Las ventas han bajado 50%, dice una comerciante oriunda de este
lugar conocida como 'La reina del albur', quien asegura que la raíz de
los problemas está en el seno familiar. De su mano, un viaje por el
viejo barrio.
Humberto Ríos Navarrete
México • El viejo barrio está acorazado por
policías con uniforme, cuya misión es vigilar en los alrededores,
mientras que en su interior un puñado de agentes ojean por los pasillos,
algunos bulliciosos y otros no tanto, desde que circuló la noticia
sobre la desaparición de 12 jóvenes tepiteños de un antro de la Zona
Rosa.
El tráfago continúa sobre algunas calles abigarradas, como Aztecas y
Bartolomé; en vías aledañas, sin embargo, se escuchan esporádicos
diálogos de vendedores, quienes se desperezan bajo armazones donde, en
cambio, se apeñuscan aparatos electrónicos y artículos similares. Hay
zonas semivacías.
Sobre las banquetas del Eje 1 Norte, como siempre, el comercio se
distribuye bajo toldos, mientras el carril de contraflujo permanece
invadido a tramos por carretillas, motocicletas y armazones metálicas,
que entorpecen al tránsito vehicular, no obstante los piquetes de
policías preventivos que patrullan.
Desde hace días el barrio, más conocido por su mala fama, se
convirtió en imán y noticia, tanto en México como fuera del país; y
atrajo la curiosidad de algunos que, según dicen aquí, los condujo el
morbo, más que la idea de consumir. Mucha clientela, en cambio, ha
retrocedido por temor y prejuicio al estigma.
Los que siguen veloces son los carretilleros, como es usual, que
silban durante el zigzagueo por angostos pasillos, y allá vienen y por
allá van, encorvados, nervudos, con esa característica expresión de ahí
les va, y a punto están de atropellar cuerpos o de rozar glúteos, pero
ellos saben que esquivarlos es parte de la sensación.
Las miradas chocan en estos laberintos de mercaderías, donde las
viviendas sirven de bodegas, y es posible encontrar cualquier cosa que
el cliente busque, como ha sido la tradición, aunque ahora mismo sería
difícil adquirir artículos prohibidos, pues una blindaje azul envuelve
Tepito.
Y aquí, en su puesto de vestuario para bebé y música salsa que brota
de enfrente, está Lourdes Ruiz, la mujer que pocas veces deja de reír,
pues siempre anda de buen humor y encaja el doble sentido y nunca sabes
cuando te alburea, o sí, muy tarde, pero ya ni llorar es bueno y no
queda más que acompañarla en sus risotadas.
—¿Y qué tal?
—Todo el mundo está sin pedo: trabajando. Sí hay policías aquí
adentro, pero andan de civil. En los alrededores, como verás, hay
uniformados.
La boruca siempre está presente, pues es constante la mezcla de
gritos que anuncian una variedad de mercancías y puestos que, aunque
ofrecen discos de rock, pop, salsa, ranchero, cumbia y banda, de sus
aparatos solo brota salsa.
—¿Y cómo van las ventas?
—Las ventas han bajado 50 por ciento; aunque después de que dieron
las noticias —dice Lourdes, refiriéndose a los tepiteños desaparecidos
en un bar de la Zona Rosa—, el mismo morbo hizo que viniera la gente.
—No eran consumidores.
—Puros de Díaz Mirón.
Llega uno de los vendedores que le surte de ropita, acompañado de su
esposa, y empieza a sacar las prendas que trae en una bolsa de plástico
negra. Lourdes le paga y el señor se coloca los billetes en la boca, a
lo que ella le aconseja:
—Todo en la boca, menos el dinero.
Y el hombre pregunta:
—¿Por qué?
—Porque luego lo traen en los calzones.
Él responde:
—Ya se me quedó el sabor.
Y todos ríen.
Lourdes, que forma parte de una familia de ocho hermanos, nació en
1971, “aunque a todo el mundo le digo que soy del 68”, sugiere que los
programas gubernamentales para el barrio deben enfocarse a las escuelas,
centros de salud, “donde en realidad se necesitan”.
—Tepito fue un semillero de boxeadores.
—Si —alecciona, ahora muy solemne esta mujer que imparte cursos de albur—, pero en los 80 fue el boom de la fayuca y después llegó Doña Blanca y le dio en la torre a todos los enanitos… a nivel nacional.
—¿Y qué más hace falta?
—Quienes necesitan los correctivos son los padres, que se las dan de
vivos. Y al ratero —ahora ríe— hay que mocharle las manos. Así que ya
tendríamos un chingo de mochos… hasta en el gobierno.
—A Tepito se le criminaliza…
—Es que Tepito —ataja— es el único que los llena.
—¿Y otro tipo de correctivo?
—Que si el muchacho roba, que castiguen a los padres, porque eso de
tener hijos a lo pendejo… Bueno, sí, pero que los enseñen a amar.
Jajajajá. Mira: la mujer de Tepito es luchona, trabajadora. Es
diferente. La mujer es el pilar.
—¿Y el hombre?
—Es el acarreador de la comida. Si te llega a faltar la mamá, no hay quien jale las riendas.
El barrio es pequeño, comenta, como para que se haga tanto escándalo,
y pregunta: “¿Cómo es posible que un piche cuadrito les llame más la
atención que Iztapalapa, la Condesa, la Roma, que están igual o peor que
nosotros?”.
—¿Chiquito?
—Siete calles. Un cuadrito cagado. Entre Peralvillo, Rayón, Avenida
del Trabajo y Canal del Norte. Nosotros, en el Centro de Estudios
Tepiteños, tratamos de limpiar el nombre: que no haya estigmas ni
etiquetas.
Lourdes dice que nació en la calle Toltecas y vive en la Avenida del
Trabajo, en la unidad habitacional llamada La Fortaleza, “la verdadera
Fortaleza de Tepito, como son las mujeres, porque son las que educan,
las que guían; aquí no hay machismo, aquí hay matriarcado, porque la
mujer es todóloga”.
—¿Y qué ha cambiado aquí?
—Lo único que ha cambiado en Tepito es que tenemos más seguridad. Adentro andan civiles; en las orillas, uniformados.
—¿Es bueno o malo?
—Es bueno para los que nos dedicamos al comercio; sí, para nosotros
está poca madre —opina, mientras camina sobre la calle Rayón, el tramo
corresponde al Eje 1 Norte, donde señala el paso de un convoy policiaco.
—¿Y para los otros?
—Pos quién sabe cómo les vaya.
Lourdes, quien es maestra de albur en talleres del barrio, acaba de
incursionar en “la artisteada”, como dice, y pronto saldrá en “Crónica
de castas”, una serie dirigida por Daniel Giménez Cacho, que narra
historias de la ciudad, y para ese trabajo tuvo que tomar clase de
actuación con el maestro Ricardo White.
—¿Y qué personaje interpreta?
—A Cleo, madre de una chava de secundaria, abnegada y sumisa, pero que yo llamo pendeja.
Es la misma Lulú, una de las “Siete Cabronas e Invisibles de Tepito
—como se lee en un monumento erigido en el barrio—, mujeres que han
enfrentado con valor los graves problemas en su vida…”
(MILENIO / Humberto Ríos Navarrete / 16 de Junio 2013)
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