sábado, 4 de enero de 2025

EL ‘MINILIC’ Y SU NECESARIA EXTRADICIÓN


Dámaso López Serrano, el Minilic, hijo de Dámaso López Núñez, el Licenciado, fue detenido por segunda vez en los Estados Unidos y lo primero que debiéramos esperar de la justicia mexicana es que insistiera en su extradición a México para que sea juzgado por el crimen de nuestro compañero Javier Valdez Cárdenas, asesinado el 15 de mayo de 2017.

La Fiscalía General de la República, a través de la fiscalía especializada en delitos contra periodistas, que dirige Ricardo Sánchez Pérez del Pozo, le imputó la autoría intelectual y, al haberse entregado al gobierno estadounidense en julio de 2017, solicitó por los canales correspondientes su extradición. Le fue negada, eso es público, y la razón, la acaba de confirmar el titular de la FGR, Alejandro Gertz Manero, es que se acogió allá al programa de testigos protegidos.

Dámaso, ese “pistolero de utilería” del que hablamos en Ríodoce cuando detuvieron a su padre en la Ciudad de México, se entregó a la DEA para resguardarse allá de la intención de ser asesinado por los hijos de Joaquín Guzmán Loera, pero luego traicionó la confianza del gobierno norteamericano al reincidir, ahora desde el mismo suelo estadounidense, en el tráfico de drogas y, lo peor, las más perseguidas el gobierno de aquel país, el fentanilo, debido al brutal daño que están causando en los adictos.

En todo caso, al dirigir operaciones de tráfico de drogas desde el suelo norteamericano y estando bajo la “confianza” del gobierno en su condición de “colaborador”, coloca a López Serrano en una situación de extrema vulnerabilidad ante la justicia gringa que, se supone, querría cobrar cara la osadía.

Desde que conocimos la teoría del crimen de la Fiscalía Especial para la Atención de Delitos Cometidos contra la Libertad de Expresión (FEADLE) dijimos que el de Javier había sido un crimen de ira. Adicto a las fiestas de tres días, un auténtico narcojunior, se molestó porque en una nota periodística publicada una semana después de que detuvieron a su padre, Javier dijo que su hijo, el Minilic, sería incapaz de sustituirlo porque no era más que un pistolero de utilería, más dado a las parrandas y al desmadre que a la dirección de una empresa criminal. Fue una decisión estúpida mandar matar a Javier por eso y, en todo caso, evidenciaba justamente lo que el fundador de Ríodoce había dicho en su nota.

En Ríodoce no tenemos ninguna duda de la teoría del crimen de la FEADLE-FGR en cuanto a la autoría intelectual y por eso hemos insistido por todos los medios a nuestro alcance que el gobierno mexicano insista para lograr su extradición a pesar de que ya ha sido negada en dos ocasiones. El argumento ha sido que el Minilic es testigo colaborador y ahora veremos qué dicen. Se supone que, con la llegada de Donald Trump a la presidencia, a partir del 20 de enero, las relaciones entre los dos países tendrán que reacomodarse y en ese nuevo contexto la respuesta puede ser distinta.

En aquellos años, cuando quedó claro quién había ordenado el crimen de Javier, apelamos a la buena voluntad del gobierno norteamericano, hablamos con la entonces embajadora en México, Roberta Jacobson, pero no logramos incidir en una decisión positiva.

Ahora los gringos presionarán como nunca al gobierno mexicano para que potencie sus esfuerzos en contra de los cárteles de la droga y México debe también poner sus condiciones sobre la mesa. Nunca será una relación de iguales, eso lo sabemos, pero ya es hora de que México exija correspondencia en la lucha contra el narcotráfico. Es un asunto —principalmente— de dos y hasta ahora nuestro país ha estado subordinado a los designios del gobierno norteamericano. Han sido ellos los que han manejado las cartas como han querido, siempre a su conveniencia, sobre todo cuando se trata de líderes del narcotráfico que México les ha entregado para ser juzgados allá.

Bola y cadena

LOS GRINGOS HAN JUGADO SIEMPRE para ellos y allí están los casos de Vicente Zambada Niebla, Reynaldo Zambada García, Miguel Caro Quintero, los hermanos Arellano Félix, Emma Coronel, Lucero Sánchez López… Jugaron igual con el Minilic, pero se les salió del huacal.

Sentido contrario

HAY DATOS INCOMPRENSIBLES en el asesinato del agente federal parte del equipo de Omar García Harfuch. Uno de ellos es que él y su acompañante viajaban en un auto compacto sin placas. Esto es inaudito en el contexto de guerra que se vive en Culiacán. El general Mérida dice que, a su juicio, fue un ataque dirigido a ellos y, por tanto, al Gobierno. Pero aunque no hubiera sido así, el yerro es el mismo. Se supone que son de inteligencia, pero esto no se vio en los hechos, por el contrario. Por lo demás, el hecho representa un reto directo al Gobierno… o debiera representarlo.

