domingo, 29 de octubre de 2017

EL DOLOROSO PARTO DE UN MUNDO NUEVO


Con mirada acuciosa y pluma magistral, el periodista estadunidense John Reed describe el ambiente social y político que prevalece en vísperas de que los bolcheviques tomen el poder. Luego, durante la noche del 25 de octubre, se mezcla con los soldados y guardias rojos que asaltan el Palacio de Invierno, lo que le permite relatar, desde el corazón mismo de los acontecimientos, el triunfo de la Revolución de Octubre. Sus crónicas y reportajes dan vida a uno de los libros de referencia de este hecho histórico: Diez días que estremecieron al mundo, que publicó en 1919 y del cual se reproducen algunos fragmentos.

Una gran parte de las clases ricas preferían a los alemanes que a la revolución –incluso al gobierno provisional– y no ocultaba estas preferencias. En la familia rusa con quien yo vivía, a la hora de cenar se conversaba invariablemente sobre la llegada de los alemanes, que traerían “la ley y el orden”. Una noche, en casa de un comerciante de Moscú, a la hora del té, pregunté a once personas si preferían al káiser Guillermo o a los bolcheviques. Ganó Guillermo por diez contra uno.

Los especuladores se aprovechaban del desorden general para amasar fortunas que dilapidaban en orgías fantásticas o en pagar a los funcionarios. Acaparaban stocks de víveres o de combustibles y los exportaban clandestinamente a Suecia. Durante los cuatro primeros meses de la revolución, las reservas de víveres de los grandes almacenes municipales de Petrogrado fueron saqueadas casi a la vista de todos, hasta el punto de que la reserva de trigo para dos años resultó casi insuficiente para las necesidades de un mes (…)

En una ciudad de provincia conocí a una familia de comerciantes, cuyos miembros se habían hecho especuladores merodeadores, como los llaman los rusos. Los tres hijos habían logrado rehuir el servicio militar mediante el soborno. Uno especulaba con víveres, otro vendía ilícitamente a misteriosos clientes de Finlandia el oro de las minas del Lena, y el tercero, que había adquirido grandes intereses en una fábrica de chocolate que aprovisionaba a las cooperativas locales, no las abastecía sino con la condición de que le entregasen todo lo que necesitara. De este modo, en tanto el pueblo sólo recibía, con la cartilla, un cuarto de libra de pan negro, él disponía en abundancia de pan blanco, azúcar, té, pasteles y manteca. Y cuando los soldados, consumidos por el frío y el hambre, no podían sostenerse en el frente, había que escuchar con qué indignación vociferaba esta familia contra los “cobardes”, asegurando que sentía “vergüenza de ser rusa” y llamando “bandidos” a los bolcheviques porque le requisaban grandes stocks de provisiones acaparados por ella.

Bajo esta podredumbre exterior, las fuerzas secretas del antiguo régimen, que habían sobrevivido a la caída de Nicolás II, proseguían su intenso y misterioso trabajo. Los agentes de la famosa Ojranat (policía secreta del régimen zarista) seguían funcionando, por o contra el zar, por o contra Kerenski (líder de la Revolución de Febrero), a sueldo de quien les pagase. En la sombra, diferentes clases de organizaciones subterráneas, como las Centurias Negras, se dedicaban activamente a preparar el triunfo de la reacción, de una u otra forma.

En esta atmósfera de corrupción y de monstruosas verdades a medias, sólo se oía una nota clara, el llamamiento de los bolcheviques, más penetrante cada día: “¡Todo el poder a los Soviets! ¡Todo el poder a los representantes directos de millones de obreros, soldados y campesinos! ¡Tierra y pan! ¡Que acabe la guerra insensata! ¡Abajo la diplomacia secreta, la especulación y la traición! ¡La revolución está en peligro, y con ella la causa de todos los pueblos!”

La lucha entre el proletariado y la burguesía, entre los soviets y el gobierno, comenzada en los primeros días de febrero, iba a alcanzar su punto culminante. Rusia, que acababa de pasar, de un salto, de la Edad Media al siglo XX, ofrecía al mundo estremecido el espectáculo de dos revoluciones: la revolución política y la revolución social, trabadas en una lucha a muerte (…)



La caída del zarismo. Foto: Especial


LAS “COLAS DEL PAN”

En las casas particulares no había electricidad más que desde las seis a las doce de la noche. Cada bujía costaba casi un dólar, y el petróleo escaseaba mucho. La noche duraba desde las tres de la tarde a las diez de la mañana. Los robos y asaltos se multiplicaban. Los hombres, armados de fusiles, hacían guardia, por turno, en las casas, durante la noche. Así se desarrollaba la vida bajo el gobierno provisional.

Los víveres iban escaseando de semana en semana. La ración diaria de pan descendió sucesivamente de una libra y media a una libra, después a tres cuartos de libra, y finalmente a 250 y 125 gramos. Al final, hubo una semana entera sin pan. Se tenía derecho a dos libras de azúcar mensuales, pero era casi imposible encontrarla. Una tableta de chocolate o una libra de caramelos insípidos costaban de siete a diez rublos, más o menos un dólar. Sólo había leche para menos de la mitad de los niños de la ciudad; la mayor parte de los hoteles y de las casas particulares no la veían desde hacía meses (…) Para conseguir leche, pan, azúcar o tabaco era preciso hacer cola durante horas bajo la lluvia glacial (…) Hay que imaginarse a estas gentes mal vestidas, de pie sobre el helado suelo de las calles de Petrogrado, durante jornadas enteras y en medio del invierno ruso. Yo he escuchado en las “colas del pan” la nota áspera y amarga del descontento, brotando a veces de la milagrosa dulzura de estas multitudes rusas.

Naturalmente, los teatros se abrían todas las noches incluso los domingos (…) Las colecciones del Hermitage y de otras galerías habían sido evacuadas a Moscú, pero cada semana se inauguraban exposiciones de pintura. Las mujeres “intelectuales” se apretujaban en las conferencias sobre arte, literatura y filosofía mundana (…)

Como ocurre siempre en semejantes periodos, la pequeña vida convencional continuaba su curso, ignorando lo más posible la revolución. Los poetas componían versos, pero no a la revolución. Los pintores realistas pintaban escenas de la Rusia medieval, todo menos la revolución. Seguían llegando a la capital señoritas de provincias para aprender francés y educar su voz. Jóvenes y elegantes oficiales paseaban en el hall de los hoteles sus bachlyks carmesí bordados de oro y sus sables caucasianos ricamente nielados. Las mujeres de los funcionarios se reunían por las tardes a tomar el té, llevando cada una en su manguito una cajita con azúcar, de oro o plata, ornada de brillantes, y media hogaza de pan. Estas damas suspiraban por la vuelta del zar, por la llegada de los alemanes y, en fin, por todo aquello que pudiera resolver la crisis del servicio doméstico. La hija de un amigo mío sufrió un día un ataque de histeria, porque la cobradora de un tranvía la había llamado “camarada”.

La gran Rusia daba a luz, con dolor, un mundo nuevo (…)

EL PAPEL DE LA PALABRA

En el frente, los soldados continuaban su lucha contra los oficiales y aprendían en los comités a gobernarse a sí mismos. En los talleres, esas incomparables organizaciones que son los comités de fábrica, adquirían experiencia y fuerza y tomaban conciencia de su misión histórica de lucha contra el antiguo régimen. Rusia entera aprendía a leer: leía asuntos de política, de economía, de historia, porque el pueblo tenía necesidad de saber. En cada ciudad, casi en cada aldea, en el frente, cada fracción política tenía su periódico y, a veces, muchos. Millares de organizaciones distribuían centenares de miles de folletos, inundando los ejércitos, las aldeas, las fábricas, las calles. La sed de instrucción, tan largo tiempo refrenada, convirtióse con la revolución en un verdadero delirio. Sólo del Instituto Smolny salieron cada día, durante los seis primeros meses, toneladas de literatura, que, ya en carros, ya en vagones, iban a saturar el país. Rusia absorbía, insaciable, como la arena caliente absorbe el agua. Y no grotescas novelas, historia falsificada, religión diluida o esa literatura barata que pervierte, sino teorías económicas y sociales, filosofía, las obras de Tolstoi, de Gogol, de Gorki.

