lunes, 3 de diciembre de 2018

VAN 16 EJECUTADOS EN DICIEMBRE, ENTRE LOS REPORTES UN DESMEMBRADO Y UNA CABEZA HUMANA EN HIELERA


Durante los dos primeros días de Tijuana, 16 personas han sido privadas de la vida en distintos hechos, con ésta cifra los homicidios dolosos llegan a 2 mil 299 víctimas en lo que va del 2018.

Entre los hechos de diciembre destacan la ejecución de un masculino, desconocido de alrededor de 40 años,   con arma punzocortante. El hallazgo ocurrió la mañana del 2 de diciembre en un lote baldío de la colonia Fortín de las Flores, en La Mesa.

La cabeza cercenada de un hombre, de 40 años, fue localizada dentro de una hielera en calle Achacatzín de la colonia Emperadores, en la Delegación Sánchez Taboada.

En estado de putrefacción fue encontrado al interior de un domicilio utilizado como picadero, el cuerpo decapitado y sin brazos de un sujeto hasta ahora desconocido. Los restos desmembrados de la víctima fueron encontrados debajo de un sillón. Al occiso, le fue dejada una leyenda color rojo escrita en el área abdominal que decía: “Por rata”.

El hallazgo del cadáver de un sujeto cubierto de ramas, fue reportado en las faldas del cerro camino a la Presa del Carrizo. La víctima tenía alambres alrededor del cuello.

Un desconocido, de 25 años, fue ejecutado a balazos dentro de un club deportivo localizado en calle José María Velazco, módulo 2 de la colonia Nueva Tijuana.

El día primero fueron asesinadas nueve personas entre las que destacan: Erick Báez Ríos,  de 34 años, ultimado en la colonia Presidentes;  Francisco Rosales Guzmán de  34 en el Hospital General, también en el mismo nosocomio Alphonse Joseph de 42;  Roberto Vargas Adame de 36, ejecutado en El Refugio; Fidencio Zambrano Nuño, en la colonia Batalla Nacional, y José Antonio Mota Cifuentes, de 19 años, en la colonia Pegaso Centenario; el resto de los occisos permanece sin identificar.

(SEMANARIO ZETA/ DESTACADOS  ZETA/ LUNES, 3 DICIEMBRE, 2018 11:14 AM)

PGR INVESTIGA EXPLOSIÓN DE GRANADAS EN CONSULADO DE EUA EN GUADALAJARA


La Procuraduría General de la República (PGR) inició una investigación sobre la explosión de dos granadas de fragmentación en el Consulado de Estados Unidos, en Guadalajara, Jalisco, ocurrida la noche del viernes a las 23:00 horas, sin que se reportaran personas lesionadas.

De acuerdo con fuentes de la fiscalía local, citadas por El Economista, una persona habría arrojado el artefacto explosivo y habría escapado pese a que el Consulado está resguardado por guardias de seguridad privada, según lo observado por las cámaras de videovigilancia de la zona.

Luego de recibir una llamada del personal de seguridad del Consulado para informar que en el lugar había daños, elementos seguridad encontraron en el jardín un cráter de 40 centímetros aproximadamente, y restos de las granadas.

La Fiscalía General del Estado, expuso en Twitter que “las investigaciones han sido atraídas por autoridades federales, quienes en su momento informarán los avances”. Elementos del Ejército y de la policía municipal resguardan las instalaciones.

Respecto a posibles amenazas, la Agencia Proceso de Información (APRO) publicó el pasado 22 de noviembre una nota sobre un video en el que se observa a un supuesto sicario del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) golpeado, con las manos atadas a la espalda, con una venda que le cubre un ojo decir que forma parte de la célula Delta y tener la orden del líder del CJNG, Nemesio Oseguera Cervantes, para colocar una bomba en el Consulado “para que dejen en paz al señor Mencho”.

La sede diplomática es responsable de los servicios consulares para los estados de Jalisco, Aguascalientes, Colima y Nayarit. Atiende mil 500 solicitudes de visa de no inmigrantes cada día, y cuenta 80 empleados mexicanos, y 35 oficiales americanos.

(Con información de Proceso, El Economista y Consulado de EUA en Guadalajara)


(SEMANARIO ZETA/ DESTACADOS  JULIETA ARAGÓN /DOMINGO, 2 DICIEMBRE, 2018 09:34 AM)

LOS GENERALES


Enrique Rodríguez Galindo es General en España y Julen Elgorriaga fue Gobernador Civil de Guipúzcoa. Ángel Vaquero es Teniente y Enrique Dorado ex-Guardia Civil. Todos fueron sentenciados a 110 años de prisión. Felipe Bayo, ex-gendarme, recibió condena de 108 años. Así lo decidió el reciente fin de semana la Audiencia Nacional Española apoyándose en pruebas reunidas durante varios meses. Fueron autores de un “plan compartido” para secuestrar en Francia a dos presuntos miembros del grupo terrorista ETA, trasladarlos ilegalmente a España, asesinarlos y desaparecerlos. Los jueces tomaron muy en cuenta que no existió “orden o instrucción alguna que partiera de los órganos centrales”. Y que en consecuencia actuaron bajo cuenta propia. Se aclaró que el señor General ideó todo. Le obedecieron el teniente y los Guardias Civiles. El Gobernador facilitó el Palacio para internar clandestinamente al par de secuestrados. Se supone les interrogaron severamente. Finalmente trasladados a despoblado, allí recibieron un tiro en la nuca. Naturalmente, los captores estaban conscientes de que todo era una acción ilegal. La sentencia pudo ser mayor, pero los jueces no tuvieron evidencias de lesiones o torturas. La ausencia de partes blandas en los cadáveres encontrados no lo permitió. Había vendas alrededor de los huesos, que los juzgadores no consideraron evidencia de martirio. Todo sucedió en abril de 1983 y hasta ahora se descubrió y comprobó.

