Nada
es nuevo en materia de secuestro en la gran Ciudad de México, integrada por el
DF y una porción del Edomex que, así como son parte de un mismo continuo
urbano, componen un mismo sistema criminal. Y porque todo es viejo en su
funcionamiento criminal se puede decir que si algo permite operar a un clan
dedicado al secuestro es la protección de las policías que lo persiguen. Ambas
entidades sufren esta colusión entre el sistema de justicia y la industria del
plagio, y entre las dos suman el grueso de ese delito en el país. Daniel
Arizmendi es producto de esa asociación delictuosa y si prosperó fue gracias a
los acuerdos que tejió con la Policía Judicial del Gobernador César Camacho
Quiroz, hoy mano de Enrique Peña Nieto en la Cámara de Diputados. Pero El Mochaorejas
no es el único producto de la alta traición del sistema de justicia –incluidos
policías preventivos, judiciales, agentes del MP y responsables de cárceles–
contra los ciudadanos a los que jura proteger. El Edomex y el DF fueron casa de
otros demonios, estos de apellido Montante.
Esta
es su historia…
I. LAS BODAS DE MONTANTE
Ciudad
de México, 31 de octubre (SinEmbargo).– .… Jonathan Legaria o Padrino Endoque o
Comandante Pantera, sacerdote de la Santa Muerte, conoció a los Montante en la
misa que ofició en una casa de Ciudad Nezahualcóyotl.
Ahí
se maravilló por la capilla de pilares de mármol blanco levantada en el jardín
principal de la casa del secuestrador que apadrinaría. En el centro emergía la
imagen de un esqueleto de metro y medio de altura representativo de la Santa
Muerte, laqueada en marfil y vestida con un ajuar de seda negra y perlas
blancas. La capilla estaba inundada de flores y sus límites delineados por
veladoras doradas y negras.
Jonathan
guió la mirada hacia una placa de bronce colocada en el suelo y leyó la leyenda
ahí escrita: “Esta es la casa de la dama de negro, reina y señora del mundo y
de la tierra protectora de nosotros, tus elegidos. Gracias por los favores
recibidos a lo largo de nuestra existencia. Tus ahijados Los Macizos y la
familia Montante te veneran”.
Padrino
Endoque —que significa diablo, brujo, hechicero, espíritu, duende o maleficio
en la santería cubana— inició el rezo. Recorrió con la mirada a la feligresía
compuesta esa noche por 150 secuestradores y sus familiares: los pies calzados
con botas vaqueras, las cabezas tocadas con tejanas negras y las cinturas
apretujadas contra las pistolas. Cuando el sacerdote terminó la misa, se le
acercó uno de los Montante, a quien Legaria identificaría como José Luis en su
libro Santa Muerte. Revelaciones.
En
esos días, quizás de 2005 —Padrino Endoque no precisa fechas en el relato
introductorio de su texto—, la banda de los Montante tenía decenas de
colaboradores, más de 30 secuestros en la Ciudad de México y la atribución de
media docena de asesinatos.
La
trayectoria de Los Macizos, grupo al que las procuradurías del Distrito Federal
y del Estado de México habían considerado independiente, no estaba muy alejada
de esa marca. Montante le estiró un vaso con alcohol al Padrino Endoque y le
agradeció ayudarle a cumplir la vieja promesa hecha a la Santa Muerte de
dedicarle una misa. En el libro de Legaria se reproduce este diálogo:
—Ni
modo de buscar al cardenal Norberto Rivera [arzobispo primado de México] —dijo
Montante entre risas—. ¿Te imaginas decirle a Rivera que venga a oficiarnos la
misa? Puta madre, me cae que el cabrón se caga de miedo. Mira comandante, tú me
caíste a toda madre y la verdad no voy a negarte algo que tú mismo ya te diste
cuenta, y es que lo cabroncitos lo traemos a cuestas, ¿qué no?
—Pues
en eso tienes razón, hermano, mira que tu cara no te ayuda mucho —dijo el
Comandante Pantera y continuó con la carcajada—. Pero déjame decirte una cosa:
si de algo se jacta mi madre, justamente es de no discriminar a nadie, y créeme
que así como a ti te ha ayudado, a muchos más que se han acercado a ella les ha
dado luz.
—En
eso tienes razón. Cuando nosotros empezamos en esto, nos las vimos negras. A mi
hermano lo agarraron y estuvo dos años dentro [de prisión] y las chingas que
nos puso la Judicial estaban de a peso, pero yo nunca dejé de creer en ella. Es
más, un día, después de un careo en Santa Martha, saliendo le puse su veladora
y le dije: “Si tú nos ayudas y sacas a mi hermano de la cárcel, yo te prometo
que de cada trabajo que hagamos yo te hago tu fiesta con mariachis”. Y míranos:
aquí estamos y mi carnalito ya está afuera, y encima se nos casa en dos
semanas. Por cierto, ¿qué te parece si oficias su boda después de lo civil?
—Faltaba
más, dalo por hecho. Déjame que te apunte Zafiro [a quien Endoque refiere como
su hija] y ya está.
Por
eso, cuando el Padrino Endoque caminó dos semanas después por un rancho cercano
a Texcoco, no lo hizo como un desconocido. Era sábado al mediodía. Estaba
embelesado de nueva cuenta: “Desde el comienzo se notaba el derroche a lo
grande. Las mujeres bien arregladas y los hombres de frac con botas de avestruz
y cintos piteados, todos con tejanas de color negro y tabaco”. En la mesa
nupcial, un pastel de 12 pisos surgía de entre los arreglos de orquídeas y
tulipanes. Con betún rojo y negro estaba dibujada la imagen de la Santa Muerte
y, debajo, escrita la leyenda “Larga prosperidad y abundancia a nosotros tus
hijos”.
Después
de la ceremonia civil, Endoque ordenó traer de la camioneta una imagen de dos
metros y les pidió a los novios que se vistieran con túnicas blancas para la
liturgia, “una unión para toda la vida y para toda su muerte”. Hizo un ritual
de purificación y vivificación de la pareja. Luego oraron. Impuso collares de
la muerte e instruyó a los esponsales para que encendieran por primera vez “el
sahumerio del amor”, compuesto por copal y eucalipto.
A
la solemnidad de Endoque siguió la banda norteña y los ríos de coñac y whisky.
—Comandante,
de verdad, muchas gracias. Yo pensaba que este cabrón ya no salía —dijo
Montante y rió [en el relato de Jonathan, el secuestrador siempre ríe]—. Ya
tenían seis años y pura manita sudada, comanche. Y este año le dije: “te casas
tú con ella o me caso yo”. Y míralo, salió jalado el pelado.
—En
verdad me da gusto que los ha tratado bien mi madre y, ya que lo menciona, la
imagen en el pastel no tuvo nombre, hermano. Vas a ver que esta unión no la
deshace ni el Papa —halagó Comandante Pantera.
—¿No
te dije, carnal? Este comandante es a toda madre —le dijo Montante a su
hermano—. Si no en vano quiero tratarte un tema muy delicado —se dirigió a
Jonathan.
—Pues
tú dirás —dijo Endoque, y fue llevado al despacho.
—Desde
hace tiempo que la traigo atravesada, y un día de estos ya no la cuento. La he
librado gracias a la Santa Muerte. Desde la otra vez quería comentarte, pero no
sabía qué tan jalador eras… En confianza, a mí me recomendó contigo el Primo [a
quien Jonathan se refiere como el “líder de uno de los grupos más temidos de
Tepito”]. La mera verdad, comanche, yo necesito una protección, un padrino,
pues alguien que me diga si la cago o si voy bien, ¿cómo la ves?
—¿Para
qué hablamos más? Claro que te apadrino, cabrón.
