viernes, 10 de marzo de 2017

LA PARADOJA DEL PEJE (Y II)

La ola sobre la cual avanza Andrés Manuel López Obrador para ubicarse, a 16 meses de la elección presidencial, como finalista de la contienda, está empujada por el contraste y la necesidad existencial de venganza. Estudios de opinión privados muestran que la mitad de los mexicanos emitirían su voto por quien esté en el mayor punto de alejamiento del presidente Enrique Peña Nieto y todo lo que represente. Sin rival enfrente, López Obrador ocupa ese sitio. Si los mexicanos reprueban las reformas peñistas, López Obrador es quien encabeza la contrarreforma. Si la corrupción mancha al régimen, López Obrador es quien ofrece destruirlo para ir al renacimiento moral. Si lo institucional tiene una carga negativa, lo antisistémico de López Obrador es la receta. El contraste de sus adversarios opaca sus contradicciones y, hasta este momento también lo protege.

Donald Trump, a quien López Obrador critica regularmente, pero se ven en el espejo su nacionalismo y proteccionismo, su espíritu insular y su conexión con las masas, decía en los albores de su candidatura que estaba tan blindado ante la opinión pública, que podía dispararle a un tipo en la siempre concurrida 5ª Avenida de Nueva York y no pasarle absolutamente nada. Con López Obrador sucede lo mismo. Lo han atacado tanto por tantas cosas durante las dos últimas décadas, que parece inmune a las críticas. Los dos se forraron con el mismo teflón, que en las últimas semanas se le ha caído a Trump porque ya no pudo dar la vuelta a sus contradicciones. La experiencia que vive su fortuito par debe verla López Obrador para corregir, ahora que es tiempo.

López Obrador vive contrasentidos poco conocidos. Por ejemplo, su conservadurismo cristiano, que lo lleva a maltratar a colaboradoras por el hecho de ser divorciadas o madres solteras. El gran símbolo de la izquierda está más identificado, en materia social, con la ideología panista. Este es uno de los aspectos menos públicos de López Obrador, quien no tiene duda en negar declaraciones o acciones que en contexto diferente al que las haya dicho, se le echan en cara. Uno de los momentos más claros de esto se dio durante la campaña presidencial en 2012, cuando en la casa de un empresario de medios, un líder industrial regiomontano le preguntó por qué les hablaba bien de la educación privada, cuando poco antes, en una entrevista de prensa en Monterrey, había flagelado a las universidades de “los pirruris”. Lo negó, y dijo que era como si fuera al Cerro del Tepeyac a criticar a la Virgen de Guadalupe. El empresario le entregó la grabación de la entrevista, y aun así, rebatió, como lo hacía Fidel Velázquez, el sempiterno líder obrero, que no había dicho lo que había dicho.

Pero lo que mejor refleja sus contradicciones es Alfonso Romo, quien está coordinando su equipo de trabajo y se ha convertido en su principal vocero. Romo, empresario regiomontano, ha dado varias entrevistas donde ha mentido. No salió de Visa –que se convirtió en FEMSA– porque sus posiciones eran incómodas, como dice, sino porque apoyaba al candidato presidencial Vicente Fox en la recaudación de fondos, una actividad política prohibida por los estatutos. Tampoco fue el creador del concepto de Oxxo, como asegura, ni tiene una buena relación con el llamado aún Grupo Monterrey. De hecho, es despreciado por ellos porque después de haber construido negocios con el dinero de su suegro, Alejandro Garza Lagüera, los quebró, y cuando lo confrontó su familia política, quiso meterlo a la cárcel y a dos de sus cuñadas, a quienes les había comprado acciones de una de las empresas en 275 millones de dólares, no se las pagó hasta cuando, destruida también esa compañía, le dio 4 millones de dólares, que costaban en ese momento las acciones adquiridas. Para alguien como López Obrador que se ufana de integridad, Romo está en las antípodas. En materia programática, uno de los ejes del precandidato presidencial es combatir sin piedad los transgénicos, donde Romo ha sido uno de sus principales promotores.