El General Enrique Rodríguez Galindo es el militar más condecorado de la Guardia Civil. Está considerado “máximo experto” para combatir a la temible guerrilla ETA. Desbarató por lo menos a cien comandos. Con eso se creó fama de “terror de los terroristas” y ascendió de Teniente a General. Una vida más o menos paralela llevó Julen Elorriaga Goyeneche. Desde 1974 está afiliado al Partido Socialista Obrero Español (PSOE). En 1982 el legendario político Felipe González lo nombró Gobernador de Guipúzcoa por su probada actitud vertical.

Fue el primer civil y el primer mandatario de los socialistas. Hizo un excelente trabajo, pero la fama de estos dos señores que alcanzó gran altura, se vino en caída libre hasta tocar fondo en prisión. Tenían autoridad para perseguir a los alborotadores y asesinos. Pero cuando actuaron no hubo orden oficial de por medio. Y aunque lo hicieron sincronizadamente, el tribunal estimó que no constituían una banda, simplemente “un hecho clandestino sin objetivos de subvertir el orden constitucional o alterar la paz”.

Agentes y directores de la Policía Judicial, ministerios públicos del Fuero Común y hasta Procuradores de Justicia han estado ligados al narcotráfico en Baja California. Eso es conocido, está probado. Sucedió antes, durante y después del primer gobierno panista que encabezó Ernesto Ruffo Appel desde 1989. Algunos murieron por sobredosis. Otros cambiaron de residencia a Jalisco, pero los ligados al Cártel Arellano Félix curiosamente desaparecieron. Todo mundo los conoce, nadie los acusa. Nadie los persigue.
En esta borrachera de fechorías destaca la Procuraduría General de la República. Millones y millones de dólares de la mafia recibieron muchos de sus detectives y funcionarios en los últimos quince años. Es curioso: Ahora se acusa a Ismael Higuera “El Mayel” de asesinar al Sub-Delegado de la PGR en Baja California, Doctor Ernesto Ibarra Santés, pero no se resalta que este funcionario de elevada posición actuaba a las órdenes del narcotraficante Amado Carrillo Fuentes “El Señor de los Cielos”. También era delincuente. También sus colaboradores lo sabían.

Para los señores licenciados Jorge Madrazo Cuéllar y Mariano Herrán Salvati de la PGR, no es un secreto: Algunos de sus agentes son ojos, oídos, protectores y hasta brazos asesinos de los carteles. A ellos se debe crecimiento y poderío de los barones de la droga. Federales fueron los que llegaron a la discoteca Christine de Puerto Vallarta para asesinar a los Arellano. Utilizaron vehículos y autoridad. Cerraron la circulación de las calles. Dispararon repetidamente y nunca se capturó a nadie.

En la Procuraduría General de la República es bien sabido: Sus agentes mataron al Comandante Javier Orlando Guzmán Monforte en Oaxaca. Otros, sospechosos, desbarrancaron el auto con los tres cadáveres de sus compañeros en la sierra de “La Rumorosa” en Baja California. El ex-Delegado de la PGR, Cuauhtémoc Herrera Suástegui baleado en el Hotel Imperial del Distrito Federal está acusado por sus ligas con la mafia. Once agentes federales fueron denunciados por el gobierno bajacaliforniano el 29 de febrero, por participar en delitos. Uno, ligado a ejecuciones. No se sabe de investigación.

Un caso más: El General José de Jesús Gutiérrez Rebollo capturado por sus relaciones con las mafias. Forzosamente alguien o algunos participaban en sus ilegales actividades o estaban enterados. Nadie “conoce” a tales personas ni se sabe dónde están. Existe probadamente enorme disimulo para no capturarlos. Otro ejemplo: Agentes y ex-agentes municipales de la policía municipal fueron detenidos y otros se mantienen prófugos, relacionados con el asesinato de su jefe Alfredo de la Torre el 27 de febrero en Tijuana.

El sábado once de marzo, cuando el Ejército capturó a Jesús “El Chuy” Labra en Tijuana, lo llevaron a la delegación de la PGR. Me contó un testigo que los militares solicitaron la presencia inmediata de un agente del Ministerio Público en la planta baja del edificio. Cuando los federales supieron quien era el detenido, retrasaron deliberadamente el trámite. “Les dijeron que subieran al cuarto piso, pero los uniformados hicieron ver lo delicado del asunto”, contó el confidente que oyó. “Les insistieron llevar por las escaleras a Labra”. Solo accedieron hasta que fue presionado el Delegado de la PGR. Lo hizo el señor José Luis Patiño Moreno, coordinador de Agentes del Ministerio Público de la FEADS (Fiscalía Especializada para la Atención de Delitos contra la Salud). Patético: Previamente torturado, este hombre apareció muerto días después con dos de sus compañeros en una barranca de “La Rumorosa”. El testigo de aquel momento comentó que a su juicio, en la PGR se avisó a la gente de Labra y estaban dando tiempo premeditadamente para que llegara su abogado con un amparo y liberar a “El Chuy”. Pero el Licenciado Gustavo Gálvez se fue al Cuartel de la II Zona Militar pensando que allí tenían a su cliente. Cuando le dijeron que no, se dirigió a la PGR mientras a Labra lo llevaban al aeropuerto. No lo alcanzó. No está confirmado, pero creo que tan pequeño retraso le costó la vida. Siete días después de la captura, el Licenciado Gálvez apareció torturado y muerto en un barrio defeño.