¡Y qué papel jugaba la palabra! Los “torrentes de elocuencia” de que habla Carlyle a propósito de Francia eran una bagatela al lado de las conferencias, de los debates, de los discursos que se pronunciaban en los teatros, en los circos, en las escuelas, en los clubes, en las salas de reunión de los soviets, en los locales de los sindicatos, en los cuarteles. Se celebraban mítines en las trincheras, en las plazas de las aldeas, en las fábricas. ¡Qué admirable espectáculo el de los cuarenta mil obreros de Putilov acudiendo a escuchar a oradores socialdemócratas, socialrevolucionarios, anarquistas y otros, igualmente atentos a todos ellos e indifesentes a la duración de los discursos! En Petrogrado y en toda Rusia, la esquina de cada calle fue, durante meses, una tribuna pública. En los trenes, en los tranvías, en todas partes brotaba de improviso la discusión.



En cada centro de trabajo una asamblea. Foto: Especial


EN EL PALACIO DE INVIERNO

(Durante la noche del 25 de octubre), aprovechándonos del revuelo, nos deslizamos a través de los centinelas tomando la dirección del Palacio de Invierno.

La oscuridad era completa. Sólo se divisaban los piquetes de soldados y guardias rojas, que vigilaban celosamente. A la altura de la catedral de Kazán, en medio de la calle, se encontraba un cañón de campaña de tres pulgadas, descansando en la posición donde lo había dejado el retroceso del último cañonazo, disparado por encima de los tejados. Bajo todas las puertas los soldados charlaban en voz baja, con las miradas dirigidas hacia el puente de la policía. Escuché a uno que decía: “Puede que nos hayamos equivocado.” En las esquinas de las calles, las patrullas detenían a todos los peatones; a pesar de hallarse formadas por tropas regulares, las mandaba siempre, detalle interesante, un guardia rojo.

Había cesado el fuego. Al llegar a la Morskaya escuchamos a alguien exclamar: “¡Los junkers (estudiantes de la academia militar) han solicitado que se vaya en ayuda de ellos!” Se oyeron voces dando órdenes y, en medio de la densa noche, distinguimos una masa sombría que se ponía en marcha, rompiendo el silencio con el rumor de sus pasos y los ruidos metálicos de sus armas.

Nos unimos a las primeras filas.

Semejantes a un río negro que llenara toda la calle, sin cantos ni risas, pasábamos bajo el Arco Rojo (entrada principal del Palacio de Invierno), cuando el hombre que marchaba justo delatante de mí dijo en voz baja: “¡Cuidado, camaradas! No hay que fiarse de ellos. Seguramente van a disparar.”

Al otro lado del Arco avanzamos corriendo, agachándonos y encogiéndonos todo lo que podíamos, para reunimos después detrás del pedestal de la columna de Alejandro.

–¿Cuántos muertos han tenido? –les pregunté.

–No sé, unos diez…

La tropa, que se componía de varios centenares de hombres, descansó algunos minutos, apretujada detrás de la columna, recuperó la calma y después, como no tuviera nuevas órdenes, volvió a avanzar espontáneamente. Gracias a la luz que brotaba de las ventanas del Palacio de Invierno, yo había logrado distinguir que los trescientos primeros eran guardias rojas, entre los cuales se hallaban mezclados solamente algunos soldados. Escalamos la barricada de maderos que defendía el Palacio y lanzamos un grito de júbilo al tropezar en el otro lado con un montón de fusiles, abandonados allí por los junkers. A ambos lados de la entrada principal las puertas estaban abiertas de par en par, dejando salir la luz, y ni una sola persona salió del inmenso edificio.



El asalto al Palacio de Invierno. Foto: Especial

“PROPIEDAD DEL PUEBLO”

La oleada impaciente de la tropa nos empujó por la entrada de la derecha, la cual conducía a una vasta sala abovedada, de muros desnudos: la bodega del ala Este, de donde partía un laberinto de corredores y escaleras. Guardias rojos y soldados se lanzaron inmediatamente sobre grandes cajas de embalaje que se encontraban allí, haciendo saltar las tapas a culatazos y sacando tapices, cortinas, ropa, vajilla de porcelana, cristalería… Uno de ellos mostraba con orgullo un reloj de péndulo de bronce que llevaba colgado de la espalda. Otro había incrustado en su sombrero una pluma de avestruz. El pillaje no hacía más que comenzar cuando se escuchó una voz: “¡Camaradas, no toquen nada, no agarren nada, todo esto es propiedad del pueblo!” Inmediatamente repitieron veinte voces: “¡Alto! ¡Vuelvan a ponerlo todo en su lugar, prohibido agarrar nada, es propiedad del pueblo!”

Las manos se abatieron sobre los culpables. Los tejidos de Damasco, las tapicerías, fueron arrebatadas a los saqueadores; dos hombres se hicieron cargo del reloj de bronce. Los objetos, bien o mal, fueron colocados otra vez en sus cajas y algunos de los propios soldados se encargaron de montar la guardia. Esta reacción fue sumamente espontánea. En los corredores y las escaleras, debilitadas por la distancia, se escuchaba repercutir las palabras: “¡Disciplina revolucionaria! ¡Propiedad del pueblo!”

Nos dirigimos a la entrada izquierda, en el ala Oeste. También allí se restablecía el orden.

¡Evacuen el Palacio! –vociferaba un guardia rojo–. Vamos, camaradas, ¡demostremos que no somos ladrones y bandidos! Todo el mundo fuera de Palacio, con excepción de los comisarios, hasta que se coloquen los centinelas.

Dos guardias rojos, un oficial y un soldado, se mantenían de pie, empuñando un revólver; otro soldado se hallaba sentado en una mesa con pluma y papel. Por todas partes resonaba el grito: “¡Todos fuera! ¡Todos fuera!”, y poco a poco toda la tropa comenzó a franquear la puerta hacia el exterior, empujándose, refunfuñando, protestando. Cada uno de los soldados era detenido y registrado, se le vaciaban los bolsillos, se miraba por debajo de su capote. Se le recogía todo lo que “no era ostensiblemente suyo, el secretario tomaba nota y el objeto era llevado a una pequeña habitación vecina (…)

LA CÁMARA DE ORO Y MALAQUITA

Un soldado y un guardia rojo aparecieron en la puerta, apartando a la gente; venían seguidos de otros guardias con bayoneta calada que escoltaban a media docena de civiles, quienes caminaban uno detrás del otro. Eran los miembros del gobierno provisional (…) Desfilaron en silencio. Los insurgentes victoriosos se apretujaron para verlos, pero su cólera no se tradujo más que en algunos murmullos. Más tarde nos enteramos de que el pueblo, en la calle, había querido lincharlos y de que había sido necesario disparar, pero los marinos lograron conducirlos sanos y salvos hasta la fortaleza de Pedro y Pablo (…)

Entretanto, aprovechándonos del revuelo, habíamos penetrado en el Palacio. Todavía había muchas idas y venidas, se exploraban las habitaciones del vasto edificio, se buscaba a los junkers, que no existían. Subimos y recorrimos todos los salones. La parte opuesta del Palacio había sido invadida por otros destacamentos, llegados del lado del Neva. Los cuadros, las estatuas, las alfombras y tapices de los grandes salones de lujo se encontraban intactos; pero en los despachos, todos los pupitres, todos los armarios habían sido violentados, los papeles andaban por el suelo y en las habitaciones, las mantas habían sido quitadas de las camas y los guardarropas saqueados. El botín más apreciado lo constituían los vestidos, de los cuales tenían gran necesidad los trabajadores. En una habitación, donde se habían almacenado muebles, encontramos a dos soldados que estaban arrancando el cuero de que estaban tapizados los sillones. Nos explicaron que querían hacerse unos zapatos (…)

Los viejos servidores del palacio, con sus uniformes azul, rojo y oro, iban y venían nerviosamente, repitiendo maquinalmente: “No pueden pasar, barin, está prohibido”.

Por fin, llegamos a la cámara de oro y malaquita, con tapicerías de brocado carmesí, donde los ministros habían estado en sesión permanente todo el día anterior y toda la noche, y donde habían sido entregados a los guardias rojos por los ujieres. La larga mesa recubierta de paño verde se encontraba todavía tal como ellos la habían dejado en el momento de su detención. Ante cada asiento vacío se veía un tintero, una pluma y hojas de papel sobre las cuales se habían trazado de prisa planes de acción, borradores de proclamas y de manifiestos. Los textos habían sido tachados en su mayoría, al irse haciendo evidente su inutilidad, y el pie de las hojas aparecía cubierto de vagos dibujos geométricos, garabateados maquinalmente por los ministros mientras escuchaban sin esperanza los proyectos quiméricos que presentaban sus colegas uno tras otro.