López Obrador ha aprendido muchas lecciones en los procesos de 2006 y 2012, pero donde aún cojea es en el de la transparencia. Su discurso es principista, ético y lleno de valores compartidos por todos, como el que pronunció este lunes en Phoenix, Arizona, con citas de objetores morales, en forma de poesía y de motivación nacionalista sobre el deber ser. Pero tiene que caminar hacia la eliminación de la opacidad, porque la oscuridad que está aún escondida por la luminosidad de la esperanza que representa para muchos, va a aparecer sin lugar a dudas. Ya lo está sintiendo López Obrador en los recientes ataques del Gobernador de Veracruz, Miguel Ángel Yunes. Ya apuntó al presidente Enrique Peña Nieto, al expresidente Felipe Calderón, a su esposa la precandidata Margarita Zavala y a los presidentes del PRI y del PAN, como instigadores de críticas en su contra.

Le tienen miedo y por eso lo atacan, dice López Obrador. Es cierto. Así es la dialéctica de la competencia. Sería un error que cayera una vez más en la soberbia y que no los atajara, porque sus debilidades y contradicciones van a ser explotadas en un electorado que se aprecia más sensible y volátil que en el pasado. Dice que la tercera es la vencida. Puede ser, pero tiene que limpiar de fantasmas el clóset.


(ZOCALO/ ESTRICTAMENTE PERSONAL/ RAYMUNDO RIVA PALACIO/ 10 DE MARZO 2017)

LA PARADOJA DEL PEJE (I)

En cada campaña presidencial, Andrés Manuel López Obrador tiene una curva de aprendizaje. El político primitivo, pero carismático, que ganó la Jefatura de Gobierno del entonces Distrito Federal en 2000, se convirtió en un líder popular que emergió como el líder insustituible de la izquierda social, cuya visión corta lo llevó a crear una estructura electoral paralela al PRD en 2006 que acompañó a su soberbia durante la campaña presidencial, y al final su derrota. En 2012 ya no utilizó las frases peyorativas que 6 años antes le quitaron puntos y aprendió que la política moderna obliga a participar de ejercicios democráticos, sin festejar antes de tiempo, junto con un cambio de tono en el discurso que le redituó grande, hasta que se enconchó sin responder nada convincente cuando le preguntaban si, en caso de perder, aceptaría la derrota. En 2018, lo que se ve en el revigorizado López Obrador, es un político más maduro que ha cambiado la semántica y los decibeles. Los resultados son asombrosos.

Un estudio lingüístico de López Obrador, realizado por linguakit.com, muestra cómo, sin alterar su visión de país y los objetivos políticos, económicos y sociales que ha mantenido por más de dos generaciones, el mensaje del político ha evolucionado significativamente. En 2005, el año en que el Gobierno de Vicente Fox logró su desafuero y a punto estuvo de meterlo en la cárcel –por un delito menor de carácter administrativo–, su palabra más utilizada en los discursos era “mala leche”. Expresiones que utilizó en ese entonces como “golpe artero” o “actos autoritarios” entraron bien en su clientela incondicional y en algunos sectores de clases medias, pero comenzaron a mostrar una cara autoritaria, tan ominosa como lo que criticaba, además de intolerante y belicosa.

El discurso teológico de López Obrador, cuya visión del mundo no tenía grises y todo era ricos o pobres, buenos o malos, penetró poderosamente en la psique religiosa mexicana, y se ha mantenido fuerte por la consistencia del mensaje y la congruencia de sus ideas. Pero la parte beligerante, o actitudes de desprecio más asociadas al PRI que tanto criticaba –como el no querer debatir porque su ventaja en las encuestas era amplia–, y la forma como se expresaba peyorativamente de sus adversarios y buscaba ridiculizarlos, alienó a sectores con capacidad económica que se sumaron, con aportaciones financieras, a sus adversarios en las urnas. En las elecciones de 2012 mejoró notoriamente su mensaje y tono, pero se mantuvo ideológicamente en el maniqueísmo que volvió a hacerlo caer en la trampa del silencio cuando un mes antes de la elección no supo contestar si reconocería la derrota en caso de perder en las urnas.

