Excélsior
México.- En una ciudad donde la delincuencia acecha de día y
de noche, hay un hogar que deja sus puertas abiertas de par en par las
24 horas. Un lote sin pavimento al costado izquierdo de la vivienda,
recibe cada atardecer entre 100 y 300 sudamericanos; lo que equivale al
número de muertos por balas perdidas en Guatemala.
El chasquido de las piedras que se golpean entre sí, hace que los
esposos Lourerio se asomen a la computadora para constatar –en la cámara
de seguridad instalada a la máquina– la llegada de una decena de
visitantes en el número 1063 de la calle Montaño en la ciudad fronteriza
de Nogales, Sonora.
El tic tac del segundero marca las 6:23 de la tarde en un jueves donde
la temperatura alcanzó los 36 grados centígrados y las faldas de las
montañas lucen rojizas en medio de vegetación muerta. La imagen de la
pantalla en blanco y negro deja ver decenas de cabezas, cabellos y
torsos de hombres, mujeres e infantes.
La vista no alcanza a reconocer rostros, miradas ni apariencias. Es un
río humano que camina por detrás de la morada rumbo a la puerta trasera
que les da la bienvenida. Han llegado 63 migrantes de centro y
Sudamérica después de haber sido deportados por las autoridades
migratorias de Estados Unidos.
“Juan, 43 años, de Honduras; Ricardo, 27 años, de Honduras; Karla, 35
años, de El Salvador; Yolanda, 52 años, de México; Luis, 16 años, de
México; Carlos, 34 años, de México; Laura, 21 años, de Guatemala;
Guadalupe, 3 meses, de México…”.
-¿Sigo?, pregunta Gilda.
-¿Faltan muchos?, le responden.
“Son ocho, faltan todavía 55 para completar el turno de los que acaban
de llegar. Los del medio día son como otros 50, ¿quieres que te los
lea?”.
Es Gilda de Lourerio, la esposa de don Paco. Sus manos están ocupadas
sosteniendo una libreta que deja ver el paso del tiempo. Sus hojas
maltrechas, amarillentas, llevan la huella de una problemática
apabullante: el registro de casi un millón de migrantes detrás del sueño
americano.
A espaldas de Gilda, un Cristo da la sensación de querer contenerla.
Tallado en madera, con estatura de más de un metro y sus extremidades
superiores extendidas, dan la bienvenida a mujeres delgadas, quemadas
por el sol, a hombres que ya no pueden caminar, a niños desnutridos.
La capilla del Albergue Juan Bosco esconde los secretos de una centena
de voces que confían sus esperanzas en la fe de poder cruzar la
frontera. Atrás el Cristo. De frente una multitud latinoamericana que no
logró llegar a Estados Unidos de América.
La mezcla de aromas es peculiar. Condimentos, comida caliente, sudor,
cansancio. Deambulan por el corredor, piden permiso para tomar agua, un
teléfono para comunicarse con sus familias. Otros lloran en un rincón,
huyen de la multitud.
Saliendo de la capilla y contando cinco pasos a la derecha, está la
habitación de los varones en literas vestidas de color naranja. Una
frente a la otra, como en pelotón militar. Fueron construidas a mano por
una comunidad que quiso tenderle la mano a los más necesitados.
Don Paco y su esposa Gilda son los artesanos de este pedazo de cielo en
medio del infierno que llevan en la espalda los hombres y mujeres que
dejaron su pasado para enfrentarse al futuro que no llegó.
Los esposos han sido testigos de tres décadas de servicio que han dejado
a su paso casi un millón de migrantes bajo su resguardo. “Nos ha tocado
improvisar colchonetas porque hay días que no nos damos abasto, pero
todos cabemos”, cuenta la señora de la casa mientras agrega que 350 es
la capacidad máxima que tiene el albergue para migrantes en Nogales.