Creo que la Procuraduría General de la República tiene suficientes motivos para detener y consignar a numerosos agentes y otros tantos que lo fueron. Todos, enlazados a la mafia. Todos, conocidos. Mientras eso no suceda, es lógico que en una comparación realista, puede y debe decirse que ante la mexicana, funciona mejor la justicia española. Ah. Y de la que se salvó “El Mayel”. No lo detuvo un General como el que en España y por su cuenta, ordenó matar a los terroristas.

Tomado de la colección Conversaciones Privadas de Jesús Blancornelas, publicado en mayo de 2000.
(SEMANARIO ZETA/ DOBLEPLANA / JESÚS BLANCORNELAS /LUNES, 26 NOVIEMBRE, 2018 12:00 PM)

LOS DÓLARES



–A ver, ¿tú de dónde eres?

“De Michoacán”.

–¿Y tú?… ¡Hazte para acá!

“De Jalisco”.

–¿Dónde los agarraron?

“A mí en Oxnard?

“A mí cerquita de Los Ángeles”.

–¿Iban o ya estaban trabajando?

“Yo ya tenía un año”.

“No pues yo ya iba para tres”.

–¿Qué traían?

“Nada”.

–¿Cómo que nada? ¿A poco ni equipaje?

“A mí no me dieron chance ni de ir a la casa por mis cosas”.

–¿Cómo le van a hacer para irse a su tierra? ¿O se van a pasar de ilegales otra vez?

“Yo voy a ir a la Casa del Migrante. De allí llamaré a mis familiares para que manden dinero”.

“Si no encuentro trabajo, pues también me regreso”.

–A mí no van a ver la cara. No soy nuevo aquí. He recibido a muchos como ustedes. Segurito se van a buscar un coyote y se pasan de regreso.

“No, señor. Yo quiero irme para mi tierra”.

“Y yo no buscaré ningún pollero. Si me voy, me lanzo solo”.

–Bueno, bueno, ya estuvo. ¿Cuánto dinero llevan? A ver.

“A mí no me habían pagado”.

“Yo acababa de mandárselo a mi jefecita”.

–Nada, nada, no se hagan, deben traer algo.

“No, señor”.

“Por esta, jefe”.

–A ver, quítense los tenis.

“¿Cómo?”

“¿Para qué?”

–Rapidito, rapidito, quítenselos.

“Está bien”.

“Ya voy, señor”

–¿Conque no traían dinero? ¿Y éste qué es? A ver tú, 20, 40, 60, 80, 100… ¿Y tú? ¡Hijo de la…! 100, 200, 300, 400…

“Son para comer”.

“Es lo que llevo a la casa”.

–No me aleguen. A ti te dejo 20 dólares, a ti 100 y díganle que les fue bien. Ni griten. Más les vale irse si no los remito a la barandilla. Háganse a un lado. A ver, los que siguen, los que siguen….

Este relato, palabras más, palabras menos, se ha escuchado día y noche en la puerta giratoria de gruesos tubos, única, en la cerca fronteriza de cualquier ciudad norteña. Sucede cuando un autobús de la migra, atiborrado de mexicanas, mexicanos y chiquillos los transporta hasta los últimos metros de Estados Unidos, más cerca de tierra mexicana. El diálogo no es ficción. Ciertamente tampoco es textual. Pero lo escribí aproximado a los testimonios que he recibido, de los propios protagonistas: Indocumentados, policías, defensores de los derechos humanos, compañeros reporteros, miembros de organizaciones no gubernamentales, lectores e investigadores. Además, igual o parecido, se multiplica.

Muchos de estos mexicanos llegan así al suelo que les causaba inmensa nostalgia hasta invadir su pensamiento cuando estaban al otro lado. Al escuchar atrás el ruido hueco de la puerta giratoria es como si estuvieran otra vez frente a lo desconocido. Solos. Aunque muchos ya saben de su existencia por lo tantas veces dicho se van derechito a las casas de migrantes sostenidas por misioneros europeos, la Iglesia Católica y los organismos no gubernamentales. Allí tienen cobijo y ropa por tres días. Les consiguen empleo. Reciben atención médica si la necesitan. A veces boleto gratis en autobús hasta su pueblo o Ciudad. O pueden llamar a sus familiares. Otros deciden solicitar trabajo en las maquiladoras donde inmediatamente les entrenan y luego a pegarle duro en jornadas de ocho horas. Unos deciden vender periódico para tener dinero inmediato y poder comer. Otros limpian vidrios a los autos cuando hacen alto en los cruceros. Aquellos, hacen de tripas corazón y piden limosna en la calle o las casas para regresar. Sobran los desesperados: Roban en la calle o residencias. Con el tiempo llegan a ser asalta-bancos pero normalmente los capturan y pasan años encarcelados. Otros pordiosean un trago en las cantinas y se convierten en carne de barandilla.