En 2017, su discurso ha cambiado por completo. Ya tiene grises, donde no todos los ricos son malos, ni todos los políticos tienen que irse al diablo. Es más incluyente y se muestra tolerante. La belicosidad, cuando menos hasta ahora, se ha acotado a las arengas políticas cuando el caso lo merece, sin que haya asustado a muchos, como otrora, sino persuadido de que el López Obrador que ven ahora ha renacido. Si se cualifican las frases de López Obrador en dos discursos clave, se puede ver que en 2005, cuando se pronunció contra el desafuero, el 57% de las que utilizó tenían una connotación negativa, contra 35% que las tenían positivas y 8% neutras. Para 2017, el mensaje más importante fue el que dio ante mexicanos en Los Ángeles, donde el 49% fueron positivas, contra 29% negativas y 22% neutras.

El análisis lingüístico de linguakit.com soporta el cambio de mensaje, sin alterar el fondo. La “mala fe” quedó suplantada por un discurso donde ha hablado mayoritariamente de los derechos, a los que incluye otras palabras que sobresalen en su retórica, como los valores cívicos y la fraternidad. Ha dejado de ser incendiario y apela a valores comunes, no únicamente a los de él o sus incondicionales, sino a los de todos. Dejó de ser excluyente para volverse incluyente.

El impacto en la opinión pública ha sido notable en lo que va del año.

De acuerdo con una medición de Social Metric, en la primera semana de enero, en la vorágine de descontento por el gasolinazo, las menciones de López Obrador, que fue cauteloso y legalista en todas sus frases, alcanzaron casi las 13 mil. Para el 16 de enero, sus menciones tocaban las 15 mil, una cifra que se repitió en la última semana de enero, y que fue superada en la primera quincena de febrero, donde en sólo un día, el 13 de febrero, al día siguiente del discurso en Los Ángeles, alcanzó las 18 mil.

La forma como se expresa López Obrador le ha permitido ir ganando conciencias, aun en sectores que antes lo repudiaban, sobre todo en la clase empresarial, y también le ha granjeado un mayor número de espacios en los medios de comunicación, en especial los electrónicos, donde anteriormente estaba muy acotado. Él también ha ido ganando espacios, gracias a comenzar a aceptar entrevistas en medios a los cuales tenía vetados por ser altamente críticos de él.

Esta estrategia rinde resultados inmediatos y se ha visto con claridad en las últimas semanas. Falta mucho para la elección presidencial, pero no tanto en cuanto a cómo despliega su precampaña y su campaña. Lo que ha hecho lo beneficia de una manera tan clara que, hasta este momento, ha ocultado que Andrés Manuel López Obrador, en cuanto a visión de país y programa, sigue siendo el mismo de 2000, 2006 y 2012.


(ZOCALO/ ESTRICTAMENTE PERSONAL/ RAYMUNDO RIVA PALACIO/ 09 DE MARZO 2017)

PLEITO EN ATLACOMULCO

Las buenas noticias que recibió Alfredo del Mazo con la última encuesta de preferencia electoral en el Estado de México publicada el lunes en El Financiero, no han llevado la paz a su cuarto de guerra. Aunque figuró ligeramente arriba de la candidata del PAN, Josefina Vázquez Mota, y con una amplia ventaja sobre la abanderada de Morena, Delfina Gómez, en su “cuarto de guerra” hay una pugna entre dos bandos, ambos cobijados por el presidente Enrique Peña Nieto, por el control estratégico de la campaña de Del Mazo para gobernador, su mensaje, imagen y los spots.

El choque reedita el conflicto que se dio en la campaña presidencial de 2012 entre el estratega en jefe del candidato Peña Nieto, Luis Videgaray, y el responsable de imagen, Alejandro Quintero, donde al final se impuso el actual secretario de Relaciones Exteriores. En este nuevo conflicto, Quintero ha sumado a sus objetivos a Aurelio Nuño, el secretario de Educación, a quien el Presidente le encargó el proceso electoral mexiquense, a quien critica que sus acciones mantienen empantanadas las preferencias electorales de Del Mazo, lo cual sólo podría presagiar la derrota.