Endoque
recordaría y reflexionaría años después: “Estaba en la boda de Montante con
Valentín Elizalde [ejecutado en noviembre de 2006] y pura gente bien… Quién
diría que a mi compadre lo balearían a la salida de un palenque […] Este pinche
gobierno de corruptos que trata de corregir a una misma delincuencia, que
empieza desde el clásico policía mordelón hasta el ministerio público que no te
levanta acta si no hay motivación económica. Puro pinche mojigato, como decía
mi compadre Osiel Cárdenas Guillén. Hay que exterminarlos, pero hay que empezar
con los de arriba, con los que cagan dinero y nos lo dan a embarradas. A esos
cabrones son los primeros que hay que chingarnos. Esa tarde y a la mañana
siguiente, cuando despejé las dudas de Montante, pude ver en él a un hombre con
hambre de poder, sed de dinero, necesidad de creer en algo, de creer en alguien
y gracias a ello puedo decir que aun a pesar del rumbo que le dio a su vida es
el momento en que él conserva eso que muchos han perdido: la fe”.

II. EL CLAN MONTANTE (PRIMERA PARTE)
Los
Montante son hijos de Lucía Esperanza Montante Cervantes y el agricultor José
Socorro García Ramírez, ambos zacatecanos. Vinieron a la ciudad de México a
finales la década de 1980. Esperanza se hizo vendedora en Tepito y sus hijos taqueros
en la calle de Toltecas del mismo barrio del Distrito Federal.2
Del
padre no se dice mucho. Quizá por eso la banda de hermanos evitó el apellido
paterno y se fue directo al dado por su madre, apodada la Negra.
No
está claro a cuál de los 10 Montante apadrinó y a cuál casó Endoque.
No
pudo ser José Samuel García Montante El Fish. El mayor de los hermanos se casó
con María Catalina Arroyo la Cata el 5 de noviembre de 1994. Se conocieron 15
años atrás. Eran vecinos de la colonia Polígonos, en Ecatepec, y fueron
presentados por alguna conocida mutua. Él trabajaba en una tenería en Inguarán,
y ella en un taller de maquila de bolsas en el centro. Comenzaron a salir, se
unieron libremente y luego se casaron por el civil. Vivieron una temporada en
la casa de la madre de José Samuel y ahí La Cata conoció a todos sus cuñados:
Juan Carlos el Loco, Martín Eduardo el Rocky, Julio César El Julio, Fernando El
Pepo, Omar El Granoso, Hugo El Blue, Christian El Cansado, Alan El Gallo Tierno
y Brian.3
El
Fish fue ladrón de transeúntes hasta 1998, cuando encontró trabajo como guardia
privado de la empresa de traslado de valores Cometra. Al año siguiente, con
algunos compañeros de trabajo, inició su empresa de secuestro. El primer
hermano incluido en la banda fue Juan Carlos el Loco. El Julio también estaba
activo en la banda, que no dejó de lado a las mujeres. La Cata participó en el
secuestro de Yuri Magali Valdez Nicolás, hija de un panadero, con quien había
amistado uno de los primeros miembros del grupo ajenos a la familia, Víctor
Hugo Cirilo Piñal Moreno.
En
la banda también había hombres y mujeres que los Montante habían conocido en
billares —como El Copa de Oro—, cantinas y centros nocturnos del Estado de
México. En uno de esos sitios fueron reclutados la amante del Fish, Teresa
Reyes Téllez, La Chaparra o La Chuky, Mónica Estévez Maysson, La Güera; Eduardo
Gómez Ramírez, El Whiskey; Fabiola Ortiz Martínez, La Flaca; César Félix
González Peralta, El Chaparro, y Rosario Pérez Pérez, La Chayo.4
La
Güera era fichera de un bar de la colonia Villa de Guadalupe, al norte del DF,
llamado Los Socios. Estaba desesperada, no tenía dónde vivir y la perspectiva
de ser una prostituta canosa y arrugada le causaba pavor. Dormía en ocasiones
en la cantina, donde era conocida como Viviana. Con la Flaca ocurrió algo
parecido. Estaba harta de ir y venir entre las mesas de borrachos dormidos y
mingitorios desbordados por la orina.5 Y es que algo más había con los
Montante, aparte del credo en la Santa Muerte: se daban a rescatar prostitutas
para convertirlas en secuestradoras.
El
Fish, líder de la banda, era el negociador. Exigía a los familiares de sus
víctimas que se refirieran a él como Lincoln, más posiblemente en relación con
el automóvil de lujo que con presidente de Estados Unidos, porque si algo
amaban los Montante en esta vida eran los autos.
La
madrugada del 14 de diciembre, El Fish les pidió al Granoso y al Whiskey que lo
acompañaran por el rescate de Agustín Cerón y su sobrino. Se dirigieron hacia
las pirámides de Teotihuacán. El Granoso esperó en una iglesia cercana y ahí
fue detenido. Siguió El Fish. Los llevaron a la casa de seguridad, donde ya
estaban aprehendidas La Chaparra, La Flaca y La Chuky y liberados el hombre y
el niño. Los Montante y sus mujeres fueron al Reclusorio Oriente. El Fish
admitió su participación en cinco asuntos en el Distrito Federal y el Estado de
México. Al igual que su hermano fue condenado en calidad de delincuente de
primera ocasión a 21 años y tres meses de prisión.6
Los
demás Montante huyeron a San José de Lourdes, en Fresnillo, Zacatecas. Hasta La
Negra, madre de los Montante, se fue. Desaparecían durante días, regresaban a
la ciudad de México y daban la explicación de que debían cuidar sus
inexistentes fábricas de ropa. En otras ocasiones los hermanos mentían con que
eran policías para justificar las armas de la casa, en los autos, entre sus
ropas.
El
7 de noviembre de 2000, antes de cumplir 35 años de edad, El Fish murió en el
Hospital General Xoco, al sur del Distrito Federal, de un catarro mal atendido
y fue enterrado en alguno de los cementerios contiguos a la estación del metro
Panteones, en los límites con Naucalpan.
Durante
el sepelio del Fish, junto a la tumba, estaban el Pitas, Iván, Lola y Rosario.7
El
Granoso, entonces de 21 años de edad y alguna vez empleado de una fábrica de
jabón, conoció en el Reclusorio Oriente a un sujeto llamado Mario y apodado el
Licenciado, quien hizo honor al sobrenombre y le vendió una boleta de libertad
falsa con certificado de absolución. El 5 de enero de 2001 salió por la puerta
principal del Reclusorio Oriente con la complicidad de varios custodios. Los
guardias habían sido comprados por su hermano Juan Carlos el Loco, quien
desembolsó dos millones de pesos, dinero obtenido de los secuestros que éste
dirigía. Otra parte de los ingresos se utilizaron para pagar a los abogados
defensores.8
Un
hermano libre y otro preso. Once días después de la fuga del Granoso, Julio
César fue detenido el 16 de febrero junto a Víctor Hugo Cirilo Piñal Moreno.
Fueron testigos de la aprehensión la Negra, la esposa del Julio, sus dos hijos
y su hermano Christian, entonces de 16 años. No fue casualidad. No era
cualquier fecha ni cualquier lugar donde la pjdf los encontró.
Celebraban
el cumpleaños del Fish junto a su lápida.
III. ESCUCHO LADRAR LOS PERROS
Inicia
el momento que cambiará mi vida para siempre. Es 27 de noviembre de 2001. Son
las 5:30 de la mañana. Salgo de mi casa en mi auto a la bodega de mi padre, en
el gigantesco mercado de pescados de La Nueva Viga, el mar muerto en medio de
la ciudad de México. Al circular por la calle Genaro García, paso un tope y me
percato de un auto blanco con cuatro hombres. Me cercioro que los seguros de
las puertas estén abajo, pero en ese momento uno de los hombres se apuesta de
mi lado, otro en la parte del copiloto y otros dos atrás de mi vehículo.
Uno
de ellos, Gualberto Iván Berdejo Flon el Invasor, me encañona con una pistola y
me pide bajar. Lo hago pensando que quieren el auto. El que está armado me
amaga y aprieta mi cabeza debajo de su antebrazo. Me sube atrás del auto en el
que vienen. Me colocan en el piso y uno de ellos me dice: “Ya valiste madres”.
Me
pregunta de las joyas que tengo puestas. Ordena que me las quite. Me saco los
anillos, los aretes y una cadena. Esculca mi bolsa preguntando cuánto dinero
traigo. Le respondo que llevo tres mil pesos en un compartimento de mi bolsa.