En este escenario aparecen los coyotes, enganchadores o polleros. Saben a quién ofrecer sus servicios. Los pasarán ilegalmente y cuando lleguen a donde quieren, allá estará esperando otro camarada. Le entregarán el dinero al contado o en abonos. Si pagan bien pasarán hasta por la garita. Los esperará un auto en territorio estadounidense y si quieren, los despacharán en jet comercial. Pero si no tienen billetes ni nadie quien pague por ellos al otro lado, entonces pueden mantenerlos en la frontera mexicana hasta cuando les llegue dinero de su tierra. He recibido informes que en el chihuahuense Janos las autoridades reciben a los extranjeros, indocumentados, como si fueran turistas de primera clase. Hasta los hospedan en buenos lugares. Me escribe una lectora amable lo que todo mundo sabe: “Los camiones vienen repletos de hondureños y colombianos. Pagan mucho dinero, 15 mil dólares cada uno”. Pero en cualquier lugar de la frontera, si no tienen mucho para pagar, los pasan por llanuras, montañas, el Río Bravo, desiertos o canales. A veces el frío o la nieve los atrapa, entume y mata. En tiempos de verano terminan fatalmente deshidratados. El que no sabe nadar se mete al agua como si echara un volado. O llega a la otra orilla echándose uno que otro buche o de plano se ahoga. A estos albures de vida y muerte hay un agregado: Ladrones mexicanos les esperan nada más cruzando la imaginaria línea divisoria. Les quitan hasta la ropa. Violan a las mujeres. Hace meses cerca de la frontera tijuanense en territorio estadounidense, unos chamacos gringos se divertían disparándoles a los indocumentados con rifles de municiones. Los sorprendían hasta cuando iban al excusado. Afortunadamente fueron detenidos y procesados.

Normalmente el origen y destino de estos mexicanas y mexicanos con sus chiquillos, no los lleva a lograr una buena posición. Si bien ganan más dinero que en su tierra, en Estados Unidos no es suficiente para el tren de vida. Existe además una situación de costumbre mezclada con la condición de ilegal. Un 44 por ciento de los hispanos radicados al otro lado no tiene seguro médico. Tomé esta cifra de una importante organización: El Colegio de Doctores de Estados Unidos y la Sociedad de Medicina Interna. Sus cifras son dramáticas. 37 por ciento de la población hispana menor de 65 años no tiene seguro, frente a un 24 por ciento de negros y 14 por ciento de blancos no hispanos. Hay un dato más revelador: Ocho de cada 10 mexicanos cuentan con trabajo constante, pero sus patrones no les otorgan el beneficio del seguro. Hay un 17 por ciento de mexicanos adultos con problemas de salud. No han visitado un doctor por lo menos en los últimos doce meses. Y 40 por ciento de los méxico-americanos no han tenido servicio médico a pesar de sentirse enfermos. Muchos, infectados de SIDA.



Estos paisanos no viajarán en auto y a México durante esta temporada navideña y findeañera. Unos seguirán escondiéndose y toreando a Migración. Otros se atreverán a venir pero a la sorda. Dejarán el terreno preparado para regresar. No harán berrinche con los oficiales de la aduana para realizar trámites de internación. No pasarán por la garita aunque la policía sí sabe en donde para pescarlos y arrebatarles el dinero. No los recibirá el Presidente Fox en la frontera. No les preguntará cuánto ganan y que comisión pagan por el envío de dólares a México. No preguntará cómo son tratados. Un respetado periodista de la Ciudad de México me dijo: “Desengáñate. A Fox le interesan únicamente los paisanos que traen dinero. Los que traen problemas, que se los lleve el diablo”. Por mi parte le concedo al guanajuatense el beneficio de la duda.

Tomado de la colección Dobleplana de Jesús Blancornelas.

(SEMANARIO ZETA/DOBLEPLANA  JESÚS BLANCORNELAS /LUNES, 19 NOVIEMBRE, 2018 12:00 PM)

SIN NOMBRE


Imagínese Lector: Va en su auto por la Avenida Reforma del Distrito Federal. Llega a la Glorieta de la Independencia. Hace alto. Piensa: “Van a venir esos latosos limpia-brisas o a venderme una máscara de Fox”. Pero no. Se le acerca un jovencito no mal vestido. Trae una cachucha verde. En el frente, pegada, la imitación en plástico de hojitas de marihuana. Baja Usted el vidrio de la portezuela. “Jefe”, le dice el adolescente al momento que con delicadeza le da una cariñosa chupadita a su carrujo. Luego el “golpe” y enseguida el hablar forzado, hacia adentro, para no dejar escapar el humo: “Esssshh dddde laaaa buuuuena. ¡Pruébela!”. Le extiende el brazo aprisionando entre su pulgar e índice el cigarrito prendido. Lo siente Usted cerca de sus narices, de su boca. Voltea para todos lados. En la esquina está un policía. “No se fije, patroncito. Ya le dimos lo suyo. No la hará de tos”.

Sigue teniendo el carrujo cerca de su boca ofrecido por el chavo. Usted hace para atrás la cabeza. Sube la barbilla como si el agua le llegara al cuello. Mira hacia abajo el retorcido cigarrillo pensando para sus adentros: “No. En público no me voy a dar un toque”. Y entonces elige como de rayo diciéndole al jovencito: “Mejor dame uno” y “¿cuánto es?”. Escucha “cien”. Lo siente como un gancho para regatear: “No. Te doy 50”. Sonriendo el vendedor sentencia: “Ni para Usted ni para mí, jefecito. 75 y a’i muere”. Saca Usted un billete de a cien. Recibe el enrollado. Los dos embolsan lo recibido. El vendedor hunde su mano en el pantalón buscando la feria. Prende el verde del semáforo.