La campaña para la Gubernatura en el Estado de México sólo es un pretexto para la confrontación entre dos de las personas en las que más confía Peña Nieto. En las elecciones presidenciales, Videgaray se enfrentó a Quintero y al encuestador de cabecera de Peña Nieto, Liébano Sáenz, quienes tuvieron como apoyo inopinado a Miguel Ángel Osorio Chong, quien se encargaba de tejer las alianzas políticas nacionales del candidato. Quintero presumía de haber construido a Peña Nieto como gobernador y haberlo hecho presidente.

Videgaray no compraba la historia pública que contaba Quintero y reclamaba con frecuencia a Sáenz sobre los datos de su encuesta presidencial. Sáenz siempre defendió sus datos y luego de las elecciones afirmaba que sí había registrado las tendencias de voto a favor de Andrés Manuel López Obrador, que se acercó peligrosamente al priista por 3 puntos, pero que no quería creerlas el coordinador de la campaña.

El desenlace en aquél momento reflejó una derrota interna de Quintero y Sáenz, vista sobre todo en este último caso, quien fue bloqueado por Videgaray para ocupar algún puesto en el nuevo gobierno de Peña Nieto. Quintero regresó a Televisa, su alma mater en materia de mercadotecnia política, de donde salió en malos términos en diciembre de 2014.

El publicista, un hombre multimillonario que no necesitaba trabajar, fue llamado en abril del año pasado por el presidente Peña Nieto, que estaba por mejorar su imagen y comunicación política. Aunque no lo ha hecho bien, como se argumentó recientemente en este espacio (entró cuando Peña Nieto tenía una aprobación de 32%, y una desaprobación de 62%, contra 12% y 86%, respectivamente, en la última medición pública en enero), Quintero mantiene una fuerte influencia. Tanta, a decir de él, que se ufana de haber sido él quien empujó realmente la salida de Videgaray de la Secretaría de Hacienda, tras el escándalo por la visita de Donald Trump a Los Pinos en agosto.

Videgaray se quedó sin cartera hasta enero pasado, pero no sin encomienda. Entre los dos encargos de Peña Nieto, revisar el proceso electoral en el Estado de México era la prioridad presidencial. Junto con él, designó a Nuño y como subalterna a la secretaria de Desarrollo Urbano, Rosario Robles, para hacerse cargo directamente del Estado de México y facilitar al gobernador Eruviel Ávila, al PRI y al candidato, todo lo necesario para la campaña. Los cambios en el partido y la imposición de voceros y operadores de medios fueron sus primeras acciones.

Quintero ordenó, por su parte, trasladar gastos de publicidad federal a medios en el Estado de México, pero su interés es tener un mayor papel en la campaña. Desde hace aproximadamente un mes, pidió que le dieran la responsabilidad de la estrategia, el mensaje, discurso e imagen de Del Mazo, con el argumento que los responsables de ello en la Ciudad de México no estaban haciendo bien su tarea. Existe una fuerte preocupación de que Del Mazo pueda perder la elección, más allá de cualquier cosa, que es una alarma que se ha extendido al cuarto de guerra.

En ese espacio han confluido todos los adversarios políticos en el entorno de Peña Nieto, como Videgaray y Osorio Chong, quien varias veces ha participado en las deliberaciones. Pero el conflicto principal se da entre el canciller y Quintero, a través de los cuales se puede apreciar la diferencia que existe dentro del gabinete de Peña Nieto y las divisiones dentro del propio staff presidencial.

Con Quintero están alineadas las áreas de comunicación social de Los Pinos, enfrentadas, aunque no en forma abierta, con el jefe de la Oficina, Francisco Guzmán, cuyo equipo está más cercano a Videgaray y a su exjefe Nuño, incluido un joven inexperto pero responsable de opinión pública, Rodrigo Gallart, quien suele tener fricciones con Sáenz. Tácticamente, Quintero está del lado de Osorio Chong, quien dentro del cuarto de guerra tiene a una incondicional, Robles, aunque sin fuerza para confrontarse con Nuño o Videgaray.

El conflicto entre los dos polos que influyen en el presidente Peña Nieto, afectará la campaña de Del Mazo si no se resuelve la confrontación. O Peña Nieto congela la ambición de Quintero, o mueve a Videgaray. No caben los dos en el Estado de México, y menos ahora donde como nunca, el PRI enfrenta una competencia que lo puede derrotar.