Humo negro

LA SENADORA IMELDA CASTRO cometió un error que le puede costar el futuro de su carrera política. Proponer a los grupos en pugna desde el 9 de septiembre una tregua navideña porque “ellos también tienen familia” y porque debe prevalecer “el humanismo”, es lo peorcito que le hemos escuchado a un político cuando se refiere a estos temas. ¿Quiso reinventar la narrativa del poder respecto al narco o no la deja dormir su obsesión de perfilarse a la gubernatura? Porque si es esto último, creo que, en vez de eso, la estaría descarrilando.

Artículo publicado el 22 de diciembre de 2024 en la edición 1143 del semanario Ríodoce.


martes, 13 de agosto de 2024

MALAYERBA: EL ÚLTIMO ADIOS


Dos hermanos. Desmadrosos los dos. Muy unidos, muy chambeadores. Y cómo querían al viejo, al tío, a quien igual llamaban abuelo.

Lea: Malayerba: La credencial

Cada final de viaje era una fiesta. Terminado el jale, ya en paz, con los músculos aguados, las piernas estiradas, el bote helado en la mano, los dedos extendidos y ofrecidos, contaban las ganancias y se hundían en una orgía de viandas y yeleras.

Eran sus ciclos. Los periodos de chamba empezaban con la compra de mercancía. Qué hay para mover ahora. Mariguana, coca, de qué se trata. Tenían quien les sembraba. Allá, arriba, varios predios esperaban la semilla. Y esa cosecha los esperaba a ellos.

Y abajo, en la ciudad, en los sótanos del mercado de la señora eternamente blanca y de sus poseedores, se las arreglaban para el trasiego. Ellos tenían quien los surtía: fuente segura, buenos clientes, negocio exitoso, redondo, festejo asegurado.

Entonces, con la mercancía a la mano y los paquetes acomodados en camionetas y camiones, había que empezar los recorridos. Ya alguien, del otro lado de los horizontes no tan lejanos, los esperaba con las bolsas llenas, los billetes amarrados.

Tiempo de gastar. Las ganancias se les salen de los bolsillos. Los billetes se desparraman, se sueltan, les nacen alas, practican un poco y después vuelan solos: emergen, pasan de bolso en bolso, de un maletín a otro, se les caen de las manos que ahora son flácidas y generosas.

Sin muchos bienes. Sin estridencias ni la tambora en la cochera. Nomás así. Sembrar, cosechar, mover, transitar, cobrar, tener, tener, tener, tener. Tenencia efímera: dura más un pedo en la mano que ese fajo de dólares.

Ah, qué vida la nuestra. Que a toda madre, verdá hermano. Sí, a toda madre, carnal.

La casa en el rancho. Cerca, muy cerca de la casa. Cada uno su camioneta. La más nueva, la que está más o menos arreglada, equipada con rines, estéreo y amplificador, es del 2000.

A ninguno le interesa figurar en la mirilla telescópica de algún francotirador. No quieren que los persiga la Policía. No andan con esa pinta placosa de polarizados profundos y polvo en la parte trasera del asiento o escuadras fajadas.

Nada de traer las torretas encendidas, huyendo, siguiendo los sinuosos caminos de la sierra, con los proyectiles buscándolos en el viento, en esos vericuetos propicios para la persecución, idóneos para la muerte. No, nada de eso.

Ellos tranquilos. Desmadrosos y unidos. Pero el desmadre era entre ellos. Casi íntimo, discreto. Muchas nueces, poco ruido. Así se lo habían propuesto. Negocio paulatino, despacio. Nomás pa’ vivir. Pa’ pasarla bien. Cotorrear. Y luego luego volver a empezar.

Y el tío ahí. De frente, mimándolos desde morros. Cuidándolos desde jóvenes. A golpe de consejos, de jugar con ellos. De estar ahí, como genio de la lámpara: brazos cruzados, en vigilia, aguardando, a ver qué se ofrece, qué pasa, qué hacemos.

El tío-abuelo siempre fiel. Siempre ahí. Afable, cercano, cálido y presto. Mi tío es a toda madre, pero también es el padre, el abuelo, la madre, el amigo. Y todos los abrazos perdidos.

Era. Porque en eso murió. Estaba enfermo. Lo detectaron tarde. Temprano para despedirse, a sus ochenta. Les dijo gracias, los abrazó. Lo besaron y le dijeron adiós.

Lo enterraron ahí cerca. Y ya con la tierra encima, uno, el más grande, dibujó una cruz con cocaína sobre la tumba. El otro esparció semillas de mariguana. El primero aspiró polvo del suelo. El otro sacó la canala. Y se fueron a pistear.