El policía pega un silbatazo más escalofriante que cuando el árbitro marca penalty. Ni modo. Mete Usted drive si su carro es automático o primera si no le alcanzó para comprar “este de velocidades cada vez más latoso”. Duda en arrancar esperando la feria. Suenan los claxonazos y el silbato del gendarme. Arranca. Ni modo. El chavalo se quedó con los cien pesos. Si no trae carro sube a un taxi. En el respaldo del conductor hay una leyenda enmicada impresa con letras rojas y negras sobre un fondo amarillo. “Cigarrillos de marihuana a cien pesos. Haga más placentero su viaje. Ahora sí goce los embotellamientos y plantones”.

Otra vez imagínese de viaje en León, Guanajuato. Afuera de la Plaza del Zapato como si fueran delanteros panzas-verdes, aparecen los vendedores de marihuana. Le muestran una bolsita de plástico. Cuatro pulgadas por cuatro y cierre mágico. “Le sale más barato que comprar por pieza”, alega el de la oferta. Sigamos con la suposición: Llega a Hermosillo, va a comprar machaca o “coyotas” a Villa de Seris. Cerca de los expendios tradicionales, hay quien ya se las vende con su marihuana incluida. “Es más sabrosa y hasta nutritiva”, anuncian en voz alta como tirando un anzuelo. En Chihuahua, turisteando, le entra la curiosidad cuando pasa frente a Palacio. “Vamos a ver dónde tirotearon al Gobernador”. Antes de entrar, adultos bien vestidos le ofrecen desde un carrujo, bolsa de 250 gramos o un “ladrillito” de a kilo. Mandil verde colgando del cuello y amarrado por la cintura trae un logo amarillo con letras anaranjadas: “Producto legítimo. Cártel de Juárez”. Son los mismos que andan caminando entre la “cola” de autos en Ciudad Juárez cuando se dirigen a El Paso, Texas.

Más escenarios ficticios: En Cancún se acabaron los “spring-break”. Pero como nunca, hay más jóvenes estadounidenses. Casi no se puede caminar en esta hermosa zona caribeña. Ahora son “mota-spring-break”. En Acapulco, los hoteles de cinco estrellas decidieron colocar un par de carrujos gratis en la mesa junto al balcón donde se mira toda la bahía o en la de centro. Están junto a la canasta con frutas en señal de bienvenida. En Vallarta es diferente. Ya no circulan entre turistas los cupones buenos por una “margarita” de cortesía. Ahora es válido por 50 gramos de marihuana y un sobrecito de 100 si prolonga su estancia dos noches más. En Guadalajara es más fácil encontrar la droga que un boleto de reventa para el Chivas-América.

Ahora que si les gusta la nieve de coco, mango y otros exquisitos sabores, la mejor es en Mérida bajo los arcos y a un paso de Palacio de Gobierno. Chaparritas que allí y antes vendían abanicos de madera aromatizada en simpáticas cajitas con tapa corrediza de vidrio, ahora las traen con carrujos o, si lo desea el cliente, nada más con la hierba. Y si le encantan las nieves de tequila, jamoncillo, aguacate o frijoles, nunca faltan en la plaza principal de Dolores Hidalgo. Cerquita de allí está el tianguis. Imagínese: Montoncitos de marihuana sobre una colorida tela tendida en el piso. “Lléveselos patroncito –dice una chamaca– a 200 cada uno”. Si pasa por Guanajuato, los muchachitos que le sueltan una letanía para mostrarle las momias le agregan: “Y si quiere marihuana, vaya a esa casa, pregunte por Serapio y le dice que lo mandó Basilio”.

Ah, y en Puebla, sigamos con la imaginación. Después de esperar mesa para un buen mole y luego ir a comprar camotes y “borrachitos”, abundan vendedores de marihuana en el camino. Uno de ellos dice que “con ésta se ve mejor a Don Goyo, el Popo”. En Morelia es un encanto saborear cafecito bajo los arcos, frente al jardín y cerca de Catedral. No faltarían las ofertas de hierba yendo de una mesa a otra. Los aromas, bebida y marihuana, se mezclan inconfundibles. En Aguascalientes ni se diga. Imagínese la Feria de San Marcos. O en Veracruz bailando danzón después de tres que cuatro toques hasta parece que anda en el espacio. Suavecito. En Los Mochis los turistas antes de llegar al Santa Anita ya estarían bien surtidos. No se diga en el malecón de Mazatlán. Con camaroncitos y toda la cosa. Badiraguato se convertiría en una gran atracción turística mundial. Habría un museo de los grandes capos. Hasta venderían pomitos de marihuana con alcohol para la maldita reuma.

¿Se imagina en Polanco? Carritos como de paleteros, con su campanilla que despertaría las exclamaciones a los que atiborran cafeterías y restaurantes-bar: “A’i viene la marihuana”, mientras otra voz resonaría: “Yo mejor espero al de la cocaína”. ¿Y Zacatecas? Seguro que antes de visitar las famosas minas o saliendo de ellas escucharía las ofertas de droga acompañadas de un buen vino tinto especialidad de la ciudad. También los encontraría en el Cerro de la Bufa o si está haciendo línea para treparse al teleférico. Frente a la Catedral de Oaxaca, donde venden tan sabroso pan, o en la plaza, cerca de los puestos de vestidos bordados y la fuente donde las gardenias flotan no podía faltar “…aquí está su coca de Colombia, de la buena, legítima”. A la entrada de Monte Albán le venderían morralitos de estambre arco-iris con hierba, boquillas de piedra y pincitas chapeadas en oro para sostener el carrujo.