El 2012 fue un año concurrido, 51 mil 199 personas pasaron por el
albergue de los Lourerio en busca de un refugio que los ayude a tomar la
decisión que los somete a la amargura: regresar a casa o volver a
intentarlo.
Los registros de la libreta de doña Gilda son la prueba de un problema
vergonzoso. Entre el 2010 y el 2012, los esposos habrían recibido en su
morada, lo equivalente a llenar el Estadio Azteca, 110 mil migrantes.
Las cifras se incrementan al compás del dolor, drama y pobreza de
millones de familias en pos del llamado “American Dream”. Cerca de 400
mil indocumentados pasan anualmente por México para llegar a Estados
Unidos, no sin antes ser víctimas de toda clase de vejaciones.
De esos 400 mil, 14 mil ocupan ya los renglones de la libreta de doña
Gilda en lo que va corrido del 2013. Las personas que han encontrado
abrigo con los Lourerio, de enero a abril del año en curso, es igual al
número de personas arrestadas por la Policía Federal en todo el país
durante la administración de Enrique Peña Nieto.
Por cada arresto federal en México, hay un migrante que llega al
Albergue Juan Bosco de la ciudad fronteriza de Nogales. Desde 1982 hasta
la fecha, los esposos Lourerio han recibido más de un millón de
personas de distintas nacionalidades. Esto se traduce en tener de visita
a todos los habitantes de Acapulco, la ciudad más poblada del estado de
Guerrero.
‘A VECES QUISIERA MORIRME’: DON PACO
Todos cargan una cruz en la espalda en su intento por cruzar el desierto
de Arizona desde su país de origen. Una de esas cruces, la lleva
cargando Paco en su memoria y lo mantiene sumido en una profunda
tristeza.
“Cuando un niño de 7 años llegó y había perdido la vista en el desierto.
Vi que venía en la fila la mamá con el niño en los brazos, el niño
venía con los ojos abiertos y le pedía los brazos a su mamá y me
ignoraba…”.
“Es que perdió la vista”, dijo la mamá.
La pausa de cinco segundos que hace Don Paco antes de continuar con la
historia es suficiente para que sus ojos se carguen de llanto. Traga
saliva, pasa la mano derecha por sus ojos y concluye:
“Esto ha sido lo más doloroso para mí… siempre que lo recuerdo me duele
mucho porque cuando yo lo agarré en mis brazos el niño me dice: ‘tú me
vas a curar, quiero ver’, era imposible, ya no podía ver”, el llanto
consume la voz de Paco.
Ya sin la grabadora, el señor Laurerio dice haber hecho lo imposible
para que el niño migrante recuperara la vista. “Llamé a varios médicos,
incluso no descarté llevármelo a Estados Unidos si era necesario, era
tan parecido a mi nieto que yo decía bajo la almohada todas las noches
‘si tengo que vender el albergue para que este niño salve sus ojos, lo
hago’ porque cualquier cosa habría valido la pena”. Pero las buenas
intenciones del director del albergue no pudieron contra un diagnóstico
irreparable; el infante estaría condenado a la ceguera de por vida.
Don Paco y su esposa Gilda salieron una tarde de invierno al parque
principal de Nogales. Lo que vieron aquel día los llenó de coraje para
construir hace tres décadas el Albergue Juan Bosco. “Una señora con tres
niños en la banqueta, temblaban de frío, incluso estaban ya morados,
¿cierto Gilda?”, le pregunta a su mujer mientras ella asiente con la
cabeza.
“Le dije a mi señora, ‘vamos por unas cobijas, pobres niños’ y en el
camino vimos al costado del parque a otra pareja en las mismas
condiciones y le señalé a mi esposa, le dije ‘mira allá hay más…’, todos
eran migrantes centroamericanos y con el paso de los días era una
escena que se multiplicaba, era impresionante”, se agarra la cabeza en
un intento por recordar lo preocupados que quedaron con la escena.
