando violaba a una guerrillera o a una campesina.
—Igual. Si era una compañera,
más todavía. Una compañera es más difícil, porque es una combatiente, está
armada, se defiende. Así que era más común con alguna chica de la comunidad…
—¿Fusilarlos no es demasiado?
—No teníamos cárceles. ¿Qué
hacíamos, dónde los metíamos? Y además eso estaba escrito en nuestros
estatutos, y todos lo tenían muy claro.
Me dice, y que la pelea
contra el patriarcado es una de sus preocupaciones principales. Los jefes
actuales de las Farc —los integrantes de su Secretariado— son seis hombres. Y
sus predecesores fueron hombres, todos.
***
El eslogan, ahora, campea en
todos los carteles: “Nuestra única arma es la palabra”, dice, para decir que ya
no usarán las que solían. Y que, de ahora en más, buscarán formas distintas de
conseguir las mismas metas.
—Las armas nunca fueron lo
más importante. Eran una herramienta, una manera…
El discurso parece unificado
y varios me lo ofrecen, con variaciones mínimas: que las armas eran un medio
que no tuvieron más remedio que usar —ante las violencias del Estado— para
seguir buscando la transformación del sistema, porque ellos nunca dejaron de
ser comunistas guiados por Marx, Lenin y el pensamiento bolivariano, y que para
conseguirla hay otros medios y que eso es lo que están empezando a trabajar
ahora.
Un arma con una etiqueta de la ONU en
una de las zonas veredales de normalización en Colombia, el 14 de junio de 2017
Credit Raúl Arboleda/Agence France-Presse — Getty Images
Y saben que dejar las armas
les restará poder, presión, presencia, pero esperan que les dé la posibilidad
de buscar alianzas mucho más amplias, de llegar a sectores y personas que
repudiaban su violencia. Pero que para eso, dicen, es necesario que se
democratice el acceso a la política, que sirva para buscar la justicia, la
equidad, la tolerancia. Y que van a hacer un gran congreso ahora en agosto para
discutir y definir lo que harán de ahora en más. Y que realmente funcionan por
consenso y no por imposiciones de los jefes. Xiomara será una de las delegadas
al congreso y le preocupan, ahora, ciertas reacciones:
—En muchas zonas las
comunidades están desilusionadas porque nos vamos. Nos dicen: “Cómo nos van a
abandonar, qué va a ser de nosotros. Nosotros siempre los ayudamos y ahora
ustedes se van”…
En estos meses, las Farc no
solo dejaron las armas; también perdieron peso en esos territorios donde tenían
una presencia fuerte gracias a esas armas. Y muchos habitantes se quejan de que
ahora hay más delincuentes, más matanzas, más “paracos”.
—Nosotros los ayudábamos a
mantener el orden. Ahora lo tendría que hacer el gobierno, en los acuerdos se
comprometieron a eso. Pero cómo vamos a creer que el gobierno nos va a cuidar
si siempre nos maltrataron, si siempre maltrataron a los pobres…
El acuerdo de paz también
prevé medidas sociales, económicas, políticas. Una de las más notorias es la
erradicación de los cultivos de coca: en muchos casos funcionaban en zonas
controladas por las Farc, que ganaban mucha plata cobrando un “impuesto” a los
narcotraficantes. El Estado quiere eliminarlos: para eso sus agentes ordenan a
los campesinos que se deshagan de sus matas y les prometen, a cambio, plata
para empezar otros cultivos. Pero el dinero no llega: los campesinos se están
quedando, dirá después Mireya, sin mata ni plata, y se alborotan.
***
La paz es la rutina. A las
seis de la tarde, cuando el calor cede, los ex vuelven a la cocina en busca de
su cena: arroz con papas, aguacate, huevos. La comida en el Purgatorio es
abundante y consabida. Algunos dicen que mañana domingo podría haber pescado,
pero no es seguro. Algunos están aprendiendo la duda; Diego prefiere no
saberla. Le pregunto cómo imagina su vida dentro de diez años y me habla de
Colombia: que va a ser otra, dice, que ya no la va a gobernar una minoría sino
la mayoría. Le pregunto cómo lo van a conseguir.