Ahora imagínese la frontera norte. Un gran negocio para vender droga: Tijuana, Mexicali, Tecate, San Luis Río Colorado, Nogales, Naco, Ciudad Juárez, Chihuahua, Nuevo Laredo y demás ciudades. Siempre estarían llenas de estadounidenses. Aunque en su tierra tienen muchas facilidades para comprarla y consumirla, acá se las darían más barata. La Procuraduría General de la República se convertiría en “changarro”. Desaparecería el delito de siembra, posesión, transporte, venta y consumo de drogas. Y con ello la Fiscalía Especializada de Atención a Delitos contra la Salud (FEADS), el Instituto Nacional de Combate a las Drogas (INCD) y la Unidad Especializada contra la Delincuencia Organizada (UEDO). Ya no perseguirían a los vendedores afuera de las escuelas. Al contrario, en las librerías con cada ejemplar le regalarían un carrujo.

Todo esto imaginario creo que sería poco frente a la realidad si en México se legalizara el comercio de la droga. Hace tiempo lo propuso el brillante escritor Carlos Fuentes. Luego lo declaró un funcionario de la Federal Preventiva. Y se les sumó el baleado Gobernador de Chihuahua, Patricio Martínez. Estoy seguro que si se aprobara crecería el narcotráfico y aumentaría la corrupción. Saldríamos perdiendo. La droga subiría de precio aunque siendo ya comercial debo reconocer que de cuando en vez habría baratas. Los cárteles se convertirían en poderosas empresas. A lo mejor cotizaban en la Bolsa de Valores o patrocinaban un equipo de futbol. El goce temporal del consumo o el vicio provocaría más crímenes, robos, violaciones, accidentes y hasta suicidios. Pero hay alguien que estaría muy contento: Don Francisco Gil Díaz, nuestro Secretario de Hacienda. Les aplicaría el IVA de volada.

Escrito tomado de la colección “Dobleplana” y publicado por última vez en septiembre de 2015, propiedad de Jesús Blancornelas.

(SEMANARIO ZETA/ DOBLEPLANA  /JESÚS BLANCORNELAS/ LUNES, 12 NOVIEMBRE, 2018 12:00 PM)

CISEN


“¿De quién es el auto?”, me preguntó con mirada de puñal el agente de Migración. “Mío”, respondí. Y sin pronunciar un cortés “por favor” soltó mandón la palabra: “¡Bájese!”. Jalé la manivela pero no pude abrir la puerta porque una nueva frase me detuvo: “Apague el motor y ponga aquí sus llaves”, señalándome el techo del carro. Di vuelta al switch. Y entonces salí de mi Volkswagen negro, una “pulguita”. El vigilante me dijo entre cansado y fastidiado: “Abra la cajuela”. Cuando le aclaré que necesitaba las llaves, de mala gana apuntó con su índice dándome a entender “tómalas”. Levanté la capota: Llanta de refacción, cruceta, diminuto gato, un pequeño estuche negro de plástico con herramienta y nada más. “Okey”, dijo tras echarle una mirada. ¡Zas! Sonó cuando cerré la cajuela. Me quedé con las llaves.

Como si fuera baraja, el migrante vio los pasaportes de mi esposa y tres hijos. Puso sus manazas sobre el techo y se agachó a la ventanilla, los llamó por su nombre y cada uno fue respondiendo correctamente y les regresó el documento. Con el dorso de su mano golpeó las portezuelas en busca de algo sólido e irregular. Dio pequeñas pataditas a las llantas esperando encontrar algo más que aire, y terminando de rodear el auto preguntó: “¿A dónde van?”. Escuchó “…a San Diego” y reinterrogó “¿A qué van?”. Entre sorna y broma se me ocurrió responder: “Bueno, pues íbamos a desayunar, pero después de tanta espera, creo que mejor vamos a comer”, no le cayó bien la respuesta. Así, con más disgusto que formalidad dijo: “¡Pasen!” y cruzamos la frontera.

Como decía mi abuelita: “Las tripas gruñen de hambre”. Desde la noche anterior nos pusimos de acuerdo en familia: “Mañana vamos a desayunar al otro lado”. Y al día siguiente, cuando salimos, ya íbamos saboreándonos unos hotcakes con huevos revueltos y tocino. Primero cafecito negro y luego un vaso de leche helada.

Rumbo a la garita nos encontramos lo entonces pocas veces visto: Una enorme “cola”. Inmediatamente di la media vuelta y enfilé para Otay, el otro paso más alejado, esperaba menos tráfico y me sorprendí. Luego de alinearme, detrás de mi auto, en un ratito, creció la fila que se movía con tanta calmosidad que empujaba al fastidio esquina con el berrinche.

Todavía no existían los celulares, por eso no pude hablar al periódico y preguntar el motivo de “la cola”. No me quedó otra que bajarme del auto y consultar al más cercano automovilista por la tardanza. Enfurecido respondió que no sabía.

Al rato, primero uno y luego otros helicópteros pasaron cerquita de nosotros; abajo y a sus costados se leían las iniciales de las televisoras estadounidenses. Entonces sí pensé: “Algo grave pasó”. Encendí el radio del auto y escuché la noticia. “Mataron en Guadalajara a Enrique Camarena Salazar, agente antidrogas de Estados Unidos”. Transmitieron los detalles de rigor. Por eso el retraso en el paso a Estados Unidos. “Seguramente los migrantes recibieron órdenes de revisar todo”, les dije a mi esposa e hijos aquel cinco de marzo de 1985.