(ZOCALO7 ESTRICTAMENTE PERSONAL/RAYMUNDO RIVA PALACIO/  08 DE MARZO 2017)

2018: ‘YA VIMOS ESTA PELÍCULA’

Andrés Manuel López Obrador se está convirtiendo en la profecía autocumplida. En la República de las Opiniones hay la sensación generalizada de que el jefe de Morena alcanzará la Presidencia de la República en su tercer intento, con lo que se ha ido atemperando el sentir de grupos que antes le temían, como el sector empresarial. El daño que le ha hecho al PRI la controvertida gestión del presidente Enrique Peña Nieto ha llevado incluso a que en los análisis de riesgo del Gobierno de Estados Unidos, contextualizados por el discurso del presidente Donald Trump contra el Tratado de Libre Comercio y los migrantes, se hable abiertamente de que el beneficiado de las desavenencias entre los dos países será López Obrador. Los inversionistas extranjeros también están preocupados ante la posibilidad de la victoria del líder de la izquierda social en las elecciones de 2018, quien ha dicho que su primera acción de Gobierno será someter a consulta ciudadana las reformas económicas de Peña Nieto, altamente impopulares.

No obstante, el argumento que hace prácticamente inevitable el arribo de López Obrador a la Presidencia parece responder más a las ansiedades que a una realidad objetiva. En primer lugar, faltan casi 16 meses para la elección presidencial, tiempo en el que puede pasar absolutamente cualquier cosa. En segundo, el primer lugar de López Obrador en las encuestas de preferencia electoral es en este momento más el reflejo del conocimiento por encima de sus potenciales adversarios que necesariamente una opción clara en la urna. En tercero, no hay candidatos aún, por lo que tampoco hay campañas.

En este sentido, ni el PRI ni el PAN han desplegado sus recursos estratégicos para lograr los contrastes, ni tampoco se sabe con exactitud qué pasará con el PRD. Algunos factores que servirán para 2018 se asomarán este verano, cuando se ponga en juego la Gubernatura del Estado de México, donde se verá la profundidad de la crisis de la izquierda y qué tan profundo es el daño en el PRI. Morena probará si la fuerza de López Obrador hace competitiva a la candidata de su partido, y si el PAN trabaja unido y con eficiencia por la victoria.

Por lo demás, todo está abierto. Y más. “Ya vimos esta película”, dice Francisco Abundis, director asociado de Parametría. “Esto ya nos pasó en 2005 y 2006, y la diferencia de López Obrador era mayor”. Abundis se refiere a que la ventaja de López Obrador en las encuestas no es mayor que la que existía hace 12 años, ni tampoco los protagonistas son distintos. En aquel año, también era el PAN y luego Felipe Calderón, contra el PRD y López Obrador. El PRI no era un competidor fuerte, ante la crisis provocada por la candidatura de Roberto Madrazo, como tampoco se considera, por la caída en preferencia electoral por partido, que lo sea en 2018.

En la Encuesta Nacional de Vivienda de Parametría realizada en la última semana de enero, los mexicanos que mostraron mayor identificación partidista fueron los de Morena (22%), seguidos por los del PAN (21%) y los del PRI (14%), que han visto una caída sistemática en lo que solía llamarse voto duro. Esa militancia que se pensaba cautiva por el historial de voto se esfumó en las elecciones federales de 2015 y las de gobernadores en 2016. El norte votó contra la reforma fiscal, inclinándose por el PAN; los estados del Golfo votaron contra la reforma energética, que le dieron al PAN victorias contundentes e impulsaron a Morena a un punto donde estuvo a punto de dar campanazos, como en Veracruz. En el sur y el centro miles de mexicanos votaron contra la reforma educativa, fortaleciendo una vez más las candidaturas de Morena, cuyo jefe López Obrador ha sido un crítico permanente de esa y todas las reformas de Peña Nieto. Estos datos, sin embargo, no significan la creación de nuevas clientelas. Según la encuesta de Parametría, lo que se aprecia es una tendencia a no votar por el mismo partido: del 47% del electorado que lo hacía en 2013, cayó a 31% de los que lo hicieron en 2015.