Recogí una de estas hojas, donde se puede leer, escrita de puño y letra de Konolov, la siguiente frase: “El gobierno provisional pide a todas las clases que sostengan al gobierno…”

(…) Salimos a la noche helada, estremecida y con el rumor de tropas invisibles, surcada por patrullas. Del otro lado del río, donde se alzaba la masa sombría de Pedro y Pablo, se elevaba un ronco clamor. Bajo nuestros pies la calzada estaba alfombrada de escombros de estuco de la cornisa del Palacio, el cual había recibido dos granadas del crucero Aurora. No habían pasado de ahí los daños causados por el bombardeo.

Eran las tres de la madrugada. En la Nevski lucían nuevamente todos los faroles de gas, el cañón de tres pulgadas había sido retirado y sólo los guardias rojos y los soldados en cuclillas alrededor de las fogatas recordaban todavía la guerra. La ciudad estaba tranquila, como quizás no lo había estado nunca en el curso de su historia: ¡Ni un crimen, ni un robo fueron cometidos en esta noche!



Lenin preside el Consejo de Comisarios del Pueblo. Foto: State museum of political history of Russia


(PROCESO/ JOHN REED/ 24 OCTUBRE, 2017)

EL INCURABLE VIRUS DEL PERIODISMO


París.- Sólo siete años dura la meteórica carrera periodística de John Reed.

Empieza con la Revolución Mexicana, la cual el reportero-escritor plasma en México insurgente y acaba con la rusa, a la que dedica un libro magistral: Diez días que estremecieron al mundo. Un siglo después de su publicación, ambas obras siguen siendo referencias imprescindibles.

A priori nada predestina a este joven burgués egresado de Harvard a sumergirse en el caos del mundo ni a convertirse en “periodista comprometido”, anticipando la figura del “intelectual comprometido” que encarnarán 30 años más tarde Jean Paul Sartre y Albert Camus.

Reed nace en Portland el 22 de octubre de 1887. Una enfermedad de los riñones lo obliga a pasar en cama largas temporadas de su niñez y adolescencia, con la sola compañía de libros de poesía y novelas. En ese confinamiento nacen su pasión por la literatura y su ambición por convertirse en “escritor rico y famoso”.


En 1900 su padre, acomodado hombre de negocios, indignado por la corrupción que impera en el estado de Oregón, se involucra de lleno en la campaña de moralización de la vida pública lanzada por Theodore Roosevelt y asume altas responsabilidades en el Servicio de Alguaciles de Estados Unidos.

Cambia de inmediato el estatus de la familia que la élite social y económica de Portland condena al ostracismo por considerar a Charles Jerome Reed como un traidor. La fuerza de carácter de su padre, fiel a sus principios y valores, impresiona a John Reed, quien nunca olvidará esa lección de vida.

Según cuenta el historiador Theodore Draper en Las raíces del comunismo americano (1957) y contrario a lo que se suele afirmar, a lo largo de sus cuatro años de estudios en Harvard, Reed no se interesa particularmente por la política y sólo se asoma de vez en cuando al club socialista del campus.

En cambio, destaca como estrella del equipo universitario de futbol y no se pierde ninguna cátedra de Charles Townsend Copeland, brillante profesor de literatura, escritor, poeta, crítico literario a quien Reed dedica México insurgente.

Otro personaje capital en la vida de Reed, el periodista Lincoln Steffens, amigo íntimo de su padre y de Copeland, guía sus primeros pasos en Nueva York. Lo introduce en el efervescente medio intelectual y artístico anticonformista de Greenwich Village, le consigue trabajo en la American Magazine, revista bimensual de investigación de amplio tiraje y lo presenta con el dinámico grupo de escritores y activistas que animan The Masses, revista mensual cultural y política de izquierda radical.



Francisco Villa. “Estrella del periodismo estadunidense”. Foto: Especial

A CONTRACORRIENTE

Reed hace sus pininos como reportero el 27 de enero de 1913 en Paterson, New Jersey, cubriendo la huelga de los obreros de la fábrica de seda de esa ciudad. Es un auténtico bautizo de fuego, pues el reportero acaba golpeado, detenido y encarcelado. Apenas liberado, organiza una fiesta de solidaridad con los huelguistas en el Madison Square Garden para ayudarlos económicamente.

Con ese gesto inaugura su carrera reporteril dando deliberadamente la espalda al periodismo distanciado y objetivo. Sin dejar nunca de ser analítico, Reed es empático y apasionado. Escribe con la razón y el corazón.

En diciembre de ese año, la Metropolitan Magazine, revista política y literaria mensual de Nueva York, le pide seguir “la hazaña” de Pancho Villa y sus tropas. Carl Hovey, director de la publicación, confiesa que la serie de crónicas de su enviado especial a México rebasa todas sus expectativas. El éxito es inmediato.

México insurgente, recopilación de esas crónicas, ampliada con materiales inéditos, se publica en 1914 y convierte a su autor en estrella del periodismo estadunidense. Lo solicitan numerosos medios de prensa. Reed trabaja como loco y no tarda en ser uno de los reporteros mejor pagados del país.

Llega la Primera Guerra Mundial. Reed, al igual que sus compañeros de izquierda, la denuncia como “un vil conflicto de intereses capitalistas que sangra a los pueblos europeos”. Los reportajes que realiza para las revistas The Masses y Metropolitan Magazine en los frentes de guerra de Francia y Alemania en 1914 y luego en los de Rusia, Serbia, Rumania y Bulgaria en 1915, lo trastornan y consolidan sus convicciones antibelicistas.

Escribe el reportero en una crónica publicada en The Masses en marzo de 1915: “Podría llenar páginas y páginas con los horrores que esa Europa civilizada se está infligiendo a sí misma. Podría describirles la calles lúgubres, oscuras y silenciosas de París en las que cada diez metros uno se tropieza con ruinas humanas y hombres enloquecidos por lo que vivieron en las trincheras.

“Podría describirles ese gran hospital de Berlín lleno de soldados alemanes que se volvieron locos sólo con escuchar los alaridos de dolor de miles de rusos heridos ahogándose en los pantanos de Prusia Oriental después de la batalla de Tannenberg”.

Según Draper, es esa inmersión física en la carnicería de la Primera Guerra Mundial la que forja en forma definitiva la conciencia política socialista de John Reed.

Mientras más pasan los meses, más antibelicistas se tornan sus crónicas. Se molestan los jefes de redacción de los medios de prensa para los que escribe y las autoridades políticas del país empiezan a tenerlo en la mira.

A partir de 1916 Reed navega a contracorriente: Estados Unidos está a punto de involucrarse en el conflicto mundial y un viento de patriotismo exacerbado sacude a todo el país. El periodista ya no tiene casi dónde escribir y opta por apartarse de Nueva York.

Se casa con Louise Bryant, periodista tan comprometida como él, y la pareja se instala en Princetown, un pequeño puerto de Massachusetts, en el que vive una comunidad de artistas y escritores, entre quienes destaca Eugene O’Neill.

El ambiente intelectual es estimulante. Reed y Bryant escriben poesía y obras de teatro, pero no los suelta el virus del periodismo. Lincoln Steffens percibe su frustración y les aconseja viajar a Rusia, donde “están ocurriendo cosas fuera de lo común”.



El periodista John Reed y su esposa Louise Bryant. Periodismo militante. Foto: Especial

“REVOLUCIONARIO APASIONADO”

Amigos, colegas y “mecenas” juntan dinero para ayudarlos a costear su viaje. La pareja sale de Nueva York el 17 de agosto de 1917 y llega un mes más tarde a Petrogrado. La entonces capital rusa está en plena ebullición.

Muy pronto los dos reporteros se meten en todas partes. No hablan ruso, chapurrean francés, cuentan con pocos contactos, pero tienen una curiosidad insaciable y una mezcla de audacia e ingenuidad que acaba abriéndoles muchas puertas.

Enfatiza Bertram D. Wolfe, biógrafo estadunidense de Lenin, Stalin, Trotsky y Diego Rivera, en Extraños comunistas que conocí (1966):

“Reed se abrió paso en el Instituto Smolny donde los bolcheviques tenían su cuartel general, en la Duma –bastión de la democracia liberal–, en los soviets de obreros y en los de los soldados, en los soviets de los campesinos, en los cuarteles del ejército, en los mítines que se llevaban a cabo en las fábricas, en las marchas callejeras, en las cortes y las salas de conferencias, en la Asamblea Constituyente que los bolcheviques acabaron disolviendo, en el Palacio de Invierno que sólo defendían cadetes y un batallón femenino la noche del 24 al 25 de octubre cuando fue tomado por asalto por los mismos bolcheviques”.