Fue la segunda ocasión que vi un embrollo así desde los setentas, cuando la famosa “Operación Intercepción” me pescó en el cruce Mexicali-Calexico. La ordenó el presidente Richard M. Nixon, era una revisión endemoniada que también provocaba retrasos. Los oficiales de Inmigración traían un artilugio como palo de golf, pero que en el extremo inferior redondo tenía un espejo hacia arriba. Lo metían bajo la carrocería para ver si no había por allí algún pegoste con droga. El sistemita ese atormentó y disgustó. Miles de mexicanos nos sentimos ofendidos; es que nada más por cruzar a Estados Unidos se nos estaba etiquetando como sospechosos de narcotráfico.

Aquel marzo del 85 no detuvieron sospechosos en la garita, pero a los pocos días sucedió lo increíble. Un juez estadounidense sobornó con 30 mil dólares a tres agentes de la policía estatal bajacaliforniana. Secuestraron a René Martín Verdugo en territorio mexicano. Lo encajuelaron, se fueron a despoblado, y en la imaginaria división territorial fronteriza la policía de Estados Unidos lo recibió. Sigue prisionero. Fue enlistado como asociado de Rafael Caro Quintero, el afamado narcotraficante de la época. Los estadounidenses le pusieron el dedo como autor intelectual en el crimen de Camarena.

Otros policías antidrogas secuestraron al doctor Humberto Álvarez Machain en Guadalajara, acusado de cuidar a Camarena para que no se muriera cuando lo torturaban. Encarcelado varios años, sorpresivamente lo liberaron, pero a Rubén Zuno Arce le desgraciaron. Dijeron que era dueño de la casa donde fue el martirio, lo citaron a un tribunal, viajó desde Guadalajara para cumplir. Inocente, tercos descaminados lo condenaron a prisión de por vida.

Camarena investigaba el narcotráfico en Guadalajara desde el consulado de Estados Unidos. El 7 de febrero del 85 salió a comer, le acompañaba su esposa cuando varios fulanos aparecieron. Nada se supo hasta el 5 de marzo, cuando encontraron tirado su cadáver. Desde entonces, la policía de Estados Unidos insiste en buscar más culpables aparte de los inocentes que tiene encarcelados.

En Tijuana ejecutaron a José Juan Palafox Cadena. Era el jefe local del Centro de Inteligencia y Seguridad Nacional (CISEN). Iba en auto solo y desarmado, estaba a cuatro cuadras de su oficina en el Fraccionamiento Agua Caliente. Pasaditas las diez de la noche un julio 26, dos hombres en una camioneta empezaron a rebasarlo. Y cuando se emparejaron le dispararon seis veces, allí murió. En un hombre con el cargo de Palafox, fue imprudente permitir ese paso y a esa hora.

El tráfico en la garita no se detuvo, continuó como si nada el movimiento de pasajeros en el aeropuerto, central de autobuses y carreteras. No se detuvo la circulación en bulevares, avenidas, calles y callejones, nada de retenes u otra forma para atajar o perseguir matarifes. Rodeando el auto de la víctima y borrando evidencias, más curiosos y menos policías. Los agentes federales se aparecieron al último. Transcurridos los días, oficialmente ni pista ni detenidos. Secreto a voces: Fueron agentes estatales.

Entristece que tal suceda entre funcionarios, duele ver el mayor empeño estadounidense cuando les matan un compañero y la poca solidaridad de mexicanos si ejecutan a un agente. Pero lo más grave: Oficialmente el CISEN es lo máximo en inteligencia y seguridad de este país, no puede ser posible tanta ignorancia para resolver el fatal enredijo, es para alarmar. Si eso pasa en el CISEN con uno de los suyos, mal deben andar muchas cosas. No aclarar nada, despostilla a la Secretaría de Gobernación, es tiempo de hablar sobre sogas en la casa del ahorcado. El silencio embarra de complicidad.

Tomado de la colección “Dobleplana” de Jesús Blancornelas, publicado por última vez en agosto de 2002.

(SEMANARIO ZETA/ DOBLEPLANA / JESÚS BLANCORNELAS /LUNES, 5 NOVIEMBRE, 2018 12:00 PM)

PROFESORA


Mi profesora Raquel era muy rigurosa. Soltera y cuarentona. Dueña con su hermana del Colegio “Progreso”. No por eso caía en la burguesía, pero era demasiado culta e inteligente. Lucía robusta. A pesar de eso le gustaba vestir falda ajustada y hasta abajo de la rodilla. Casi siempre negra. Pero debía encantarle lo floreado porque sus blusas o suéteres lo tenían estampado o bordado. Morena. Sus labios siempre bien pintados. Igual pestañas y bien depiladas las cejas. Su nariz un poquito achatada. Un lunar grande en la mejilla izquierda. El pelo negro, asomándole una que otra cana. Peinado alto a la Ida Lupino o Ginger Rogers. Sonriente muy pocas veces. Normalmente muy seria sin caer en cara de berrinche.

Era una maestra excelente. Me caía bien. No regateaba buenas calificaciones cuando el trabajo estaba bien hecho. Pero nada le enojaba tanto como las tareas incumplidas. Tenía el tiempo suficiente para revisarlas porque no éramos más de treinta en el salón. Se encargaba de todas las materias, menos la de Educación Física donde recibíamos la instrucción con un profesor. Pero de todas formas estaba presente. Así es que la pasaba con nosotros todo el día.