—A través de la lucha. Si no
peleamos no va a pasar nada, pero si todo el pueblo se pone a reclamar…
—¿Y te parece que eso va a
suceder?
—Sí, claro, claro que sí. No
me parece, estoy seguro.
Por ahora los chicos
corretean y berrean, sus madres los corren y les gritan, los perros corren y se
ladran, unos cuantos muchachos divididos corretean más allá, en el descampado,
detrás de una pelota. Luna feroz ataca a un perro vagabundo y el perro gime y
varios temen que lo mate, los separan.
Una integrante de las Farc escribe una
carta en una de las zonas transitorias de normalización antes de la entrega
total de las armas. Credit Raúl Arboleda/Agence France-Presse — Getty Images
Pronto se hará de noche; la
mayoría se irá a dormir temprano. A las ocho ya es raro cruzarse a alguien
entre los barracones, en los pasillos embarrados: está oscuro, bochinche de las
radios, los ex descansan o se aburren. Níder, en cambio, parece que no parara
nunca. Níder es paisa y está a cargo de la “reincorporación económica y
política” de los ex de aquí. Níder tiene la cara abierta, la panza bien
provista, una sonrisa sólida, y ha pasado mucho tiempo en puestos
administrativos. Níder habla con la solvencia satisfecha de un político:
—La mayoría de los guerrilleros
son pobres, de familias pobres, o sea que hay que garantizarles el trabajo, la
educación, la vivienda, la salud, la recreación. Porque si no se cubren esos
derechos mínimos de las personas va a haber mucha deserción del personal:
deserción hacia otros grupos armados, hacia el vandalismo.
Ahí está el interés del
Estado: ayudar a esa reinserción para evitar que miles de soldados retomen la
guerra en otras bandas menos previsibles. Ahí está el interés de las Farc:
demostrar que pueden crear un modelo social y económico diferente que funcione
y, sobre todo, mantener a sus hombres organizados trabajando en esos
territorios que antes ocupaban con las armas, y que la paz los obligó a dejar.
—Para eso ayer mismo se
constituyó en Bogotá una empresa que se llama Ecomún, una empresa con todos los
requisitos legales.
Dice, y que, según los
acuerdos, cada guerrillero va a recibir ocho millones de pesos —unos 2.500
dólares— para empezar su nueva vida. Muchos de ellos han aceptado, dice Níder,
la propuesta de las Farc de poner el dinero en común y usarlo para lanzar una
serie de emprendimientos más o menos cooperativos.
—Nosotros le apuntamos a que
cada guerrillero invierta su capital en esto.
Dice, y no le digo que hay
palabras que se chocan: inversión, capital, guerrillero. Níder sigue:
—Porque si se hace de manera
individual, ocho millones no alcanzan para nada. Pero si nos juntamos, la
fuerza es otra. Acá somos más de 400, así que podríamos disponer de unos 3.500
millones de pesos, más de un millón de dólares.
Así, los guerrilleros serían
socios y empleados de la empresa, que les aseguraría su supervivencia, su
salud, una vivienda. Y esa vida en común que muchos tienen tanto miedo de
perder. Así, en cada zona veredal una asamblea de exguerrilleros deberá decidir
qué proyectos adoptan. Níder propone emprendimientos agrarios con valor
agregado: un principio de industrialización, dice, del campo. Y una manera,
insiste, de “mostrarle al mundo que podemos armar un sistema económico más
equitativo y más humano”. Para eso, dice Níder, la paz es decisiva.
***
Hoy es domingo: hay
visitantes. Gentes de la región llegan hasta Los Monos por distintas razones: a
ver cómo es, a preguntar algo preciso, a buscar cosas.