Después de siete intensos meses en Rusia, Reed y Bryant regresan a Estados Unidos. Apenas llegado a Nueva York, el 28 de abril de 1918, Reed es detenido junto con la plana mayor de The Masses. Las autoridades judiciales consideran que las caricaturas y los artículos hostilmente antibelicistas publicados en la revista “socavan el esfuerzo nacional a favor de la guerra” y son “atentatorios a la ley de espionaje”. The Masses queda prohibida, pero no tarda en resucitar con el nombre de The Liberator.

Reed gana los dos juicios abiertos en su contra y batalla seis meses para recuperar el baúl que contiene todo su archivo sobre la Revolución Rusa confiscado por oficiales de aduanas el día de su regreso a Estados Unidos.

El periodista por fin puede sentarse a escribir Diez días que estremecieron al mundo, que publica en marzo de 1919 y presenta como el primer tomo de una trilogía sobre Rusia.

El libro causa conmoción, admiración y mucha polémica en Estados Unidos. Cuenta con dos prefacios elogiosos: uno breve de Lenin, que recomienda “su lectura a todos los obreros del mundo”; y otro, más largo y sutil, firmado por Nadezhda Krúpskaya, esposa y compañera de lucha del líder bolchevique.

Paralelamente a sus actividades periodísticas, Reed se lanza de lleno a la política. Junto con un grupo de camaradas intenta crear una corriente de izquierda radical inspirada por el bolchevismo en el seno del Partido Socialista de América. Es un fracaso. Los disidentes son expulsados y en septiembre de 1919 acaban creando el Partido Comunista de América.


Diez días que estremecieron al mundo, en la edición de Akal.

REGRESO A MOSCÚ

Un mes más tarde Reed emprende un nuevo viaje a Moscú con la intención de recolectar más datos y documentos para los dos tomos que le faltan sobre la Revolución Rusa, pero sobre todo para lograr el reconocimiento oficial de su partido. Por increíble que eso parezca, se ve obligado a salir clandestinamente de Estados Unidos y viajar con identificación falsa, pues su pasaporte sigue confiscado por las autoridades.

En marzo de 1920 intenta volver a Estados Unidos, ilegalmente también, pero es detenido en Finlandia, donde pasa tres meses encarcelado en condiciones muy duras. Sale en junio con la salud quebrantada. Las autoridades finlandesas, ferozmente anticomunistas, no lo autorizan a seguir su viaje a Estados Unidos y lo devuelven a Rusia.

El Segundo Congreso de la Internacional Socialista –que se lleva a cabo en Moscú del 19 de julio al 2 de agosto de ese año– es otra experiencia dolorosa para Reed, que intenta resistir el poder vertical que impone Lenin y la intransigencia de Gregori Zinoviev, presidente de la Internacional Comunista.

Ambos líderes abogan por una nueva estrategia para promover la revolución mundial: pactar en todos los países con los sindicatos establecidos para infiltrarlos y transformarlos desde adentro. Esa decisión indigna a Reed, que exige una discusión sobre el tema. Zinoviev prohíbe cualquier debate.

“Cuando Reed me vino a visitar después del Congreso, estaba hundido en la depresión. Se veía viejo y exhausto”, recuerda en su libro Mi vida de rebelde la famosa revolucionaria Angélica Balabanova, quien acaba tomando distancia de Lenin y deja Rusia en 1922.

A solicitud de Zinoviev y a regañadientes, Reed participa en el Primer Congreso de los Pueblos de Oriente, que se lleva a cabo en Bakú del 1 al 8 de septiembre. El viaje de regreso de Azerbaiyán es agotador y Reed es la sombra de sí mismo cuando llega a Moscú el 15 de septiembre.

Louise Bryant lo alcanza en la capital rusa y se queda impresionada por su estado físico.

Cuenta en una larga carta escrita a Max Eastman, director de la revista The Liberator: “Solamente pudimos pasar una semana juntos antes de su hospitalización. Me pareció envejecido y entristecido. Lo encontré extrañamente apagado y escéptico. Vestía harapos. Estaba tan impresionado por todos los sufrimientos que veía a su alrededor que no aceptaba nada para él. Eso me impactó y me sentí absolutamente incapaz de compartir el fervor al que había llegado”.

Presionado por su esposa, Reed acepta descansar un poco. Caminan en los parques, platican y recobran su infinita complicidad. Visitan a Lenin, Trotsky, Kamenev. Van inclusive a la ópera y descubren nuevas galerías de arte. De repente Reed se derrumba. Tiene que ser hospitalizado de emergencia. El diagnóstico es implacable: padece tifus.

“Es imposible describir los estragos del tifus: el paciente se va convirtiendo en nada ante los ojos de uno”, apunta Bryant.

El 17 de octubre de 1920 fallece John Reed, sólo cinco días antes de cumplir 33 años.

Bryant se desmaya durante sus funerales oficiales, celebrados en la Plaza Roja, a los que asisten Nicolás Bujarin y Alejandra Kolontai, ambos miembros del gobierno, en representación de Lenin, y sólo recobra el conocimiento cuando el ataúd baja a la tierra, al pie del Muro del Kremlin.

Otros dos ciudadanos estadunidenses comparten con Reed el honor de ser enterrados en esa necrópolis: Charles Emil Ruthenberg, líder de la corriente de izquierda del Partido Socialista de América, y William Dudley Haywood, Big Bill, líder del sindicato Trabajadores Industriales del Mundo.

Antes de dejar Moscú, Bryant acude sola, por última vez, a la tumba de Reed. Dos jóvenes soldados paran a su lado.

–¡Ese Reed era realmente un buen amigo! –comenta uno de ellos.

–Atravesó el mundo para estar con nosotros y, pues, fue uno de nosotros –agrega el otro.

Y luego se van.


(PROCESO/ ANNE MARIE MERGIER/ 24 OCTUBRE, 2017)

REVOLUCIÓN O “GOLPE”, JUICIO A 1917


La Revolución de Octubre de 1917, liderada por Lenin, se presentó en un primer momento como democrática, una secuela del hito francés de 1789. Pronto diversos historiadores cuestionaron esa tesis y argumentaron que, en realidad, fue un acoso callejero al gobierno provisional liderado por Alexander Kerensky. Surgió la pregunta: ¿Fue una revolución o se trató de un golpe de Estado?. El debate –que durante décadas polarizó lo mismo a políticos que a intelectuales e historiadores— se mantiene aún ahora, cuando ese hecho histórico cumple cien años.

Moscú.- En Rusia suele decirse que los liberales siempre fallan al país. Pero, como ocurrió en los primeros años de Boris Yeltsin, su potencial hace contener la respiración al mundo…

Durante unos meses en 1917, entre febrero y octubre, no hubo zar y tampoco dictadura del proletariado. Ése inclasificable periodo sigue entreteniendo a los historiadores: semilla de lo que no pudo ser o autopista hacia siete décadas de opresión.

La Revolución de Febrero se focalizó en Petrogrado (hoy San Petersburgo). Los miembros del Parlamento imperial asumieron el control del país, formando el gobierno provisional ruso, que tuvo que lidiar con los reveses militares sufridos durante la Primera Guerra Mundial: el ejército estaba al borde del motín total. Así se produjo lo que hoy se llama un período de poder dual: el gobierno provisional ruso tenía el poder del Estado, mientras que la red nacional de sóviets, liderados por los socialistas, y en particular el soviet de Petrogrado –el más importante y progresivamente bajo control de los bolcheviques–, aglutinaba a las clases bajas.

En la Revolución de Octubre (noviembre en el calendario gregoriano), el Partido Bolchevique, dirigido por Vladimir Ilich Uliánov, alias Lenin, y los trabajadores y soldados de Petrogrado, derrocaron al gobierno provisional.

La Revolución se presentó en un primer momento como democrática, una secuela del hito francés de 1789. Pronto diversos historiadores cuestionaron esa tesis y argumentaron que, en realidad, fue un acoso callejero al gobierno provisional liderado por Alexander Kerensky.

Surgieron las preguntas. ¿Fue una revolución inevitable? ¿Fue en realidad una revolución o un golpe de Estado?

El historiador británico Orlando Figes, en su libro La tragedia de un pueblo, señala al respecto que “el terror y la utopía estuvieron estrechamente ligados”.



Stalin, Lenin y Trotsky. La deriva del poder. Foto: State museum of political history of Russia

DEBATE

Lenin pasó casi todo el periodo revolucionario en el extranjero, refugiado en Suiza desde 1914. Regresó con ayuda de Alemania, que le dio medios para llevar a cabo una propaganda imparable, pues era la llave para sacar a Rusia de la guerra. Este concepto de “revolución impulsada desde fuera” es extremadamente impopular en la Rusia de Vladimir Putin, que en sus discursos ha criticado las “revoluciones de colores” (alzamientos ciudadanos en Ucrania, Georgia o Moldavia) como intervenciones orquestadas por Occidente para desequilibrar el área de influencia de Rusia.