Quieren
saber si tengo tarjetas de crédito. No. Al hombre que me llevaba amagada se le
cae su teléfono celular. Quiere hablar con el sujeto que se quedó en la calle
para indicarle qué ha pasado. El aparato me lastima. Muevo el brazo derecho
hacia el piso y le entrego su teléfono. Grita el Invasor: “¡No te quieras pasar
de lista! ¿Te sientes muy fregona?” Sé que tiene el puño cerrado. Lo deja caer
una y otra vez sobre mi espalda y cabeza. Jadea. Lo siento encima de mí, como
las quijadas de un perro atascadas en mi nuca.
Me
bajan del vehículo. Debo caminar con la cabeza agachada y los ojos cerrados.
Subimos unas escaleras de caracol, toco un tubo a la derecha. Me meten en un
cuarto. Me avientan sobre una colchoneta. Me ordenan que me quite la ropa.
Escucho a más personas dentro de la habitación, alrededor de ocho hombres.
Ríen. Callan. Ríen.
Uno
me baja los calzones y me nalguea. Los demás comentan. “Está bien buena” y ese
tipo de cosas. Me suben los calzones y me dan un short. Me paran en una esquina
del cuarto. Me ponen parches de algodón sobre los ojos y luego me vendan la
cabeza, hasta la nariz, con cinta adhesiva. Entra alguien más. Sé que es el
jefe, Juan Carlos García Montante el Loco. Todos callan, todos salen, sólo él
se queda conmigo.
Me
pide calma. “Es un secuestro”. Pregunta con quién se debe comunicar para
negociar. Tiene la voz gruesa. Le proporciono el número telefónico de la bodega
de mi padre. Marcan, supongo que de un celular. Pero mi padre todavía no llega
a la bodega. Me piden marcar de mi teléfono celular a la casa. El jefe anota
todo, escucho el bolígrafo arrastrarse sobre el papel. Tiene puesta una
chamarra de piel. La huelo y me roza.
—Tenemos
a tu hija. Está bien, pero nos la llevamos —dice El Loco.
—¡Hijos
de la chingada! ¡No vayas a tocar a mi hija o te carga la chingada!
—¡Hijo
de la chingada tú! Tranquilízate, porque las cosas las vamos a hacer como yo
digo. No le avises a la policía o le haremos mal a tu hija. Van a ser dos
millones y medio de pesos.
—No
tengo el dinero.
—Pues
júntale, hijo de tu pinche madre. Y si no escuchas la palabra “Roque” cuando te
hable, hijo de tu puta madre, no contestes ni des nada de información. Sólo
conmigo negocias, pendejo. Con nadie más.
—Mi
hija es claustrofóbica, se puede poner mal.
—Tenemos
doctores para atenderla y para resolver cualquier emergencia.
Silencio.
—Si
la negociación no se hace este próximo viernes, el asunto se pospone hasta el
lunes, porque no trabajamos fines de semana.
—Voy
a empeñar mi casa. Voy a tener dinero el viernes a mediodía.
—No
trabajo de día, solamente de noche. Separa los dos millones y medio de pesos en
fajas de 10 mil pesos y envuelve cada una en papel aluminio.
El
jefe sale del cuarto. Entran tres o cuatro tipos. Me sientan sobre un colchón
que está en el piso. Me sujetan los pies con una cadena delgada a la base de
una cama. Encienden la televisión a todo volumen. Los hombres murmuran cosas.
Al poco rato se fueron tres y se quedó sólo uno. Me pregunta cómo me llamo, qué
estudio. Dice que no me preocupe y que si mi familia coopera, todo estará bien.
Me pregunta qué quiero tomar. Es amable. Quiero café.
No
hay nadie más.
—¿Crees
que pague tu papá? ¿Crees que denuncie? —me pregunta.
—Lo
más seguro es que sí pague.
Quedamos
en silencio. Acaricia mis piernas. Me toca. Me penetra. Termina y me da papel
para que le limpie. Me ordena no decirle a nadie.
Segundo
día. Otro sujeto que se rola turno con el primero para cuidarme me preguntaba
si hago ejercicio, si me gusta estudiar.
—Tranquila.
Todo terminará muy pronto. Tu papá coopera —dice.
Me
intenta tocar, pero se arrepiente.
Me
da de comer quesadillas. A veces son tacos de carne con queso, jugo, agua,
café, licuado y pan. En ocasiones escucho la sirena de una patrulla o de una
ambulancia. Me pregunto si vienen por mí.
El
Invasor sube de vez en cuando al cuarto. Es el más agresivo. Me pega y propone
a los demás que jueguen conmigo. Me hace preguntas.
—¿Qué
día es? —interroga.
Dudo
y me golpea.
—¿Qué
hora es?
Titubeo.
Me pega. Callo. Me pega.
—Te
voy a dar unos bombones.
Me
ordena inflar los cachetes y aplaude con mi cara entre sus manos.
—¡Bombones!
—ríe—. Se llaman bombones, puta. ¿Con quién andas?
Siguen
los golpes.
—¿Tienes
novio?
No
sé qué contestar. Me golpea.
—¿Tienes
relaciones sexuales? ¿Desde cuándo te masturbas?
No
importa qué conteste. Me golpea. No abusa de mí, pero incita a los demás a que
lo hagan.
—¡Huevona!
—grita antes de golpearme cada vez que entra al cuarto y me encuentra
acostada–. No estás de vacaciones, hija de la chingada. Estás para lo que
nosotros te digamos.
Pregunto
a uno de los cuidadores por qué el otro me golpea.
—Por
su forma de ser. No todos somos iguales.
Me
cuida el resto del día. Lo siento cerca. Me toca. Lloro. Me pide perdón. Me
pregunta si alguien me ha hecho algo.
—No
—respondo por miedo.
Me
cuidan dos sujetos durante el tercer día. Juegan Nintendo, uno de ellos es Alan
el Gallo Tierno. Prenden la televisión y el radio en la estación Universal
Stereo. Son jóvenes, con fuerte acento del Distrito Federal. Llega el Invasor.
Ordena a los otros que me den un cepillo de dientes y a mí que me bañe. Me
sacan del cuarto y pasamos por otro maloliente a pies. Tienen música. Me meten
al baño y me ordenan que me desvista. Sigo con los ojos cubiertos. Sé, por las
voces, que alrededor de mí están unos cinco de ellos.
—Estás
bien buena.
—Está
gorda.
—¿Estás
embarazada?
—Tienes
panza.
Risas.
Uno
abre la llave del agua y los demás salen. Me quita la venda y moja mis ojos. La
pared es una mancha verde.
—¡No
intentes verme, no subas la cabeza o te mato! —grita.
Uso
jabón y estropajo que él mismo me dio. Tengo frío. Cierra la llave y me saca.
Me da un calzón que no es mío, el mismo short, mi suéter y mi sostén. Cubre mis
ojos y me lleva a través de la habitación apestosa.
Uno
de los sujetos, el que ha sido amable, pone audífonos en mis oídos.
—¿Qué
música te gusta? —pregunta.
—El
grupo Intocable.
Se
va y regresa en un minuto, algo hace clic. La música llena mi cabeza. Sólo él
me trata bien. En mi interior le digo “Ángel”.
Bodega
de patrullas inservibles en Nezahualcóyotl. Foto: Humberto Padgett, Sinembargo
Despierto
con el golpe de la puerta. Es El Invasor. Me empuja, me lleva al cuarto donde
están los otros. Me desnudan. Sólo tengo la cabeza y la cara cubierta hasta la
nariz. Me hacen bailar con ellos. Me pegan, me lastiman, se burlan de mí. Dicen
que si mi papá tiene tanto dinero, cómo es posible que mi ropa sea tan
corriente.
Me
dejan en paz. Me tiran sobre el colchón. Uno de ellos se acerca quieto, en
silencio, como si lo hiciera a escondidas.
—¿Estás
bien? —me pregunta “Ángel”.
Amanece.
Lo sé por las voces. Sigo en la oscuridad.
—¿Te
quiere tu papá? —pregunta otro.
—Sí.