La volatilidad es un elemento que no se está considerando en este momento. Al arrancar el año electoral en 2006, Calderón declaró que iba muchos puntos abajo, pero que alcanzaría a López Obrador. De acuerdo con la serie histórica de Parametría, López Obrador tenía una preferencia electoral del 36% del electorado, contra 27% que tenía Calderón y 26% que reflejaba Madrazo. Para junio, López Obrador y Madrazo se mantenían estables en la preferencia electoral, 37% y 27%, respectivamente, mientras que Calderón estaba en 33 por ciento. Un mes después, la elección presidencial la ganó Calderón, con menos de un punto porcentual de ventaja sobre López Obrador, que lo llevó a impugnarla y calificar al panista de “usurpador”.

Nadie tiene el triunfo asegurado en 2018. López Obrador lo debe saber bien al haber desarrollado una estrategia inteligente y enfrentar desde ahora al PAN, a Margarita Zavala y Felipe Calderón, a quienes percibe como sus principales rivales. El PAN igual: colocar minas a López Obrador, sin dejar de darle tiros de gracia al PRI, donde hay varias prospectivas, quienes piensan que todo está perdido y que hay que atrincherarse en las cámaras, y quienes creen que es muy pronto para claudicar. La idea de que hoy no hay nada para nadie es la más racional.

(ZOCALO/ ESTRITAMENTE PERSONAL/ RAYMUNDO RIVA PALACIO/ 07 DE MARZO 2017)






2018: MORDIÉNDOSE LA COLA

El presidente Enrique Peña Nieto fue el orador en el 88 aniversario del PRI el sábado pasado y lanzó una arenga propia para el evento, de militante agresivo con sus adversarios. La sucesión presidencial tuvo banderazo de salida. Aún faltan algunos meses para que haya candidatos, pero los adversarios quedaron perfectamente identificados cuando se refirió al error que haría el electorado si se inclinara por el pasado de parálisis, en referencia a los 12 años de gobiernos panistas, o diera “un salto al vacío de la izquierda demagógica”, como describió, en una declaración de guerra el apoyo a Andrés Manuel López Obrador. El PRD quedó fuera de su discurso, con lo que parece haberlo eliminado de la contienda presidencial de 2018, al dejar planteados los términos de la batalla para tres partidos, el PAN, Morena y el suyo.

Peña Nieto marcó también las líneas con las que él, su gobierno, el partido y sus candidatas y candidatos, van a enfrentar a la oposición, y buscar salir del hoyo electoral en el que se encuentra, que no fue tocado en su discurso. La realidad que estuvo presente como subtexto en sus palabras, es que el PRI arranca en un lejano tercer lugar en cuanto a identificación partidaria. La última encuesta de esta naturaleza presentada por la empresa Buendía&Laredo y Asociados, muestra que si hoy fuera la elección, el PRI caería a un vergonzoso tercer lugar. Una buena parte de la explicación es el castigo de los electores a su gestión, cuyos niveles de desaprobación no tienen paralelo en la historia de las mediciones presidenciales y se mantienen en alrededor del 85%.

El estudio de Buendía&Laredo y Asociados establece un empate técnico entre el PAN y Morena, 23% contra 21% en la preferencia de voto, que está dentro del margen de error, con el PRI en un lejano tercer lugar con 13%. Lo peor para el PRI es la tendencia a la baja, agudizada por una caída de 45 grados desde septiembre pasado. El PAN, que repuntó entre noviembre de 2015 a julio del año pasado, se ha mantenido estable, mientras que Morena despegó de manera sostenida desde septiembre. El PRD, salvó una ligera alza en ese mismo mes, tras las elecciones de gobernadores, está empantanado en un dígito. O sea, fuera de competencia.

Peña Nieto dividió su discurso en tres puntos centrales. Dos de ellos son la identificación de sus adversarios, y el tercero en donde asegura que no está pactando, ni lo hará, una derrota. Sin especificar, no quedó claro si se refería a negociar con el PAN el Estado de México, como se ha publicado en la prensa, a cambio de que el PAN respalde al PRI en la elección presidencial, o negociar con el PAN o alguien a modo para que le brinde protección política y blindaje jurídico una vez que deje el poder en manos de la oposición. Lo que dejó de manifiesto, que confirma toda la información que trasciende del Olimpo presidencial, es que sí cree que el PRI pueda ganar, como aseguró el sábado, las elecciones de 2017 y 2018.