Cuando estuve con ella en sexto año de primaria, varias veces sufrí el rigor de su castigo. Se enojaba. Pero de veras derramaba bilis si nos distraíamos en la clase. Yo era de los más chaparros. Solamente otro compañero tenía pocos centímetros de estatura menos. Por eso nos sentaban en el doble pupitre al frente del par de filas en el salón. Una solo para hombres y en la otra nuestras primeras arranca-suspiros. Estábamos en el segundo piso y dos grandes ventanas dejaban colar sin estorbo la luz natural. Ni hacía falta prender el foco. No recuerdo haberlo visto encendido. Es que entrábamos a las nueve de la mañana y salíamos exactamente al mediodía.

Después de comer, el regreso era a las tres y la jornada terminaba a las cinco. Siempre de lunes a viernes. Casi ninguno de los compañeros esperaba algún autobús para irse a casa ni lo había en la escuela para transportarnos especialmente. Todos lo hacíamos a pie. Yo vivía a nueve cuadras. De vez en cuando nos dábamos nuestra desviada para acompañar a las chamacas o nada más ir tras ellas.

Cada año las clases se iniciaban pasando el Día de los Santos Reyes y no terminaban hasta cuando empezaban las posadas, el meritito 16 de diciembre. Nuestras únicas vacaciones eran durante Semana Santa. Y los días festivos debíamos desfilar. Cuando lo hacíamos, mi compañero y yo, por chaparros, íbamos al frente del contingente, llevando siempre bien planchadito el banderín con el nombre de nuestra escuela. Los demás nos daban carrilla. Pero llegaba la hora del desquite: Cuando los papás iban y tomaban fotos siempre salíamos en primer lugar. A sus hijos apenas si se les veía la cabeza. Fue el año del 47.

Recuerdo que uno de tantos domingos fuimos al cine. Hicimos “cola” para llegar a la taquilla. Con mi madre Cuca y mi hermana Arcelia ocupamos las butacas de madera en la localidad de balcón. Se me salieron las lágrimas cuando vi a Pedro Infante haciéndola de Pepe “El Toro” en Nosotros los Pobres. Pantalón mezclillero de pechera. Playera a rayas blanco y negro. Su mechón cayéndole sobre la frente. El rostro tiznado por una quemazón. Llorando ahora sí que a grito abierto. Llevaba en sus manos seguramente un muñeco pero cubierto con aquella cobijita gris obscura. Simulaba con tanto realismo que cargaba a su hijo muerto en un incendio. Era una tragedia.

Como no queriendo vi de reojo a mi madre. Tenía su pañuelo pegado al pómulo derecho. También lloraba. Al otro día, cuando llegué a la escuela antes de las nueve platiqué sobre la película a mis compañeros con la respectiva tonadita de “Amorcito corazón, yo tengo tentación de un beso mordelón…” Recuerdo sus ojos sobresaltados. Interrumpí al llamado de formarnos para rendir honores a la Bandera y pasar lista. La “bolita” me atrapó para seguir contándoles cuando subimos la escalera y llegamos al salón.

Tan entretenidos estábamos que ni cuenta nos dimos cuando llegó la maestra. Todos se pusieron de pie menos nosotros. Con su maciza regla, madera toda y metro preciso, golpeó mi pupitre. Lo sentí como relámpago furia del cielo. Luego, igual que un chubasco vino la regañina. Escuché entre estremecimientos. Y terminó con un “…de castigo, no salen a recreo”.

Me pasó al pizarrón, como siempre lo hacía al azar, para escribir día, mes y año. Nervioso como estaba temblé en el trazo y rápidamente me cayó nueva llamada de atención. Regresé al pupitre y escuché un tronante: “A ver, su tarea”. Saqué rápidamente mi cuaderno. Viendo la situación no le dije que sábado y domingo anduve jugando y dejé de estudiar contrario a su orden. Y que la tarea la hice hasta el lunes, de volada, mientras desayunaba antes de ir a la escuela. Precisamente por la prisa no estaba bien el rasgo de las letras y me equivoqué en aritmética.

La profesora Raquel siempre traía un lápiz bicolor. Con el azul aprobaba. El rojo era para reprobar. Poco faltó hasta para romper la hoja de mi cuaderno al tacharlo. Sin abandonar el sermón, con índice y pulgar me agarró del oído derecho. Rapidito, me puse de pie. Y mientras crecía su coraje me encaminaba al rincón, al fondo del salón. “Aquí se la pasará todo el día”. Por fortuna no había orejas de burro en la escuela, pero ése era el castigo para los que no cumplíamos con nuestra tarea. Aparte del dolor por el jalón de oído, sentí mucha vergüenza ante mis compañeritas. De pasadita a unas las vi serias y a otras dejando escapar una risita burlona.

Total, ese mes saqué tres cincos: Conducta, Aprovechamiento y Matemáticas. Cuando le entregué la calificación a mi madre primero preguntó por qué y le dije. Luego advirtió “…ahora que venga tu padre vas a darle una explicación”. Quedé engarrotado. Por la noche mi papá terminó con aquel día fatal. Otra llamada de atención. Desde entonces no fallé con la tarea. La empezaba desde el mismo viernes hasta la noche para tener tiempo y disfrutar el domingo. El sábado primero de este septiembre, viendo y oyendo el informe en la televisión me quedé acalambrado. Beatriz Paredes me recordó a mi profesora Raquel.

Escrito tomado de la colección “Dobleplana de Jesús Blancornelas, publicado el 23 de noviembre de 2007.

(SEMANARIO ZETA/ DOBLEPLANA / JESÚS BLANCORNELAS /LUNES, 29 OCTUBRE, 2018 12:00 PM)