—Ni
madres que las quiere —se refiere a mi madre, mi hermana y a mí—, ¿por qué las
dejó?
—Una
vez te seguimos hasta tu escuela —dice uno de ellos.
—A
principios de mes estuvimos detrás de ti y de tu hermana en un McDonald’s.
Estabas con tu mamá y tus hermanos —habla otro.
—¿De
quién es el Camaro rojo que se estacionó hace una semana a tu lado en la
Universidad Anáhuac del Sur? —me pregunta uno más. Quieren saber detalles de
mis compañeros.
—No
sé, yo sólo voy a la universidad a estudiar. No tengo amigos —les digo la
verdad.
Bombones.
—Tu
papá no quiere pagar.
Tengo
miedo.
—El
pendejo avisó a la policía. Te vamos a matar y tirar frente a la puerta de su
casa.
Están
agitados, entran y salen del cuarto. Los oigo correr por la escalera de
caracol. En la tarde llega el Loco y me ordena hablar con mi padre y decirle
que todo está bien.
Se
queda el Gallo Tierno. Tiene voz aguda y habla como imbécil. Es de los peores
conmigo. Entra al cuarto y se sienta a mi lado. Pone un muñeco de peluche en
mis manos.
—Es
un Tazz, como el de las caricaturas. Quédatelo, te lo regalo —acerca su
aliento.
Entra
otro, Bulmaro Feliciano Mendoza el Oaxaco. Habla mucho.
—Somos
dos bandas —alardea y me pide nombres de personas que pudieran secuestrar.
Me
golpea cuando me quedo callada. Estoy desesperada. Tartamudeo. Me pega más.
Conoce La Viga perfectamente.
—¿A
quienes sabes que han secuestrado en La Viga?
Le
digo apellidos de familias. Él los ubica por sus nombres de pila. Insiste en
que le diga a quién más podrían secuestrar y repasa los negocios, andén por
andén. De la cocina, como siempre, sube el olor a pescado cocinado.
A
las siete de la noche del cuarto día, se me acerca el hombre que me consoló y
me puso música. Escuché su voz.
—¿Ángel?
—le pregunto.
—¿Qué
me dijiste? —su voz se revuelve, se transforma en furia, como una gota de
sangre al entrar en un vaso de agua. Se serena.
—Tu
papá pagará. Estarás bien. Olvídate de todo.
Llegan
otros tres tipos y luego el Invasor. Se burla de mí por el muñeco y me lo
quita.
—Yo
se lo regalé. Es mi amiguita —escucho decir al Gallo Tierno con su voz infantil
y estúpida.
Se
quedan el Invasor y entra una mujer que se burla de mí por la música que
encontró en mi carro. Saca algo de un mueble cercano, acomoda algo y luego la
escucho planchar, huelo el agua quemada entre la ropa y la plancha.
—¿Te
masturbas? —pregunta ella.
Risas
nerviosas, ansiosas.
Algo
compacto toca el piso. Es la plancha. Los golpes de las chanclas contra los
talones de la mujer se alejan. No estoy sola. Alguien pone un video de Cándido
Pérez. El colchón se hunde a mi lado. Y al otro. Me agarran. Me viola uno
enseguida del otro.
Siento
que me asfixio. No escuché el chancleteo de regreso, sólo la voz.
—¡Atásquense!
—pide la mujer.
Me
asfixio. Los hombres no dejan de hacer bromas sexuales. Tampoco ella.
Regresa
el Invasor. Me jala de los cabellos.
—A
ver quién le pega más fuerte —propone a los demás.
Y
los demás aceptan. El Invasor me da un puñetazo en un muslo. Y otro. Cada vez
es más fuerte. Si me quejo o muestro dolor me pega nuevamente. Ríen. Prenden y
apagan un encendedor.
—¡No!
—pide alguien.
—¡Sí!
—gritan a coro los demás.
Me
voltean y sujetan. Omar el Granoso me quema la nalga derecha. El Invasor sale y
el Gallo Tierno se queda. Me toca, me jala el pelo, intenta hacerme cosquillas.
Me asfixio.
Me
levantan a la una o dos de la mañana. Me desencadenan los pies. Esculcan mi
bolsa. Me dan mi ropa. Están todos en el cuarto, 10 o 12 personas. Ríen. Se dan
palmadas en la espalda, se abrazaban. Festejan. El Oaxaco pone un billete en mi
mano. Sube a quien yo digo “Ángel” y con
otro tipo me bajan por las escaleras. Salimos. Jalan la cinta adhesiva y quitan
los algodones de mis ojos, convertidos en dos chicles calientes.
Me
ponen lentes oscuros.
—Tu
papá pagó. Te vamos a soltar en un lugar y dependerá de ti si llegas bien o mal
a tu casa.
Manejan
por media hora y paran el auto.
—Levantas
la cabeza hasta que ya no escuches el motor.
Arranca
el auto. Las luces son plásticos derritiéndose. Hay un terreno baldío. No sé
más. Me siento por 10 o 15 minutos. Son las cuatro de la mañana del 1º de
diciembre. Camino por calles desconocidas. Pregunto a alguien por dónde ando.
“Por la cárcel de Santa Martha”. Me detengo frente a una casa y toco. Al fondo,
escucho ladrar unos perros.9
IV. EL CLAN MONTANTE (SEGUNDA PARTE)
Los
oficios religiosos de Padrino Endoque tampoco pudieron ser para Hugo el Blue,
cuidador de los secuestrados. Lo asesinaron a puñaladas a las afueras del metro
Oceanía en el año 2000. En la banda se dijo que por cuestiones de
narcotráfico.10
Es
más posible que el ahijado fuera Juan Carlos el Gordo, el Flash, el Loco o el
Vox, heredero del liderazgo del Fish a quien superaría en récord con 33
plagios, según estimaciones de la policía, algunos por los que obtuvo hasta
cinco millones y medio de pesos.
Como
todos los suyos, el Loco se hizo taquero en Fresnillo, Zacatecas. Tras la
migración de los Montante al Valle de México, estuvo preso por robo en la
prisión de Bordo de Xochiaca, Ciudad Neza. Ahí conoció a varias personas y al
salir se fue a vivir a la colonia Polígonos, en Ecatepec, pero siempre mantuvo
las visitas a la cárcel. Trabajaba como hojalatero. Eso decía. Sus propios
hermanos no lo creían. Los billetes se le salían de los bolsillos. Era
generoso. Sin chistar repartía 5 mil pesos entre sus hermanos.11
El
Loco capitaneó a sus hermanos libres y al resto de la banda que no fue
capturada, entre estos el Pitas y Rosario Pérez Pérez la Pelos, amante de
Martín Eduardo, una mujer en sus veintes que abandonó su casa a los 15 o 16
años. Conoció las esquinas de bebedores y fumadores de marihuana de sus rumbos,
la colonia Peralvillo y Tepito. Reforzó la banda con Gualberto Iván Berdejo
Flon el Invasor, Aarón Álvarez Moreno el Chavo del Ocho —vivía en una vecindad—
y David Álvarez Moreno el Espacioso.12
El
Loco también era el dueño de las relaciones de la banda con la policía. En 2003
viajó a Zacatecas a visitar a su hermano Fernando el Pepo, en ese momento
resignado a ser taquero en su pueblo.
—Me
torcieron, pero no hay bronca, porque hubo baile, carnal —dijo Juan Carlos al
Pepo.
—¿Cómo
estuvo?
—Llegué
a La Viga. Me quedé de ver con cuatro amigos. Llegaron unos policías judiciales
del Distrito Federal. Me dijeron que ya sabían quién era, que ya estaba puesto.
Me subieron a la patrulla. Les dije que ya sabía de lo que se trataba y que
íbamos a bailar. Me puse de acuerdo con los judiciales y mandé a traer dinero y
unos coches. Les di cinco millones de pesos y unos automóviles, incluido el
Ford Focus ZX3 color negro.
Otro
baile descrito por el Pepo ocurrió en junio de 2005. Habían capturado a su
hermano Omar el Granoso en la colonia Ramos Millán mientras desayunaba.