Cómo desplegará sus armas retóricas y argumentativas el Presidente y sus seguidores, está por verse, pero lo que planteó en el aniversario del PRI puede ser débil por engañoso. Dijo Peña Nieto, sobre los gobiernos panistas de Vicente Fox y Felipe Calderón, que su gobierno se atrevió a asumir los costos e impulsar “las grandes transformaciones del país”. Las más controvertidas son la educativa, cuya propiedad intelectual corresponde al sector tecnócrata de su Gobierno –el principal redactor de la reforma fue el líder del PRI, Enrique Ochoa–, y la energética, cuya reforma fue planteada en la primera parte del gobierno de Calderón, y fueron los priistas quienes se encargaron de sabotearla en el Congreso. Transformar ese sector, como dijo el Presidente, para asegurar la soberanía energética, era visto en los tiempos que el PRI era oposición, como la venta del país al sector privador. No es lo mismo ser oposición que estar en el poder, pero es riesgoso utilizar como bandera de crítica una reforma que sistemáticamente el PRI rechazó cuando muchas de las definiciones pasaban por el escritorio del gobernador Peña Nieto en Toluca.

La crítica a los gobiernos panistas, lo dejó entrever previamente, incluirá el magro crecimiento económico en el gobierno de Calderón de 2.2% anual, lo que implica otro riesgo si alguien recuerda lo que dijo ante inversionistas en Nueva York en septiembre de 2014: México crecería 2.7% ese año; 3.7 en 2015; 4% en 2016; y entre 5 y 6% al cierre de su gobierno. La realidad fue diferente. En la primera mitad del sexenio el crecimiento promedio fue de 2%, y al cierre, de acuerdo con los pronósticos, será todavía más bajo. El mal rendimiento económico, junto con las polémicas reformas, fortaleció a López Obrador, a quien Peña Nieto quiere pintar como demagogo ante el electorado.

Pero una vez más, como el contraste con los gobiernos panistas, ¿cómo va a lograr que su discurso, que parece agotado hace tiempo por los bajos niveles de aprobación, modifique las tendencias actuales en el elector? Peña Nieto irá a la guerra, sin duda, y no tiene mucho que perder. Su partido estaría derrotado en una elección hoy en día, por lo que aquello que haga bien sólo podrá ir en su beneficio. Tiene mucho en juego, en efecto. Su legado por un lado, y su tranquilidad en los años futuros como ciudadano.


(ZOCALO/ ESTRICTAMENTE PERSONAL/RAYMUNDO RIVA PALACIO/ 06 DE MARZO 2017)

ESPIONAJE POLÍTICO, LA DISCUSIÓN OCULTA

Durante más de 4 horas, el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, se reunió con el politiburó de la Cámara de Diputados, la Junta de Coordinación Política, para hablar sobre la Ley de Seguridad Interna y el modelo de Policía mixta, dos asuntos que han estado empantanados por años. No llegaron a ningún acuerdo sobre nada, según legisladores participantes, por tres temas centrales, explicados someramente por el perredista Francisco Martínez Neri, coordinador de la llamada Jucopo: la preocupación sobre cómo garantizar en la Ley de Seguridad Interna que los militares respeten los derechos humanos, las tareas de inteligencia y las investigaciones sobre los movimientos sociales. ¿Por qué se entreveraron los tres temas? Nadie quiere hablar con claridad al respecto, pero el empaquetado de preocupaciones muestra que en la discusión de esas iniciativas para combatir al crimen hay una prioridad que las rebasa: el espionaje político.

Existe la percepción de que el uso y abuso político de los aparatos de inteligencia del Estado en contra de líderes sociales y a quienes considere sus adversarios se ha incrementado en este sexenio. Quizás el espionaje político se mantenga en los mismos niveles en los que se ha realizado desde la profesionalización de los servicios de inteligencia civil hace poco más de 25 años, pero la forma como han hecho saber a quienes son objeto de una vigilancia sistemática de conversaciones o fotografías que pueden ser hechas públicas en cualquier momento, parecería tener un propósito de intimidación. La circulación restringida, pero pública, de estos materiales sugiere también que las posibilidades para chantaje se han visto multiplicadas con el propósito, se puede argumentar, de modificar conductas o arrinconar a los adversarios del Gobierno.