Pero las cobijas que Paco y Gilda ofrecieron esa tarde eran
insuficientes. El abrigo era limitado, no había más frazadas ni dinero
que alcanzara a surtir a cientos de migrantes temblorosos en un invierno
que llegó hace 30 años a menos 38 grados. Las manos de los Lourerio y
sus vecinos de Nogales, se convirtieron en artesanos de un nido que hoy
es de los albergues más concurridos del país.
“Cuando nosotros empezamos, mis hijos estaban pequeños y mi hijo me
decía ‘no te preocupes papá, cuando sea grande yo voy a ser el abogado
del albergue’ y mi sobrina decía, ‘yo voy a ser la psicóloga” y fíjate
que sí cumplieron, son ellos quienes nos atienden psicológica y
legalmente”, cuenta el hombre de más de 58 años con la satisfacción de
saber que su familia hizo lo correcto.
Han pasado 32 años desde entonces y un millón de migrantes frente a los
Lourerio. El peso del drama, el dolor y el olor a desgracia no son
suficientes para una familia que seguirá dando abrigo a los
desamparados. “Yo sé que nadie me tiene aquí a la fuerza, pero sé que
aquí también me hice hipertenso, me hice diabético, porque lo más fuerte
del sufrimiento del migrante lo llevo en mi corazón, eso jamás se me va
a olvidar aunque a veces quisiera morirme”.
‘LOS VAN A MATAR, NO LOS VOY A VOLVER A VER…’: VICTORIA
Tiene 32 años y está sentada en una de las literas del albergue. Sólo
tres mujeres llegaron este jueves de abril en un grupo que reza en la
capilla de los Lourerio. Dos de ellas optaron por el silencio. Victoria
se levantó de la silla, caminó arrastrando los pies y cuando se percató
que nadie la veía, dijo susurrando a la altura del oído: “yo quiero
contar mi historia”.
“Quiero irme a los Estados Unidos porque quiero reencontrarme con mis
hijos. Yo tengo dos hijos que son nacidos allá en el extranjero.
Nosotros tratamos de sacar la visa, pero pues el Gobierno americano ya
pone muchas trabas y desafortunadamente nos la negó, entonces no nos
quedó más que otra opción que cruzar así, ilegal”…
-¿Vivías en Estados Unidos?
“Sí, nosotros vivíamos en Chicago, allá nacieron mis hijos, ellos son de
allá, pero por problemas familiares tuvimos que regresar a México y
tratamos de volver otra vez a Estados Unidos, pero acá la economía, la
delincuencia, es difícil juntar el dinero y a nosotros nos tardó tres
años para poder juntar el poco dinero y poder primero mandar a nuestros
hijos y con el poco dinero que nos quedaba, nosotros poder sacar la
visa, pero nos la negó el Gobierno y el poco dinero que nos queda es
para pagarle a un coyote lo de la cruza”.
-¿Cuánto cobra el coyote por pasarte al otro lado?
“Nos cobró 3 mil 500 dólares por persona, porque somos mi esposo y yo
los que no tenemos papeles y fue largo, fue por el cerro y parte del
desierto, fueron tres días caminando en la mañana y en la noche nos
quedábamos en la intemperie, el frío era insoportable, los animales, y
ya después en la mañana otra vez a caminar, volvíamos a la frontera y ya
nos faltaba poquito para que nos dieran el ‘levantón’, para que nos
recogiera la persona que nos iba a llevar a nuestro destino y ahí fue
cuando ‘la migra’ se apareció y todos corrimos y mi esposo y yo y otro
muchacho, pues no supimos de dónde nos salieron ganas porque estábamos
cansados, yo ampollada de mis pies, con mis rodillas lastimadas y
logramos cruzar al lado mexicano, gracias a Dios que no nos pudo agarrar
la migra y ya estamos aquí porque todos se perdieron, no supimos nada
de los demás, ni del guía y estuvimos perdidos en el desierto tres días
–llanto– hasta que apareció uno que se les conoce como ‘los vaqueros’ y
nos dijo que qué estábamos haciendo por ahí, porque en esa zona se da
mucho que de la mafia y eso de los sicarios, le contamos lo que nos
había pasado y nos dijo que estábamos mal, que estábamos caminando en
círculo, nos llevó a su casa en un caballo, nos dio comida porque
llevábamos tres días sin comer, sólo con galletas y una botella de agua
de medio litro a la mitad y gracias a él es que estamos aquí, si no,
quién sabe qué nos habría pasado”.