—Ya
sabemos lo que debes —le dijeron y, como al Loco, lo llevaron de paseo—. Vamos
a echar un bailecito.
—No
tengo dinero, pero carros sí, y oro también —propuso el Granoso.
Otra
coincidencia entre policías y secuestradores: unos y otros adoran los autos y
el oro.
—¿Quién
y dónde nos los dan? —cuestionaron los judiciales y ellos mismos propusieron la
entrega cerca de la Basílica de Guadalupe.
El
Granoso buscó por teléfono al Loco. Éste llevó los autos a Calzada de los
Misterios y habló al Granoso. Los secuestradores cumplieron y entregaron una
camioneta Sonora dorada, un Honda Civic blanco, un Pointer gris, un Chrysler PT
Cruiser morado y un Jetta generación cuatro, todos de modelo reciente. También
700 mil pesos y un kilo de oro. Pero los policías no hicieron su parte.
Presentaron en el ministerio público al Granoso, enviado después a la misma
prisión de la que se había fugado.13
Había
otros gustos comunes entre los Montante y los policías que los protegían y
traicionaban. En una casa de seguridad rentada en Tláhuac, la última que
ocuparon, la policía encontró dos botes de cerveza Modelo, una hebilla de
cinturón metálica con forma de cabeza de tigre, y dos pistolas doradas con la
leyenda de “Montante”. Los relojes: Bulova, Swatch, Caravelle, uno del Hard
Rock Café Acapulco y Michel Domit. Joyas: un anillo de metal de tres colores
con siete piedras; un anillo de metal amarillo con siete piedras blancas y una
roja; un anillo en forma de herradura con un caballo de color amarillo con 10
piedras blancas; un brazalete de metal amarillo con tres placas cuadradas con
felinos; una esclava de metal rojizo con una placa de trébol de cuatro hojas. Y
balas de pistolas Magnum.14
V. LOS XOLOESCUINTLIS
Habla
una víctima de los Montante:
Es
la noche del 8 de octubre de 2001. Estoy en mi casa con mi esposo T., mis dos
hermanos y mi hijo único T., de cinco meses de nacido. Mi bebé y yo estamos
acostados en mi recámara, en el primer piso. Sé que hay gente en la casa viendo
cachorros de raza xoloescuintli criados por mi marido. Escucho un disparo de
arma de fuego en la parte de abajo. “¡T.!”, grito corriendo escaleras abajo.
Está con mi hermano Salomón en el suelo bocabajo en el piso de la sala. Un
hombre me grita que cierre los ojos y me tire al suelo. Otro pregunta por el dinero.
Uno más cuestiona si hay alguien más en la casa; me toma del brazo y me agacha
la cabeza. Preguntan por las llaves de nuestra camioneta y me llevan a la
cochera. Me acuestan en la parte trasera del vehículo y sube un hombre herido,
ayudado por alguien más. Una mujer llega con mi bebé en brazos. Va con el niño
adelante. Lo pido y me lo niegan. Manejan con rumbo a Oceanía. Mi hijo llora.
Pido de nuevo que me lo entreguen. Uno de los hombres lo acuesta en sus piernas
y le da palmaditas en la espalda. Meten la camioneta a una casa.
Me
suben por una escalera de caracol y me repiten que no abra los ojos. Me meten a
un cuarto con una colchoneta a la entrada y me sientan en el piso. Me ponen
algo sobre la cabeza. Escucho música de corridos a todo volumen. Pregunto qué
pasa y una mujer me calla. Llega quien entiendo es el jefe. Me dice que ya
saben todo de nosotros, que me hará unas preguntas y si miento me golpeará.
—¿Tú
esposo trabaja en la prensa?
—No.
Me
azota contra la pared. Me piden hablar a mi familia y pedirles que retiren a la
policía. Camino en el cuarto y tropiezo con una cama. El hombre me pide que me
acueste y hasta entonces me dan a mi hijo. Me preguntan qué marca de pañales
usa y si toma leche en polvo. Todavía le doy pecho. El primer día no me dan de
comer y me vendan la cabeza hasta la nariz. Casi no puedo respirar.
A
la mañana siguiente escucho la voz de tres hombres que juegan Nintendo todo el
tiempo. Me ordenan dirigirme a ellos por “señor”. El jefe llega. Pisa muy
fuerte, marca el paso, golpea las puertas. Ordena que me den de cenar chuleta
de cerdo y frijoles. Me dan un pañal para cambiar al bebé. Lo hago con el
tacto. Escucho camiones de carga y el ladrido de un perro.
Mi
esposo no paga. Dicen que me dejarán ir para conseguir el dinero, pero que mi
niño se queda. Les pido, les ruego que no. Me sacan de la casa. El bebé llora.
Estoy en un auto. En la noche, en medio de un lugar que no conozco, me
abandonan. Pasan semanas. Conseguimos el dinero. No sé de mi hijo. Pagamos. Nos
dicen que la mujer que está con ellos se lo quiere quedar, porque se ha
encariñado con él. Hablan una medianoche y me dicen que está en una colonia en
el oriente de la ciudad de México. Que lo encontraré en un Volkswagen rojo
abandonado. Me dan la dirección exacta. Voy con mi marido. Encontramos el
carro, tiene las ventanas abiertas.
Adentro sólo hay basura. Regresamos a casa. Suena el teléfono. La policía tiene
a mi hijo. Lo abandonaron en un Volkswagen negro. Mi hijo está azul por el
frío.15
VI. EL CLAN DE LOS MONTANTE (TERCERA
PARTE)
Tal
vez quien partió el pastel de bodas decorado con el esqueleto fue el Pepo.
“Fernando es un señor moreno oscuro y muy feo, de estatura aproximada de un
metro noventa. Es robusto, pero no gordo. Tiene facciones toscas y sus labios
son muy gruesos. Le faltan algunos dientes y tiene inflamadas las encías.
Parece que está dormido o que es tonto.”16
O Martín Eduardo el Rocky, alto, delgado,
moreno y de cabello negro ondulado. En sus tiempos de secuestrador usaba
bigote. Vestía pantalones de mezclilla y camisas de cuello. Era cobrador de
rescates.17
El
Julio también fue taquero en alguna parte de su vida. Nació el 17 de mayo de
1971. Medía un metro 80 centímetros y pesaba 100 kilos. Estiló decolorarse las
puntas del cabello, en contraste con su piel morena oscura. Vivió en la colonia
Popular Rastro de la delegación Venustiano Carranza del Distrito Federal.
Los
Montante extendieron la familia en La Nueva Viga, uno de los dos océanos secos
a media ciudad de México por los que pasa la mayor parte de pescado consumido
en el país, como si los mares no estuvieran al otro lado de las sierras y los
volcanes. La Central de Abastos La Nueva Viga: 9.2 hectáreas con 202 bodegas
mayoristas y 52 al menudeo que escupen cada día mil 500 toneladas de pescados y
mariscos. Cientos y cientos de comerciantes con fortunas olorosas a pescados y
levantadas cada día entre la madrugada y la noche. Las presas favoritas de los
Montante. Riqueza sin influencia. La influencia es implacable, destroza los
eslabones de protección con policías, agentes del ministerio público y jueces.
El pez grande se come al chico.
El
Rocky se casó con una mujer de nombre Leticia, prima de Víctor Manuel Matías
Aguilera, pescadero y relacionado con los secuestros, quien conoció al Fish y
al Loco desde muy jóvenes, cuando se dedicaban al robo de vehículos, asalto a
transeúntes en la vía pública y robo a transporte.18
VII. OLFATO DE PERRO
Habla
El Loco con los tres: mi padre, mi madre y conmigo.
—Esto
es un secuestro, creo que ya lo saben. Pónganse de acuerdo en quién se va a
quedar —nos dice.
—Ellas
se van y yo me quedo —intenta Vicente, mi padre.
—No.
Eres tú el que se va.
—Yo
me quedo, por favor —pide mi papá.
—Quien
se va eres tú.
Nos
despedimos.
—Hoy
mismo las libero —nos alcanza a decir antes de que lo callen.