Un punto crucial para la historiografía fue la apertura de archivos soviéticos en 1986. En los últimos años en Rusia el punto de vista sobre la revolución ha regresado a una óptica más condescendiente con el comunismo y con la figura de Stalin. Según una encuesta del Pew Center, en Rusia Stalin saca 36 puntos de ventaja a Gorbachov en cuanto a popularidad.

“Con el gobierno de Putin, la libertad de la investigación académica ha encontrado restricciones y hay evidencia de un resurgimiento de la glorificación de Stalin, en gran parte debido a su papel en la victoria sobre Hitler”, explica a Proceso la historiadora Nina Bogdan, autora de La desolación del exilio. “Aunque todavía hay puntos de vista divergentes sobre la historia de la revolución en Rusia, es difícil hoy en día discernir la magnitud de la autocensura”.

A nivel mundial los investigadores se han centrado más en la época estalinista. Es donde más novedades han encontrado. Entre ellas, el alcance de las represiones de 1937 y 1938.

Sobre las revoluciones de 1917, los investigadores se han enfocado recientemente en los aspectos relacionados con su influencia en otras áreas del mundo, así como en las repercusiones que tuvieron en las provincias del imperio ruso. También han estudiado el origen de la revolución, situándolo sobre todo en la catástrofe de la Primera Guerra Mundial y en algunos aspectos más concreto, como la actuación de las fuerzas de izquierda no bolcheviques durante el mes de octubre.

Rusia era un país esencialmente agrario a principios del siglo XX y uno de los cambios clave de la revolución fue la desaparición de la propiedad privada de las tierras, un proceso que Lenin no tuvo claro desde el principio y que esbozó de manera sólo genérica en sus Tesis de abril.

En realidad, las ocupaciones de tierra empezaron antes de que él llegase al poder, y el regreso del frente por parte de campesinos convertidos en soldados sólo inflamó más la violencia. Por eso el decreto de entrega de tierra de octubre abrió una vía legal a algo que ya estaba ocurriendo.

¿DE DÓNDE VIENE ESTE GIRO DE LA HISTORIA?

“La Revolución de 1917 se forjó con dos elementos: populismo histórico ruso, que viene de varios movimientos de la segunda mitad del siglo XIX, y el bolchevismo influido por las ideas marxistas sobre la revolución”, explica la politóloga Mira Milosevich, autora de Breve historia de la Revolución rusa, editado en 2017.

Hasta los años sesenta imperaba casi en solitario una sola visión: las posibilidades democráticas rusas truncadas por el golpe de Estado de Lenin. Pero en 1964 el historiador Leopold Haimson puso sobre la mesa el amplio descontento de la sociedad en el periodo previo a la Revolución: las agitaciones, la caída del zarismo y el posterior vuelco del gobierno provisional generaron fuerzas sociales imparables, y los bolcheviques fueron permeables a estos cambios.

La discusión quedó así establecida entre dos puntos de vista: el que señala que hubo una manipulación del pueblo por parte de Lenin y el que ve a los bolcheviques como un instrumento flexible que se adapta a una situación que se sale de control, en parte por culpa de los desastres de la Primera Guerra Mundial.

Robert Service, profesor de historia de Rusia y ciencias políticas en la Escuela de Estudios Eslavos y del Este Europeo de la Universidad de Londres, y autor de Historia de Rusia en el siglo XX, destaca que en la medida que la situación militar fuese peor para el gobierno provisional, mejoraba la situación política de los bolcheviques. La gangrena que descompuso al gobierno provisional fue el ansia agónica del pueblo por lograr la paz en una guerra que Lenin prometía acabar con el argumento de que ésta era “imperialista”. El Decreto sobre la Paz fue la primera decisión del nuevo gobierno soviético, el 26 de octubre de 1917.

Una opinión similar tiene el historiador español José María Faraldo, quien acaba de publicar La Revolución Rusa: Historia y Memoria:

“Hubo una verdadera revolución en el imperio ruso en febrero y un golpe de Estado o alzamiento en la capital en octubre. Pero también se puede considerar todo el periodo de convulsiones –de febrero de 1917 a la aprobación del primer plan quinquenal de 1929– como la Revolución Rusa en sentido amplio”, explica en entrevista con Proceso.

En el lenguaje de la época, los propios bolcheviques hablaban de un “alzamiento”: una minoría que se levanta en armas contra el gobierno y lo derroca. “Pero no hay que olvidar que había una serie de apoyos sociales y políticos a los bolcheviques que en un primer momento iban más allá de sus propias fuerzas y pueden hacernos considerar lo que sucedió después del golpe de octubre como una revolución”, recuerda Faraldo.

En ese camino hacia el poder fue muy oportuna la deslealtad del general Lavr Kornilov (conocido por el intento de golpe de Estado al gobierno provisional de Kerenski) ocurrido apenas un mes antes de la Revolución de Octubre. Los bolcheviques fueron convocados por el entonces gobierno provisional para defender la capital. Así se evitó el peligro del golpe militar, pero propició que los bolcheviques se enfilaran a la toma del poder desde una posición legal.



1917. Asamblea del Soviet de Petrogrado. Foto: Cortesía de la Embajada de la Federación Rusa

“TERROR ROJO”

Con frecuencia se presenta a Lenin como un teórico que llevó la revolución a la práctica y a Stalin como un dictador cruel.

–¿Se han juzgado con suficiente rigurosidad las acciones de Lenin durante la revolución y la guerra civil?, se le pregunta a Javier Redondo, ex director de la revista La aventura de la Historia

–Goza de cierta inmunidad porque es un teórico y se le evalúa como tal, aunque se le reconozca su audacia como hombre de acción, responde a Proceso.

“El sovietismo lo necesitaba, pero creo que ya hay suficientes elementos de juicio para evaluar que fue un tirano, un déspota y el ingeniero del terror”, afirma.

Faraldo no se aparta mucho de ese análisis: “Lenin, sin apropiarse del poder de una forma tan monolítica como Stalin y sin su carga de ‘ingeniería social’, fue un gobernante cruel, inmisericorde, que hizo uso sin reserva de la violencia”.

También es cierto, recuerda, “que no hay una simple continuidad entre el sistema de Stalin y la República Socialista fundada por Lenin: hubo siempre otras posibilidades y no sabemos qué habría pasado de no llegar Stalin al poder”

En el último mes de 1917 Lenin creó la Cheka, el embrión de lo que años después sería el KGB, la policía política de Stalin. Como ha denunciado Stephane Courtois en El libro negro del comunismo, la Cheka actuó siempre “de manera arbitraria e impune”. Sus primeras víctimas fueron, días después de su creación, “los revolucionarios que se manifestaron a favor de la Asamblea Constituyente”.

El ‘terror rojo’ empezó mucho antes de los años treinta, la década sobre la que más tinta se ha vertido denunciando los desmanes del aparato estatal. Lenin fue el que dijo: “Un buen comunista es un buen chekista”.

Son necesarios algunos matices, según los historiadores consultados. “Ciertamente Lenin era manipulador, pero creo que podría ser un rasgo compartido por los líderes en general”, añade Nina Bogdan. Su círculo inmediato consistía en personas que compartían sus puntos de vista, “pero en 1917, dada la falta de sofisticación política entre los campesinos, cuyo nivel de alfabetización era baja, lemas tales como pan, paz y tierra eran lo suficientemente simples para ganar la atención y el apoyo de las masas”.

Para algunos historiadores Stalin fue simplemente el mejor discípulo de Lenin. “Puso en práctica todas sus ideas. Creo que no se ha juzgado con suficiente rigor la figura y el papel de Lenin en la URSS y en la Rusia actual”, recuerda Milosevich.

Courtois también lanza la teoría de que los bolcheviques hicieron el ‘molde’ con el que se gestionaron no sólo los regímenes comunistas de Asia, Latinoamérica y África, sino también la feroz dictadura de Adolfo Hitler a partir de 1939.

La llegada de los bolcheviques al poder conllevó una guerra civil entre rojos y blancos (antivolcheviques) que no acabó hasta 1922. Courtois cree que no fue tanto “una guerra entre bolcheviques y contrarrevolucionarios” sino más bien “una guerra del partido estatal y el Estado contra la sociedad”, una conflagración “deseada por Lenin desde 1916” que causó la muerte de seis o siete millones de personas.

El libro negro del comunismo, escrito por investigadores europeos y editado por Stéphane Courtois, director de investigaciones del Centro Nacional de Investigación Científica (CNRS, por sus siglas en francés), aporta datos de víctimas a manos de esta ideología.