—Acá siempre hay gente que
viene a preguntar cómo sigue el proceso.
Me dirá Jerson, que está de
guardia en la recepción del campamento.
—¿Y tú qué les contestas?
—No, pues, que esperen al
encargado. Siempre hay, para cada cosa, un encargado. Yo para qué me voy a
meter, pues.
Dos mujeres esperan bajo el
sol a su encargado. Omayra y Ana Tulia son chiquitas, cobrizas, arrugadas:
preguntan por sus hijos. Los dos tenían menos de 20 cuando se fueron, dos años
atrás, a la guerrilla. Ellas los buscan desde entonces; cuando empezó la paz se
ilusionaron, pero ya fueron a varios campamentos y no encontraron nada. Ahora
quieren hablar con Xiomara, que maneja una base de datos que podría ayudarlas.
El problema es que los guerrilleros —las “unidades”, dicen en farqués— figuran
con su nombre de guerra y ellas, por supuesto, no saben los que usaban sus
hijos. Sí saben la fecha en que se fueron, y creen que con eso quizá consigan
algo.
—No sé qué vamos a hacer si
nadie nos puede decir qué fue de nuestros hijos. Yo le pido mucho a Dios que mi
hijo ande, porque es el único que tengo. Son cuatro mujeres y él es el único
varón, mi único hijo.
Doña Omayra mide un metro y
medio y fue una autoridad de su resguardo nasa; sabe que es mal signo que su
hijo no la haya llamado, que no haya aparecido, pero cuenta que hace tiempo una
sobrina suya también se fue p’al monte y que estuvo ocho años sin dar razón y
que cuando todos creían que se había muerto y la lloraban ella se apareció, tan
viva como usted y como yo, y que por eso mantiene la esperanza. Por eso y
porque ella cree mucho en Dios, me dice, se le arrodilla mucho.
—A ver si hoy me hace el
milagro.
Ella también está en el
Purgatorio. Junto con muchos miles: Mireya, más tarde, me dirá que pronto
subirá a Bogotá para integrarse a la UPBD, la Unidad de Búsqueda de Personas
Desaparecidas, una oficina que intenta saber qué pasó con esas personas de las que
nunca más se supo. Será un intento de cerrar sus historias, de tener una
historia que contar a sus familias. Y será, para ella, un intento de
reconciliarse con su vida: en 1988, cuando tenía 18 años, los paramilitares
desaparecieron a su novio, militante de la Unión Patriótica; poco después
mataron a su padre. Entonces Mireya decidió irse a la guerrilla; años más
tarde, su hermana, también guerrillera, desapareció en un combate.

Imagen de un par de botas pertenecientes
a un guerrillero de las Farc convertidas en planteras como símbolo de la paz y
expuestas durante un evento de la sociedad civil en Cali, Valle del Cauca,
Colombia, el 27 de junio de 2017, en apoyo del desarme completo de las FARC.
Credit Luis Robayo/Agence France-Presse — Getty Images
Es una, hay tantos; en
Colombia quedan tantas heridas por cerrar, tantos futuros por armar o desarmar.
Aquel domingo, cuando salí del campamento, escuché que Rodrigo Londoño,
Timochenko, el jefe de las Farc, había sufrido un ACV mientras visitaba otra
zona veredal. Lo internaron, la noticia fluyó, se hizo viral; esa tarde, en las
redes, se convocaban cadenas de oración para pedir su restablecimiento. Muchas
cosas cambiaron en Colombia últimamente; muchas no.
Hay, ahora, siete mil
soldados menos; hay, ahora, siete mil exsoldados que no saben qué va a ser de
sus vidas: que ni siquiera están seguros de que su guerra se haya terminado.
Hay, alrededor, millones y millones que lo esperan. Hay, también, los que
querrían que no. La paz, a veces, es una guerra más confusa.
(THE NEW YORK TIME EN ESPAÑOL/ MARTÍN CAPARRÓS/ 21 de julio de 2017)