Se
lo llevan al amanecer. Luego me toman por el brazo y, de espaldas, me colocan
gasas en los ojos y cinta adhesiva blanca muy apretada. Me recargan en la pared
junto a mi madre. Escucho la voz de un hombre con fuerte acento
centroamericano. Nos ofrece café y nos pide no comentar nada de la cortesía o
tendrá problemas. Prepara un caldo de su tierra, una especie de sopa de leche,
huevo y epazote. No quiero probar bocado. Tengo tos.
—Debes
comer. Estás enferma, ¿qué te gustaría? —dice el centroamericano.
Una
mujer interviene.
—Mira,
este pendejo todavía les pregunta qué quieren de comer, como si fuera
restaurante.
Es
el último día que el hombre amable está con nosotras.
En
la mañana llega la misma mujer y, como siempre, juega con el teléfono celular.
—El
muy pendejo se conmovió. Si lo dejamos otro día las deja escapar —dice.
Se
acerca un hombre fornido, Gualberto Iván Berdejo Flon el Invasor. Olisquea el
aire con fuerza.
—Huelen
mal. Hay que bañarlas —nos dice en voz tan baja que casi sólo se le escucha el
odio–. A ver, gorda, párate, ponte los zapatos —dice a mi madre.
Una
noche, cuando dormimos, el Invasor irrumpe en el cuarto y me lleva. Hay música
tropical y norteña. Me obliga a bailar.
—Hasta
para eso eres muy pendeja —brama—. ¿Sabes jugar a la silla eléctrica?
—No.
—Haz
como si estuvieras sentada en el aire con las manos extendidas hacia el frente.
Me
dejan en esa posición una hora. Hacen lo mismo con mi madre. Dormimos el resto
de la madrugada.
Despertamos
con las campanadas de una iglesia cercana y el ladrido de dos perros grandes
dentro de la casa.
—¿Quieres
fumar? —me pregunta el Invasor. Acepto.
—Odio
a los ricos, son personas muy déspotas —tiene el aliento agrio—. En mi familia
fuimos muchos y yo sufrí mucho desde chico. El hijo de la chingada de mi padre
no supo sacarnos adelante. ¿Qué estudiaste?
—Hotelería.
—Igual
y es bueno tener una carrera. Pero en lo que yo hago tengo muchos lujos. ¿En
qué centros comerciales compras tu ropa?
—En
Coyoacán —le miento.
Silencio.
—¿Crees
que no te puedo matar y destazar? —su boca es un aspersor de saliva—. ¡Yo voy a
Santa Fe, Perisur y Coapa! ¡Yo compro por lo que las cosas cuestan antes que
por la marca… —me hace tocar su chamarra de gamuza—, es Armani y me costó 10
mil pesos! Sólo me pongo ropa de ese precio pa’rriba. ¡A mí me vale madres la
muerte! Yo estoy en algo que me arriesgo todos los días. No me importa morir.
¿Quieres que te descuartice?
Silencio.
Se tranquiliza.
—En
cualquier momento llega un operativo y yo salgo a morir. No me importa. Yo
disfruto chingando a la gente y ya gocé su dinero. Nosotros no secuestramos
gente con mucho dinero, porque son muy poderosos y tienen influencias. Tampoco
jodidos, porque no pueden pagar. Nos fijamos en gente de clase media alta. Es
más manejable.
Termina
su cigarro. Llama a mi madre y nos ordena hacer ejercicio las tres horas
siguientes.
—¿Qué
crees, Lupe? Si todo sale bien en unas horas se van. Tu marido está juntando el
dinero. Espero que no nos hagan una mamada —le dice el Loco a mi madre y luego
se acerca a mí—. Mi’ja, en unas cuantas horas ustedes se van. Ya se está
cerrando el trato. ¿Estás contenta, verdad?
Habla
por teléfono con mi padre y se propone la última prueba de vida. Mi padre
pregunta a mi madre dónde se casó mi hermana Norma. Mi madre tartamudea. El
Loco me pone el teléfono.
—En
Puebla —respondo.
—Arréglenlas
para que su familia las vea bonitas —pide el Loco.
Nos
dan gel para el cabello y un peine.
—A
lo mejor las tiramos al canal —dice la mujer mientras talla el peine sobre mi
cuero cabelludo. Sólo siento alivio cuando lo pasa encima de la apretada cinta
adhesiva. Nos dan un cepillo dental. El Loco explica el gesto: somos un objeto
que debe cuidar.
Estamos
sentadas sobre el colchón donde dormimos, sin base, a ras de suelo. Se quedan
callados. Como la luz de una lámpara entra en una cueva, un ruido se acerca a
nosotras. Un perro nos huele la cara. El animal sube al colchón. Pone el hocico
junto a mi cara. La mujer lo jala.
—No
te vayas a infectar con estas viejas —se dirige al perro—. Infla los cachetes
—me ordena.
La
obedezco. Me golpea las mejillas en cuatro ocasiones con una manopla. Entrega
nuestras cosas, pero la mujer decide quedarse con los zapatos de mi madre.
Antes
de irnos, el Invasor se me acerca por última vez. Pone un billete de 50 pesos
en mi mano para subir a un taxi donde nos liberen.
—Si
nos hubiéramos conocido en otro momento —me dice—, hubiéramos podido tener una
bonita amistad.19
VIII. EL CLAN MONTANTE (TERCERA PARTE)
La
familia creció con las amistades de la calle y las prisiones.
El
Pitas tenía alrededor de 33 años de edad, era delgado y usaba bigote en ese
tiempo. Era idéntico al actor Ramón Valdez, Don Ramón, pero más bajo de
estatura y empedernido fumador de marihuana. Levantaba a las víctimas y las
llevaba a las casas de seguridad. También tuvo su paso por el Reclusorio Norte
en 1998.20 Algún derechazo le enchuecó la nariz y está tatuado con la imagen de
la Santa Muerte. Trabajaba en Tampico. Se hacía pasar por vendedor de paletas
para identificar gente con dinero y luego secuestrarla.21
El
Tirirí murió de sida en 2004 y era cuidador de las víctimas. Antes fue huésped
del Reclusorio Oriente.
El
Chaparro, claro está, es bajo de estatura. Además estaba pasado de peso. Tiene
uno de esos cabellos tan lacios que cada pelo apunta en dirección distinta.
Cuando sonríe se le hace un hoyuelo en la mejilla derecha. Era un informante.
El
Abuelo, de nombre Vicente, era un arrugado prematuro con líneas especialmente
marcadas en los rabos de los ojos. En el antebrazo derecho tiene una enorme
cicatriz que parece un cartón remojado. Se quemó con el radiador de un carro.
Vestía botas y camisas vaqueras y usaba gafas oscuras. Era levantador de
víctimas.
Rosario
Pérez Pérez La Chayo era novia del Rocky. La escogió por ser chaparrita y,
según descripción de su cuñado el Pepo, “tiene las nalgas muy pronunciadas”,
que realzaba con pantalones de mezclilla. Su función en la banda era cuidar a
las víctimas y darles de comer, llevarlos al baño. Vivía en el barrio de
Tepito. Martín Eduardo la conoció en un bar donde hacía bailes eróticos.22 El
mismo Rocky también incluyó en la cuadrilla a su esposa, Leticia Aguilera, quien
trabajaba en la Central de Abasto, posición que le permitía obtener información
de comerciantes prospectos de ser secuestrados.
El
Erick estilaba barba de candado y cabello casi a rapa. También capturaba
víctimas. El Príncipe o el Judío renquea del pie izquierdo y cuidaba a los
secuestrados. Casi nunca salía de la casa de seguridad. El otro Erick, el
Keros, camina con actitud desafiante. No necesariamente por serlo, sino porque
tiene chueca la cadera.
El
Charmín o el Capulina, mezcla física del oso de la marca de papel higiénico con
el cómico Gaspar Henanine, usa anteojos que no lo libran de sus apodos. Era
cercano a los Montante. En 2005 fue a la fiesta del día de las madres que el
Loco organizó en la casa que tenían en Teotihuacán, cerca del Hotel Sol.