LA LISTA ES ABULTADA:

El fusilamiento de rehenes o presos sin juicio o el asesinato de campesinos rebeldes entre 1918 y 1922; la liquidación y deportación de los cosacos del Don en 1920; los campos de concentración del Gulag entre 1918 y 1930; las purga estalinistas de 1937 a 1938; la deportación de los kuláks (supuestos campesinos burgueses) de 1930 a 1932; la muerte de 6 millones de ucranianos en el Holodomor o la hambruna provocada de 1932-1933, la deportación de personas provenientes de Polonia, Ucrania, los países bálticos y Moldavia entre 1939 y 1941 y luego entre 1944 y 1945; la deportación de los tártaros de Crimea en 1943 o de los chechenos en 1944.

La factura en vidas ronda los 10 millones…



Revolución de Octubre. El juicio de la Historia. Foto: Internet Archive



(PROCESO/ XAVIER COLÁS /24 OCTUBRE 2017)

NOTICIAS DE LA OTRA REVOLUCIÓN


En 1917 –año en que Venustiano Carranza afianzaba su poder y el ejército constitucionalista vencía definitivamente a las fuerzas de Emiliano Zapata y Francisco Villa– los diarios mexicanos de la época informaban de los acontecimientos en el convulsionado imperio zarista y los yuxtaponían con los principales hechos nacionales. Tal despliegue no era gratuito: Rusia importaba no sólo porque una revolución la sacudía, sino también porque la victoria o derrota ante Alemania durante la Primera Guerra Mundial marcaría el devenir internacional. De hecho, de las cenizas de esa conflagración, Estados Unidos –el poderoso vecino de México—se posicionaría como la gran potencia del mundo.

“Anoche a las 12 en punto abdicó la corona de Rusia S.M Nicolás II, que ocupaba el trono desde el 20 de octubre de 1894. El Czar Nicolás no tan sólo abdicó la corona en su nombre sino también en el de su hijo el Czarevitch Alexis, por cuya salud se abriga muy serios temores. Cedió la corona a su hermano menor, el Gran Duque Miguel Alexandro.”

El extracto forma parte de la nota titulada “Vientos republicanos soplan sobre el imperio moscovita”, con la cual Excélsior consignó el 18 de marzo de 1917 la abdicación del zar Nicolás II.

Mediante “cables especiales” enviados por agencias internacionales, los diarios mexicanos informaban de los acontecimientos en el convulsionado imperio zarista y los yuxtaponían con los principales hechos nacionales. Tal despliegue no era gratuito: Rusia importaba no sólo porque una revolución la sacudía, sino también porque la victoria o derrota ante Alemania durante la Primera Guerra Mundial marcaría el devenir del mundo.


En el ámbito nacional, el jefe del Ejército constitucionalista Venustiano Carranza se afianzaba en el poder. Era el primer presidente respaldado por la Constitución y su ministro de Guerra y Marina, el general Álvaro Obregón, se daba a la tarea de liquidar los remanentes de las fuerzas de Emiliano Zapata y Francisco Villa.

Así, en marzo y abril de 2017 la prensa mexicana informó sobre las vicisitudes de las mermadas tropas zapatistas y villista, al tiempo que reportaba los acontecimientos que convulsionaban a Petrogrado.

El Pueblo, “diario de la mañana”, publicó el 11 de marzo de 1917 que las tropas de Emiliano Zapata “no contaban con ninguna existencia de parque, ni elementos pecuniarios para hacerse de él en alguna forma, por lo que debían procurar conservar hasta donde fuera posible la existencia de armas y municiones con las que contaba cada individuo, so pena de que el movimiento del sur fracase debidamente”.

Excélsior publicó el 27 de abril de ese año que “Francisco Villa y sus chusmas (aunque en ocasiones también se referían a ellos como bandoleros) que tanta guerra habían dado en el estado de Chihuahua, pronto quedarían reducidos a la impotencia, pues la banda del cabecilla se verá en breve reducida a menos de 100 hombres, según un informe del general Francisco Murguía en un parte que envió a la Secretaría de Guerra y Marina”

En relación con el imperio ruso, el diario Excélsior publicó el 20 de marzo de 1917 un cable de la agencia Reuter que dio cuenta de la sublevación de la guarnición de Tsarkoselo que, junto con los revolucionarios, se aprestaron a tomar el Palacio Imperial, lugar donde se encontraba la zarina y sus hijos.

El despacho destaca que, en un intento por salvar a sus hijos, la emperatriz increpó a los rebeldes diciéndoles: “Soldados de las Rusias en mí no miréis sino a una hermana de la caridad que vela junto al lecho de sus desdichados y afligidos hijos”. Afirma luego que la zarina logró conmover “el recio corazón de la soldadesca que se retiró sin llevar adelante sus propósitos de llegar hasta el lecho de los príncipes rusos”.

Excelsior también retomó cables que informan sobre la huelga de los obreros de Petrogrado como punto detonante de la revolución, la cual había traído a su vez una complicada situación para los integrantes de la familia real: la insurgencia los agarró enfermos.

“Los hijos del ex emperador Nicolás se encontraban todos atacados de sarampión, con excepción de la gran duquesa María,” informó Excélsior en su primera plana del 20 de marzo de 1917. Nicolás II –quien se encontraba prisionero en un palacio y estaba sujeto a las disposiciones del gobierno provisional– solicitó permiso para enviar a su hijo enfermo a Noruega. El nuevo gobierno aplazó su petición.

Ese mismo día Excélsior reportó que el gobierno provisional ordenó “la aprensión del general Ivanoff, antiguo comandante de las operaciones militares en Galicia y en Vohinia, acusado de estar “de acuerdo con la camarilla de Petrogrado” (bolcheviques) para que “no se activara la campaña contra Alemania”.



Carranza. Presidente constitucional. Foto: Archivo Casasola / Fototeca Nacional

DENOSTACIÓN

El 25 de marzo de 1917 Francisco Villa reorganizaba sus fuerzas con el fin de tomar Chihuahua. Sin embargo, la ciudad se encontraba reforzada por tropas que Carranza envío de Sonora, mientras que el general Murguía “defendía la ciudad por las alturas del sur y sobre todo el cerro de Santa Rosa, donde instaló su artillería.”

La situación por la que pasaban los villistas se veía compleja: “había que tomar Chihuahua para obtener municiones, pero no se podía tomar Chihuahua sin parque. Villa se encontraba atrapado en la paradoja y además con fuerzas inferiores a las de los defensores”, relata el escritor Paco Ignacio Taibo II en su libro Pancho Villa. Una biografía narrativa.

La campaña efectivamente salió mal para los revolucionarios y de ella informó Excélsior el 1 de abril de 1917. Cita el parte oficial enviado a la Secretaría de Guerra, el cual “da cuenta de que las pérdidas sufridas por los asaltantes que llegaron a seiscientas, entre muertos, heridos y prisioneros. Entre estos últimos se encontraba el cabecilla Miguel Saaveedra quien en unión de los otros capturados fue sumariamente ejecutado.”

Miguel Saavedra no era un simple “cabecilla”. Todo lo contrario. Fue un hombre cercano a Villa y llegó a ser capitán de artillería en las campañas desplegadas por la División del Norte.

El historiador Ricardo Pérez Montfort recuerda en el texto “Imágenes de zapatismo entre 1911 y 1913”, publicado en el libro Estudios sobre el zapatismo (INAH. 2000), que los diarios mexicanos denostaban tanto a villistas como a zapatistas. “En la prensa ilustrada, el zapatismo siempre fue retratado como el enemigo mayor y se referían una y otra vez a ellos como bandidos, mala hierba y hordas de criminales”, apunta.

Esa misma prensa otorgó un trato similar a los bolcheviques. Se refería a ellos como desestabilizadores, extremistas radicales y anarquistas.

Un ejemplo: el 9 de diciembre de 1917 el semanario Revista de Revistas señaló que la labor de los bolcheviques era “netamente disolvente y sus procedimientos de los más reprobables, pues habían emprendido una obra catequizadora en el seno de las masas populares campesinas cuya propaganda no era otra cosa, sino el de un envenenamiento a las masas, pues se las incitaba a atacar a las clases burguesas en general.”

La Guerra Europea, revista ilustrada especializada en información sobre el desarrollo de la Primera Guerra Mundial, publicó el 23 de marzo de 1917 una fotografía en la se aprecia a muchas personas que corren en diferentes direcciones a lo largo de una amplia avenida de Petrogrado. En el pie de foto se lee: “una multitud huyendo para librarse del fuego de las ametralladoras de los leninistas, los cuales disparaban sin piedad, causando entre los pacíficos transeúntes numerosas e inocentes víctimas”. Para esta publicación, la fotografía era “un acta de acusación terrible contra los partidarios del traidor de Lenin”.