-¿Lo piensan volver a intentar?
Llora, baja la mirada y dice, “sí…”.
-¿Pese a los riesgos?
“Sí, porque mis hijos ya están en Estados Unidos, tienen un mes y 15
días y yo sé que están con familia de nosotros y todo, pero es difícil
para una madre separarse de sus hijos y sí, pese a todos los riesgos lo
volvería a intentar, la esperanza es lo último que se pierde”.
-¿Qué mensaje le envías a tus hijos? Llora desconsolada por cinco segundos.
“Pues… ese es otro problema. Mi hijo tiene 11 años, se llama Félix y él
es una persona que se preocupa mucho por nosotros y él en el momento en
el que le dijimos que no nos habían dado la visa, él ya veía reportajes
de cómo morían los indocumentados en el desierto, en el río, y el día
que le dijimos que no nos habían dado la visa, entonces nos dijo ‘mamá,
¿entonces cómo le van hacer?, ¿van a cruzar la frontera así?’, yo le
dije, ‘ay hijo no te preocupes todo va estar bien’ y él me dijo ‘mamá es
que si la cruzan así, los van a matar, no los voy a volver a ver…’”.
Félix continúa esperando a sus padres en Chicago. Su familia le hizo
creer que mamá y papá había ido por segunda vez a la embajada de Estados
Unidos logrando conseguir la visa. Al término de la entrevista,
Victoria y Ricardo confesaron que al día siguiente cruzarían de nuevo
por el desierto de Arizona.
Días después, la prensa local de Nogales reportó el hallazgo de un grupo
de indocumentados muertos, entre ellos dos mujeres y siete hombres.
México es de terror para cualquier migrante
Es delgado, alto. Tiene la piel amarillenta y cabellos alborotados en la
barbilla. Se hace llamar Alberto y llegó al Albergue Juan Bosco de
Nogales sorteando delincuentes y pandilleros. Los “Maras Salvatrucha”
fueron su primer enemigo a vencer. En México fueron grupos
delincuenciales, y en Estados Unidos “la migra”, quienes terminaron con
su sueño americano. “Yo vengo de muy lejos, vengo de Centroamérica, para
nosotros está bien crítico porque hay algo que está pasando en el sur
de México del lado de Tabasco y del lado de Chiapas y más en Veracruz,
donde están llegando las pandillas que están poniendo en peligro la vida
de todas las personas, todo aquel que vaya sin guía lo bajan a tubazos
del tren así en marcha”, cuenta el migrante.
Según cifras oficiales de Honduras, alrededor de 700 migrantes intentan
cada día cruzar a Estados Unidos de América. El 90% lo hace como
Alberto, pasando por el sur de México donde los verdugos hacen de su
travesía un verdadero viacrucis que comienzan con el tren carguero mejor
conocido como “La Bestia”.
Es la tercera vez que Alberto intenta cruzar la frontera mexicana. Esta
vez lo hizo por Sonora, después de darse cuenta que por Tamaulipas era
el camino seguro hacia la muerte . “Por allá es más complicado y el
blanco número uno es el centroamericano”, advierte el señor de 43 años.
Según cifras de la Organización Internacional para las Migraciones, cada
año pasan alrededor de 400 mil indocumentados centroamericanos por
territorio mexicano para llegar a Estados Unidos. En el trayecto sufren
con frecuencia “vejaciones, maltratos, discriminación y abusos”, señala
el informe del año pasado.