El
Monjas era informante, proponía víctimas y daba información de los pasos de la
policía. Lo mismo hacía el Jamón, obeso, corto, sonrosado y calvo, a quien le
falta medio dedo del meñique de la mano izquierda.
El
Compadre es un hombre alto y obeso con marcado acento sinaloense. Era otro
cuidador.23
Alberto
Aguilera Díaz el Bigotes, suegro de Martín Eduardo el Rocky, era señalador de
víctimas en La Nueva Viga.24
Luis
Fernando Menegazzo Morales el Rambo nació en Guatemala. Llegó a la destrozada
ciudad de México en 1985 sin documentos. Obtuvo un acta de nacimiento mexicana,
porque un amigo suyo lo registró como su hijo en el registro civil de Ecatepec
con el nombre de Luis Fernando Maldonado Cervantes. En 1987 conoció al Bigotes,
vendedor de pescados y mariscos. El Rambo le compraba aleta de tiburón. Diez
años después, el Bigotes le presentó en su casa a uno de sus yernos, el Rocky.
Hicieron amistad de inmediato. El hermano Montante le vendía autoestéreos,
bocinas, rines y celulares. En noviembre de 2000 lo visitó en su casa. Llegó
con el loco.
—Te
andamos buscando para que nos pongas personas y nosotros, con nuestra gente,
las secuestremos —propuso el Rocky.
—¿A
quién quieres que te ponga? —preguntó el Rambo.
—A
marisqueros de La Nueva Viga.
—Está
bien.
El
Rambo hizo rápidamente una lista.
Seleccionó
por el número de bodegas de su propiedad, cantidad y tipo de mercancía que
manejaban. Propuso a una mujer, Q., que trabajaba en el mercado como secretaria
de su padre, dueño de dos bodegas de mayoreo. Mencionó a Miguel, propietario de
granjas de camarón y dos bodegas. El tercero fue una mujer chiapaneca llamada
Arely. Finalmente mencionó a Gladys Arellano Quintero. En los siguientes
encuentros con los Montante describió a las cuatro personas, el sitio exacto
donde trabajaban, sus horarios y los autos que utilizaban.
Juan
Carlos le dijo que lo buscaría el Trompudo para que le señalara a las personas.
Se citaron en La Nueva Viga. El Trompudo llevaba barba de candado delgada,
recortada por estilista. El Trompudo escogió a Verónica Martínez. Esperó a que
saliera y la siguió. Por la información, el Rocky pagó al Rambo 100 mil pesos
en efectivo que gastó en alcohol y cocaína.25
Los
cuatro señalados por el Rambo fueron secuestrados.
IX. LA JAULA, EL GATO Y EL SUEÑO
Me
desnudan y ponen el aire acondicionado para que me entuma. Así ha sido desde mi
secuestro, el 9 de febrero de 2004. Me raparon y rasuraron el bigote. Me
drogan, me hacen tragar barbitúricos a la fuerza cada dos o tres días. Cuando
despierto me hacen creer que ha pasado un año. No es cierto. Han pasado tres meses.
Preguntan si mi familia, bodegueros de chiles en la Central de Abasto, pagarán.
No sé. Me golpean en la cara después de que me hacen inflar los cachetes. Me
tienen dentro de una jaula de madera con un zarape. En la misma habitación
duermen tres, en ocasiones cinco vigilantes. A veces uno de ellos descansa
arriba de mi jaula. Ponen música de narcocorridos y juegan Nintendo durante
todo el día. Vendado, me sacan de la caja y me golpean. Me ordenan que cuando
me dirija a ellos les debo decir “señor”. Una de las mujeres, mientras me
bañan, me araña la espalda y los brazos hasta sangrar con un objeto agudo. Me
dejan salir al baño una vez al día. Escucho el silbato de un tren que pasa
cerca de la casa. El último día me obligan a beber alcohol hasta la inconsciencia.
Despierto en el hospital con 20 kilos menos. Tras las golpizas, he perdido
parte de la capacidad de habla y de vista del ojo izquierdo. En las piernas me
han marcado con navaja las siglas de la Procuraduría General de la República.26

“Tú
eres el que deberías estar secuestrado, no tu esposa, por lo que te exijo de
rescate cinco millones de pesos”, le dicen por teléfono a mi esposo, U.,
transportista de autobuses Estrella Blanca. En su lugar, yo, T., estoy
secuestrada desde el 10 de marzo de 2003. Hay por lo menos cinco personas,
entre ellas una mujer. Todos me golpean con el puño cerrado, con los pies. Me
encadenan a una cama y me dejan al cuidado de dos hombres. Me hieren hasta con
una navaja, con la que han dibujado la figura de un gato en mi brazo izquierdo.
Tengo las cicatrices de los cigarros que apagan en mi cuerpo. Me golpean Alan
el Gallo Tierno y Christian el Cansado García Montante.
Me
liberan. Me busca la policía. Me hacen ver un video. Con camisa negra, la misma
voz que me dijo varias veces que me regresaría a casa en pedacitos dice:
“Quiero salir en la película de televisión”.27
***
Estoy
encadenada en un colchón desnudo. Los primeros tres días de mi secuestro, del
13 al 15 de marzo de 2002, he sido violada por diferentes hombres. Puedo
reconocer su voz. Me hablan mientras me violan. Me dicen que soy una puta y que
me pondrán a trabajar en La Merced. Me dicen todo el tiempo: “Te vamos a mandar
en cachos; vamos a mandar un brazo o una pierna; vamos a mandar tu cabeza; vamos
a ir por tus hijos si tu marido no nos paga”. “Pórtate bien, nosotros no
hacemos esto por gusto. Te tenemos que pegar, porque es nuestro trabajo.” “Si
tu marido no me da el dinero, te vamos a violar.” “Cuando te dejemos salir,
róbale dinero a tu esposo y mándalo a matar, porque al cabrón le vales madres.”
Mi esposo tiene una bodega de mariscos en La Viga.
Fuman
marihuana. Uno de ellos me parece homosexual por su forma de hablar; todo el
tiempo dice que le dan asco las mujeres. Cada vez que lo dice me golpea con la
pistola en la cabeza y en el cuerpo y me patea.
El
30 de marzo, como a las nueve de la noche, escucho mucho ruido y un disparo. Me
dicen que es una R-15. Me ordenan que me vista. El jefe les dice a los demás
que levanten las cosas, que se tienen que ir. Dicen que acaban de matar a tres
policías. En la nueva casa me tienen encerrada en medio baño y durmiendo en el
suelo. Todos los días me golpean. El Loco dice tener un informante dentro de la
policía. Dicen que ya me voy. El jefe dice que la banda se quiere despedir de
mí. Me ordena inflar las mejillas varias veces. Cuando lo hago, cada uno de
ellos me golpea con el puño cerrado. Gritan: “¡Bombón!” Llego a mi casa. Tengo
quemaduras y cortaduras en la espalda y una nalga. La cara amoratada, hinchada.
Ya no deseo acordarme de esos momentos, porque para mí es como una pesadilla.
He perdido el sueño. Estoy muy mal.28
X. EL CLAN MONTANTE (ÚLTIMA PARTE)
La
banda hizo diáspora. Jesús Arroyo Bucio, hermano de la Cata, conoció a los
Montante desde los 16 años en la colonia Polígonos. Hizo amistad especialmente
con su cuñado, Samuel el Fish. Fue preso en el Penal de Puente Grande, Jalisco,
por robos a casas y sentenciado a 10 años con seis meses. Salió preliberado a
los tres años con tres meses. Al salir, vino a la ciudad de México en 2003, el
mismo año en el que fue detenido el Invasor.