1914. Zapata y Villa en Palacio Nacional. Foto: Archivo Casasola / Fototeca Nacional

LA REVOLUCIÓN DE LOS “MAXIMALISTAS”

La revolución bolchevique triunfó cuando las milicias rebeldes y los guardias rojos tomaron el Palacio de Invierno. En el calendario juliano –que Rusia aún utilizaba en 1917–, ello ocurrió en la madrugada del 25 de octubre. En el calendario gregoriano –que ya utilizaba el resto del mundo–, dicha evento se registró el 6 de noviembre.

Fue hasta el viernes 9 de noviembre que Excélsior publicó en su primera plana la nota titulada “Kerensky depuesto por el grupo radical”. Se trató de un cable de la agencia AP que confirmó “la sensacional noticia de que en la ciudad de Petrogrado había estallado un movimiento contra el gobierno presidido por el primer ministro, Alejandro Feodorovitch Kerensky, y que el movimiento en cuestión había asumido la forma de un golpe de Estado por parte de los maximalistas”, éste último término que se utilizaba para referirse a los “radicales”.

La misma nota informó que “los maximalistas habían contado con el apoyo de las tropas de la guarnición que se encontraban en Petrogrado y con ello hacer posible la consumación del golpe de Estado sin que ocurriera derramamiento de sangre en las calles de la capital”.

Al respecto el presidente del Comité Central Ejecutivo del Consejo de Delegados de los Obreros y Soldados moscovitas, León Trotsky, expidió una declaración en la que anunció el cambio del régimen argumentando que “el gobierno provisional que presidía Kerensky había dejado de existir, añadiendo que algunos de los ministros que formaba el gabinete encargado de regir los destinos del país habían sido aprehendidos, en vista de la oposición que no cesaron de efectuar”.

Ese mismo 9 de noviembre Excélsior publicó algunas de las resoluciones tomadas por el Congreso de Delegados de los Obreros y Soldados de Rusia al que asistieron alrededor de 570 representantes de diversas partes del país.

En la información recabada nuevamente por la agencia AP destaca los tres puntos abordados en la orden del día. En el primero de ellos, apuntó: “Se llegó a elección de los principales funcionarios públicos, agrupando a catorce maximalistas, entre los que figuraron Skobeleff, Nikolai Lenine y León Trotzky. Además, siete socialistas revolucionarios, los cuales nombraron una delegación encargada de iniciar negociaciones de paz con otras organizaciones revolucionarias o democráticas, a fin de poner alto al derramamiento de sangre.”

La convención terminó con un discurso de Vladímir Ilich Lenin, en el que afirmó: “A partir de ahora tenemos una verdadera revolución, pues los campesinos y los obreros controlan el gobierno. Este tendrá que ser también el paso preliminar para cualquier movimiento de carácter revolucionario que pueda iniciarse en lo futuro en cualquier parte del mundo”.



Guardias rojos frente al Instituto Smolny. Foto: Cortesía de la Embajada de la Federación Rusa


(PROCESO/ J. RAÚL PÉREZ/ 24 OCTUBRE, 2017)

UN DÍA DE FURIA EN EL PARAÍSO DE LA COCA

El municipio colombiano de Tumaco, el lugar del mundo donde se produce más cocaína, fue escenario de una matanza de campesinos el pasado jueves 5, cuando la fuerza pública disparó contra los cultivadores de hoja de coca que se oponían a la erradicación forzada de su medio de sustento. Los cocaleros de la zona se han ido sumando a un programa voluntario de sustitución de cultivos… pero ese día las cosas se salieron de control. Según las autoridades, detrás de todo están las mafias que se enriquecen con la producción de la droga y habrían sido quienes provocaron la masacre.

BOGOTÁ (Proceso).- El jueves 5 todo salió mal en el remoto caserío El Tandil, del municipio de Tumaco, el lugar del mundo donde más cocaína se produce.

Ese día, muy temprano, unos mil 500 campesinos formaron una barrera para impedir que los policías y soldados, enviados cuatro días antes, cumplieran su tarea: erradicar por la fuerza los plantíos de hoja de coca.

La llegada de los uniformados, quienes se instalaron en un campamento a orillas del río La Hondita, generó gran malestar entre las comunidades indígenas, negras y mestizas que habitan la zona, pues la siembra de hoja de coca es su única fuente de ingresos.

Para esos campesinos, la mejor opción es acogerse al programa de sustitución voluntaria de cultivos ilícitos, que desarrolla el gobierno colombiano como parte de los acuerdos de paz con la exguerrilla de las FARC y el cual prevé un financiamiento de 12 mil dólares por familia en un plazo de dos años.

Pero muchas familias cocaleras no han sido admitidas en el programa por irregularidades en la tenencia de la tierra o porque, según el gobierno, tienen cultivos “industriales” de hoja de coca, como se denomina a los que ocupan extensiones de más de 3.8 hectáreas.

Y como el gobierno colombiano tiene encima la presión de Washington para reducir los cultivos ilícitos, de manera paralela a la sustitución voluntaria –que no produce resultados inmediatos– aplica un programa de erradicación forzosa que, por su naturaleza represiva, causa un gran malestar en las comunidades y en los grupos criminales que se benefician del negocio de la cocaína. Entre estos figuran los cárteles mexicanos de la droga.

El gobierno asegura que sólo está erradicando por la fuerza los cultivos “industriales”, detrás de los cuales hay bandas de narcotraficantes. Pero abundan los testimonios de campesinos con pequeños cultivos que indican que, incluso después de haberse acogido al plan de sustitución voluntaria, llegan tropas de la policía y el Ejército a destruir sus plantíos.

A El Tandil habían llegado el domingo 1 unos 200 efectivos, entre policías antinarcóticos, policías antimotines y soldados. El martes 3, unos 65 guardias indígenas de la etnia awá se presentaron en el campamento de los uniformados para explicarles que no podían estar allí, porque esas son tierras de un resguardo indígena en el que no se admite fuerza pública.

“La respuesta fue una agresión a los guardias indígenas con gases lacrimógenos, bombas de aturdimiento y balas de fusil. Dos compañeros resultaron heridos”, dice a Proceso el dirigente de la Organización Nacional Indígena de Colombia, Óscar Montero.

La mañana del miércoles 4, una pequeña comisión de indígenas awá volvió al campamento de la fuerza pública y un oficial, que no se identificó, les reiteró que no se irían del sitio y que iban a cumplir la orden de erradicar manualmente en la zona unas 3 mil hectáreas de plantíos de hoja de coca, la mitad de las que están cultivadas en ese sector.

“Los guardias awá le dijeron al oficial que se fueran porque eso es un territorio protegido. Le mostraron un mapa oficial, le dijeron que la comunidad estaba muy inquieta y que todos se querían acoger al programa de sustitución voluntaria, pero no lo pudieron hacer entrar en razón”, relata Montero.

Campesinos de la Asociación de Juntas de Acción Comunal de los Ríos Mira, Nulpe y Mataje también les pidieron a los uniformados que suspendieran el operativo, para dialogar con el gobierno.

“Pero no nos hicieron caso y querían seguir erradicando. Aquí no defendemos los cultivos ilícitos, sino nuestro derecho a subsistir, y la mata de coca es lo único que tenemos”, dice a este semanario un campesino cocalero identificado como Wilmer.

Desde las 06:00 horas del jueves 5, campesinos procedentes de varias veredas (caseríos) se congregaron en El Tandil para montar un cerco en torno a los cultivos de hoja de coca que serían destruidos manualmente por soldados y policías. El ambiente ya era muy tirante.

Un reporte de la Fundación Paz y Reconciliación, que envió investigadores al lugar, asegura que algunos campesinos participaban en la protesta “de forma voluntaria y, otros, forzados por el grupo de seguridad privada de narcotraficantes mexicanos al mando de Cachi (alias del exguerrillero de las FARC Jefferson Chávez Toro)”.

A las 09:30 horas, unos 300 campesinos se acercaron al campamento de la fuerza pública. Unos 110 policías antinarcóticos, con los fusiles al hombro, salieron a su encuentro. Los soldados y la unidad antidisturbios se mantuvieron en la retaguardia. Un capitán de la policía tomó la palabra.

“Parecía que estábamos dialogando. El capitán nos dijo que íbamos a instalar una mesa de diálogo –recuerda Wilmer–, pero eso fue subiendo de tono y hubo gritos, porque ellos decían que tenían que erradicar y nosotros que no… Y entonces no sé qué pasó, pero uno de los (policías) antinarcóticos disparó, y luego siguieron ráfagas y más ráfagas.”