Probablemente el momento más ruin del uso político del aparato de inteligencia del Estado, en función de los resultados, fue la difusión en la prensa de los mensajes de texto que intercambiaron Joaquín “El Chapo” Guzmán y la actriz Kate del Castillo en enero del año pasado, que abrieron a la especulación de que los dos tenían más que una relación profesional. La entrega de esas conversaciones a dos periódicos de la Ciudad de México contribuyó a la consolidación de la idea de que la actriz, que lo había visitado en la Sierra de Durango mientras se escondía de las autoridades tras su segunda fuga, era responsable de delitos relacionados con el crimen organizado. Las transcripciones de los mensajes salieron de las áreas políticas del Gobierno, y no habían sido judicializadas. Es decir, lo publicado no estaba en autos de la PGR, por lo cual nunca habrían podido ser utilizadas en un juicio.

Las únicas ramas del Gobierno federal que realizaban un trabajo de inteligencia sobre “El Chapo” Guzmán eran el CISEN y la Marina, que es donde se puede encontrar el origen de esos mensajes interceptados. La forma como se entregaron a la prensa modificó un trabajo de inteligencia puro, con el propósito de ser utilizado en una investigación criminal, a un manejo político, donde al cambiar el objeto de las escuchas para hacer daño público en contra de una persona, en este caso la actriz, como sujeto de descrédito, se convirtió en una herramienta utilizada en este país como parte del espionaje político.

No es lo mismo el uso de espionaje con fines de seguridad interna o seguridad nacional, enmarcados dentro del ejercicio conocido como inteligencia, donde la información es procesada y analizada para la toma de decisiones, que el espionaje político que busca resolver desavenencias mediante el temor. Un ejemplo claro de ello se dio con Carmen Aristegui, la conductora de radio más crítica del Gobierno del presidente Enrique Peña Nieto, a quien para tratar de inhibir le enviaron un sobre anónimo con un paquete de fotografías de su hijo. No es la única periodista a quien se ha tratado de inhibir en este sexenio, por el hecho de tener una visión y una opinión distinta a la del Gobierno. Pero tampoco es el único sector al cual se ha amenazado.

Un exmiembro del Gabinete dijo que, pese a la seguridad en sus comunicaciones, sus llamadas y correos electrónicos eran interceptados por uno de los servicios de inteligencia del Estado mexicano. Lo sabía porque, en un momento de tensión dentro del Gabinete, le hicieron llegar copias de conversaciones telefónicas que había tenido con sus familiares. Esas conversaciones no tenían nada irregular o escandaloso, pero la forma como lo interpretó era como una llamada de atención para hacerle saber que existía una vigilancia permanente sobre su persona.

La contrainteligencia de un gobierno es necesaria, como un asunto de Estado, para poder detectar traiciones o amenazas al propio Estado. Pero cuando la información recabada es utilizada por los políticos con fines políticos, los instrumentos para la seguridad se pervierten y se convierten en pistolas de información que pueden ser descargadas contra quien manifiesta rangos de autonomía. Estas preocupaciones, sin ser verbalizadas de esta manera, fueron las que, a decir del diputado Martínez Neri, rondaron durante la reunión con el secretario de Gobernación.

Altos funcionarios del Gobierno federal han negado de manera sistemática que exista espionaje político, pero sus palabras no han sido lo suficientemente persuasivas para tranquilizar a los diputados, que tienen razón en sus preocupaciones. Fuera y dentro del Gobierno hay experiencias de que el espionaje político, como hacía lustros no se veía, regresó con fuerza para buscar controlar la vida pública nacional. Los casos, no las palabras, lo demuestran.


(ZOCALO/ ESTRICTAMENTE PERSONAL/RAYMUNDO RIVA PALACIO/ 03 DE MARZO 2017)

ESTADOS UNIDOS, PRINCIPAL VENDEDOR DE ARMAS A MÉXICO