En
2003 y 2004 Jesús hizo una banda de asaltantes de gasolineras en el Estado de
México y Michoacán. En octubre de 2004 participó en el robo de una camioneta de
valores en la ciudad de Puebla. El asalto sería sencillo. Uno de los ladrones,
identificado por Jesús como David, tenía las llaves del transporte de
seguridad, copias que antes le había dado un empleado del Servicio
Panamericano. Pero todo se complicó. Mientras los guardias entregaban parte de
las bolsas con dinero, vieron el acercamiento de los ladrones. Salieron
disparando. David Celis, líder del grupo, murió en un tiroteo al igual que dos
custodios. También fue detenido un asaltante cuya ocupación oficial era la de
guardia privado de seguridad. El botín fue grande y a Jesús le tocó un millón
de pesos. Jesús buscó a Juan Carlos El Loco, quien mantenía relación con la
viuda de su hermano y le daba trabajo como cuidadora de los secuestrados. Fue
contratado para el mismo puesto en dos plagios. Le pagó 55 mil pesos por ambos
asuntos. Molesto por la paga, Jesús desertó y buscó a sus anteriores compañeros
de robo y formó su propia banda de secuestradores. Lograron cuatro plagios.29
La
situación se hacía insostenible para los Montante. Abandonaron la casa de San
Juan Teotihuacán que Juan Carlos rentó bajo el nombre de Augusto García García
el 18 de julio de julio de 2004. Dejaron ropa tirada en el patio. La dueña se
asomó porque abandonaron a unos perros que no dejaban de ladrar de hambre y
sed.30
A
mediados de 2005 Martín Eduardo el Rocky buscó a Fernando el Pepo en Zacatecas.
Le recriminó que hubiera dejado a la banda y le pidió que regresara con él.
Llegaron el 18 de julio de 2005 a Tulpetlac, Ecatepec, en ese momento base de
la pandilla. Se encontró con sus hermanos Cristian y Alan. También había armas
largas. El 21 de julio de ese año, después de la medianoche, el Pepo despertó
por las detonaciones de arma de fuego. Se levantó y se asomó por la ventana. Se
puso los zapatos y cuando salió del cuarto fue detenido por agentes de la
Agencia Federal de Investigación. Escuchó a su hermano Alan decir que él les
había disparado.31
El
arsenal encontrado parecía de narcos: carabinas Uzi, fusiles R-15 y AK47,
pistolas de casi todos los calibres (desde .22 hasta .357 Magnum) y tres
granadas de fragmentación. No sólo armas encontraron en la casa de Lomas de San
Carlos, Ampliación Tulpetlac. También información. Alguno de los Montante
estaba enfermo y se atendía en uno de los hospitales más costosos del país, el
Ángeles de las Lomas. La madre de los Montante estaba enferma de leucemia y
alguna enfermedad renal, según recetas y órdenes de laboratorio.
La
policía siguió las recetas y dio con los demás hijos de la Negra, incluido el
Loco, apresado a finales de octubre de 2005.
El
objeto etiquetado por la policía con el número 169 era un libro de portada azul
cielo con una imagen de una barda de malla ciclónica y alambre de púas
retorcido y la frase “Vive tu muerte”. En la primera hoja se escribió “Mayo
2005. Rosario” y en la parte trasera la frase “3 de mayo de 2004, soy tu
conciencia Beau bua… sapo… tonto… potro zaino… no te me acerques imagino unos
chayotes caminando sin espinarme, ¡ay!” También el dibujo de una mujer que
sostiene encadenado a un perro.32
El
Granoso ya había regresado a la prisión de la que se fugara el 22 de junio de
2005, acusado de tres nuevos secuestros, por lo que fue condenado a 63 años y 9
meses de prisión. Agregado el tiempo que no cumplió, y si no escapa, saldrá
libre el 2 de marzo de 2085.33
Sin
embargo, no está claro a cuál de los 10 hermanos Montante apadrinó y a cuál
casó el sacerdote de la muerte. Éste nunca lo aclaró. Fue ejecutado la última
madrugada de julio de 2008. Le pegaron 300 tiros en Tultitlán, Estado de
México, a unos metros de la figura de 20 metros de altura que Jonathan Legaria
o Padrino Endoque o Comandante Pantera ordenó levantar a la Santa Muerte.
Eran
los días de la guerra por esa parte del Estado de México entre Los Zetas y La
Familia Michoacana.
Notas:
Legaria,
Jonathan, Santa Muerte. Revelaciones, editado por Santa Muerte Internacional.
Declaración
de Julio César García Montante dentro de la averiguación previa FSPI/145/00-10
y 50/762/00-07, ante la Fiscalía para la Seguridad de las Personas e
Instituciones de la PGJDF.
Declaración
de María Catalina Arroyo Bucio del 2 de agosto de 2005.
Declaraciones
de los acusados en diciembre de 1999 dentro de la averiguación previa
50/1534/99-12.
Declaraciones
de Mónica Estévez Maysson y Fabiola Ortiz Martínez.
Causa
penal 230/99 instruida en el Juzgado 56 de lo Penal.
Declaración
de María Catalina Arroyo Bucio del 2 de agosto de 2005.
Declaraciones
de Juan Carlos García Montante, Omar García Montante y de Víctor Manuel Matías
Aguilera.
Declaración
de Q. y su padre del 6 de agosto de 2002
.
Declaración
de Víctor Manuel Matías Aguilera.
Declaración
de Fernando García Montante del 22 de julio de 2005.
Declaración
de Omar García Montante del 22 de junio de 2005.
Declaraciones
de Juan Carlos García Montante del 23 de octubre de 2005 y de Fernando García
Montante del 22 de julio de 2005.
Parte
de la Policía Judicial del Distrito Federal.
Declaración
de Salomé Romero Ramos del 29 de octubre de 2001.
Declaración
de Guillermina Gracida Velazco, dueña de la casa de Teotihuacán alquilada por
Juan Carlos García Montante del 14 de enero de 2005.
Declaración
de Fernando García Montante del 22 de julio de 2005.
Declaración
de Víctor Manuel Matías Aguilera.
Declaración
de Miriam Esmeralda Gómez Reyes del 26 de julio de 2005, secuestrada con su
madre y padre el 6 de diciembre de 2004.
Declaración
de Fernando García Montante.
Declaración
de Víctor Manuel Matías Aguilera.
Ibid.
Declaración
de Fernando García Montante de 22 de julio de 2005 ante el Ministerio Público
Federal.
Declaración
de Víctor Manuel Matías Aguilera.
Declaración
de Luis Fernando Menegazzo Morales del 25 de julio 2005.
Declaración
de J.
Declaración
de T. del 9 de septiembre de 2005.
Declaración
de V., secuestrada el 13 de marzo de 2002, afuera de la escuela de sus hijos.
Declaración
de Jesús Arroyo Bucio del 10 de agosto de 2005.
Declaración
de Guillermina Gracida Velazco, dueña de la casa de Teotihuacán alquilada por
Juan Carlos García Montante, de 14 de enero de 2005.
Declaración
de Fernando García Montante del 22 de julio de 2005 ante el Ministerio Público
Federal.
Fe
ministerial de objetos de la Procuraduría General de Justicia del Distrito
Federal.
Sentencia
de la causa penal 134/03 instruida por Carlota Guadalupe Mosco Vilchis, juez 17
de lo Penal del Distrito Federal, y confirmada por la Cuarta Sala del Tribunal
Superior de Justicia del Distrito Federal.
Las
anteriores declaraciones, partes policiacos y resoluciones judiciales fueron
tomados de:
Averiguación
previa FSPI/145/00-10.
Averiguación
previa PGR/SIEDO/UEIS/069/2003.
Averiguación
previa PGR/UEDO/099/2003.
Averiguación
previa PGR/SIEDO/UEIS/314/2004.
Causa
penal 24/01 Juzgado 50 de lo Penal del Distrito Federal.
Toca
penal 611/2005-II.
Averiguación
previa 50/1132/01-10.
Averiguación
previa FSPI/196/02-07
Averiguación
previa PGR/SIEDO/UEIS/069/2003.
Averiguación
previa PGR/UEDO/099/2003.
Averiguación
previa FSPI/145/00-10
Causa
penal 150/2005-I llevada por el juez 18 de Distrito de Procesos Penales
Federales del Distrito Federal.
Toca
1133/2000 de la Sala 17 de lo Penal del Distrito Federal.
Causa
penal 230/99 instruida por el Juzgado 56 de lo Penal.
Causa
penal 134/03 del Juzgado 17 de lo Penal.
(SIN
EMBARGO.MX/ Humberto Padgett /octubre 31, 2015 - 00:04h 22)