Durante unos segundos el campesino pensó que eran disparos al aire, pero cuando vio que a unos metros de él algunos de sus compañeros comenzaron a caer supo que los tiros eran contra ellos.

“Yo corrí entre los árboles, no sé cuánto, hacia abajo, hasta que tropecé con algo y me caí. Cuando vi atrás, había tres compañeros tirados. Pensé en si estarían muertos o heridos. Ahí me quedé un momento largo, en el suelo, hasta que pensé que habían dejado de echar bala”, recuerda Wilmer.

Pero luego de un momento, los disparos siguieron. Algunos campesinos gritaban “paren, paren, que hay civiles heridos”. A Wilmer le pareció que la balacera se prolongó varios minutos.

A las 10:00 horas de ese jueves 5, en ese sector de la vereda El Tandil del municipio de Tumaco había unos 35 campesinos, entre muertos y heridos.

El ataque dejó de inmediato seis muertos y un campesino más falleció el jueves 12 en el hospital de Tumaco al que fue llevado. Pero la cifra total no se ha precisado porque, según denuncias de los cocaleros, hay cadáveres que no han sido hallados. Los heridos fueron 21.

“LOS MEXICANOS”

Según un comunicado del Ministerio de Defensa, la muerte de los campesinos ocurrió cuando disidentes de la exguerrilla de las FARC, hoy dedicados al narcotráfico, lanzaron artefactos explosivos “contra los integrantes de la Fuerza Pública y contra la multitud que se encontraba en el lugar, y luego atacaron con fuego indiscriminado de fusiles y ametralladoras a los manifestantes y a las autoridades”.

El gobierno asegura que los disidentes están encabezados por Walter Patricio Artizala, Guacho, y Jefferson Chávez Toro, el Cachi, exguerrilleros del desaparecido Frente Daniel Aldana de las FARC. El segundo comanda un grupo armado que se hace llamar Los Mexicanos, por sus estrechas relaciones con los cárteles de la droga de México. Su zona de operación es donde ocurrieron los hechos del jueves 5.

Pero la abundancia de testimonios de los campesinos, que señalan como autores de los disparos a los policías, y la ausencia de huellas de explosiones en el lugar, desacreditaron muy pronto ante la opinión pública la versión oficial.

Luego, una misión de la Defensoría del Pueblo (el ómbudsman colombiano) visitó Tumaco y reportó que, según todos los testimonios, los manifestantes “fueron atacados con arma de fuego por miembros de la policía antinarcóticos”.

Además, los testigos señalaron a los enviados de la Defensoría que en el momento de los hechos “no hubo intervención de grupos armados ilegales (como) disidencias de las FARC ni tampoco se registró el lanzamiento o activación de cilindros bomba o ‘tatucos’ (explosivos artesanales), contrario a lo informado por las autoridades”.

Y la autopsia a seis de los cuerpos determinó que todos fallecieron por lesiones de proyectiles de alta velocidad, es decir, de fusil, mientras que el informe de balística indica que el calibre de la munición es 5.56, el mismo que usan las armas largas de los agentes antinarcóticos.

Otro dato revelador es que ninguno de los policías resultó herido ni por proyectiles de arma de fuego ni por esquirlas.

La policía mantiene la versión de que sus agentes fueron atacados por grupos criminales infiltrados en la manifestación cocalera, pero suspendió a cuatro integrantes de la institución “que presuntamente accionaron sus armas de fuego” contra los campesinos.

La investigación no ha estado exenta de tropiezos. Tres días después de la matanza, una misión humanitaria con personal de la ONU, la OEA, la Diócesis de Tumaco y varias ONG fue atacada por la policía en El Tandil con cuatro bombas de aturdimiento, gas lacrimógeno y disparos al aire.

La misión intentaba llegar a la parte trasera del campamento de los policías, donde según varios testimonios estaba el cadáver de un indígena muerto en el ataque.

“La comunidad piensa que si recibieron a balazos a una comisión internacional y oficial, es porque los policías estaban dispuestos a pagar un alto costo por ocultar algo. La gente dice que allí puede haber muchos más cadáveres”, afirma la dirigente de la ONG Minga, Sonia Cifuentes, quien formaba parte de la misión humanitaria atacada.

Pobladores del sector cercano al campamento de la policía reportaron que, antes de retirarse de la zona, los 112 agentes antinarcóticos que estaban allí, les impidieron ingresar a sus casas durante tres días. Al menos una de las viviendas fue saqueada, y en otras sus habitantes reportaron robo de leña.

En pocas horas se esparció por toda la vereda el rumor de que en las tres noches que siguieron a la tragedia se veían grandes fogatas y se percibía en el aire un “olor a carne”.

SE VEÍA VENIR

Tumaco, donde según la ONU había sembradas 23 mil 148 hectáreas de hoja de coca en 2016, con una capacidad de producción de unas 137 toneladas de cocaína al año, es el municipio del mundo donde más se produce esa droga. También es una de las poblaciones más pobres y violentas de Colombia y un centro estratégico del narcotráfico internacional.

Ese municipio y puerto colombiano del Pacífico, en la frontera con Ecuador, ofrece condiciones excepcionales a las mafias de la droga. En su territorio de 3 mil 601 kilómetros cuadrados, mayoritariamente rurales y selváticos, no se concentran los más extensos cultivos de hoja de coca de Colombia, sino cientos de laboratorios para procesar pasta base y de clorhidrato de cocaína.

Bajo la espesura verde hay varios ríos por donde se saca la droga en pequeñas lanchas hacia el Pacífico. Ya en alta mar, se carga en semisumergibles y en enormes lanchas rápidas para ser transportada a Centroamérica y México.

Desde abril pasado, las protestas contra la erradicación forzosa de cultivos ilícitos mantienen en alta tensión a Tumaco. Ese mes, campesinos cocaleros retuvieron a 11 policías más de 24 horas y les robaron los fusiles; además un joven agente fue asesinado con arma de fuego.

El general José Ángel Mendoza, director antidrogas de la Policía Nacional, afirma que detrás de las protestas hay mafias del narcotráfico que pagan o presionan a los campesinos para enfrentar a los uniformados.

Los campesinos están entre dos fuegos. Las bandas criminales demandan pasta base de hoja de coca para procesar cocaína y la fuerza pública tiene órdenes de intensificar la erradicación forzosa de los cultivos ilícitos.

En medio de esas tensiones, el pasado martes 17, sólo 12 días después de la masacre en El Tandil, fue asesinado el líder social Jairo Cortés, integrante de la Junta de Gobierno del Consejo Comunitario del Alto Mira y Frontera, una organización que posee parte de los terrenos donde ocurrió el ataque a los campesinos cocaleros.

El vicario de la Diócesis de Tumaco, Arnulfo Mina, recuerda que desde hace medio año advirtió al gobierno central que, si no intervenía en forma urgente para hacer frente a la compleja problemática de violencia, desempleo –ocho de cada 10 jóvenes carecen de trabajo formal– y pobreza, que llega al 83%, “aquí iba a haber un estallido”.

Y por desgracia, dice el sacerdote católico, “ya estamos viendo esa explosión”.

Con la masacre de campesinos y el asesinato del líder social Jairo Cortés, el número de muertes violentas en Tumaco llegó a 139 en el transcurso de este año, 37 más que todo 2016. La tasa de homicidios en ese municipio es de 65 por cada 100 mil habitantes, casi tres veces más que el promedio nacional.

Las FARC eran el grupo armado dominante en la región hasta que esa exguerrilla firmó los acuerdos de paz en noviembre pasado. Tras su salida del territorio, se desató una dura disputa entre bandas como el Clan del Golfo, las Guerrillas Unidas del Pacífico, Renacer, Los Mexicanos y el insurgente ELN.

De acuerdo con el subdirector de la Fundación Paz y Reconciliación, Ariel Ávila, lo que hay en Tumaco es una “anarquía criminal” y muchas tensiones entre la fuerza pública y las comunidades que se oponen a la erradicación forzosa de cultivos ilícitos.

“Y en esa lucha –afirma el politólogo–, los cárteles mexicanos, que son los que tienen una especie de monopolio en la compra de pasta base y de clorhidrato de cocaína, están generando arreglos para que esa disputa no afecte el mercado.”

Este reportaje se publicó el 22 de octubre de 2017 en la edición 2138 de la revista Proceso.


(PROCESO/ REPORTAJE ESPECIAL/ RAFAEL CRODA/29 OCTUBRE, 2017)