Artículo publicado el 04 de agosto de 2024 en la edición 1123 del semanario Ríodoce. 

MALAYERBA: LA CREDENCIAL


Manuel el pesado: una pistola Walther enredada y siempre lista en los linderos de su pantalón, las muescas por tantas muertes firmadas por su cañón, y el poder de enfriar a alguien, darle piso.

Un día una persona que lo conoce le preguntó qué se siente matar a alguien. Hubiera sido mejor el silencio que diera pie a la especulación a ese bisílabo abominable que pronunció: nada, no siento nada.

Ya no respondió a la siguiente pregunta de su interlocutor, que más pareció una imprudencia: ¿Y alguna vez sentiste, sentías…?

Dio la media vuelta y se fue.

El codo de su esposa golpeándole la costilla lo despertó. Ei, levántate. Alguien está en la casa, alguien se metió. Tres de la mañana. Despegó los párpados. Esta vez no era un jale propio. Algún intruso se estaba aventando un jale en su casa.

Su esposa había escuchado pasos. Ruido en el piso de abajo, antes en el patio, la cochera. Pasos en los pasillos. Pasos en la escalera.

Se sentó en la cama. Bajo su almohada la Walther. Dos fusiles cuernos de chivo erectos, recargados en la pared, a medio metro del colchón. Ahí vio al intruso, traspasando la oscuridad de la recámara, y su silueta dibujándose por la escasa luz que permitían las persianas.

Saltó con la escuadra empuñada. El desconocido se vio sorprendido y salió corriendo del cuarto. Brincó por encima de los últimos cinco escalones de la escalera. Tropezándose logró alcanzar la puerta principal y a pasos agigantados evadió el barandal frontal.

Manuel en calzones. Con la camiseta blanca que siempre se ponía para dormir. Descalzo y con la Walther en la derecha. Corriendo tras él. Gritándole ei cabrón, hijo de tu pinche madre, párate, pérate chingada madre, pérate o te disparo.

Lo alcanzó a dos cuadras adelante. Ya traía una bala alojada en el muslo derecho. Cayó derrumbado, agitado. Él llegó poco tiempo después. Segundos atrás, igualmente excitado y tambaleándose.

No que no te parabas hijo de la chingada. Creíste que te podías meter en mi casa, como si nada. Que me podías robar. Te equivocaste, te equivocaste de casa y de cabrón. Ahora te voy a dar piso para que no te andes metiendo con cabrones.

El tipo se le quedó viendo: sobresaltado por tanto brinco y corrida, y asustado por Manuel y esa pistola que brillaba entre las piedras y el lodazal. Engrandeció los ojos. Quiso hablar. Pero Manuel se lo impidió. Un balazo en el pecho, de cerca.

Regresó despacio y seguro. Cuando llegó a su casa se dio cuenta que la ropa con la que había llegado a la recámara no estaba. Se la llevó este güey. Y recordó que en la bolsa del pantalón estaba su identificación.

Si lo encuentran tirado ahí, desangrado y sin vida, no hay pedo. Pero si encuentran mi ropa y la credencial me van a chingar. Se dio la media vuelta. Caminó de prisa pero sin la velocidad de la persecución.

El cuerpo seguía tirado. La sangre a los lados. Abrazando la ropa y otros objetos que eran parte del botín. Se agachó para recuperarlas. Y lo escuchó resollar. Tenía los ojos abiertos, igual de engrandecidos. Pero no los movía.

Sigues vivo, cabrón. Sigues. Tomó la pistola y jaló. Esta vez apuntando a la cabeza. Se llamaba, dijo para sí, para que nadie lo escuchara. Hizo el recuento: pantalón de marca, camisa negra y manga larga. En las bolsas la billetera. Y en la billetera la credencial.

Uf. Suspiró. Sintió alivio. Sintió nada.

Artículo publicado el 28 de julio de 2024 en la edición 1122 del semanario Ríodoce.

MALAYERBA: SEGUNDO, TERCER FRENTE

 


Ella lo sabía. Lo sabía su hermana, su madre, las amigas y vecinas. No importaba: el señor es casado, tiene hijos, es narco. Es cierto. Pero tiene mucho dinero, mucho. Muncho, decía ella, embrujada y sedienta por el bulto de billetes en sus manos.

Iba con ella para arriba y para abajo. Centros comerciales andados y desandados, hasta los callos. Qué le hace que se canse en esas zapatillas de tacón de clavo de acero o que el pantalón ajustado, de mezclilla, se le menee tanto como ese patio trasero y vaya enseñando con su andar el montecito de vellos que marca el lindero inferior de su espalda.

Nada de eso es importante. Tampoco que la oculte detrás de los cristales polarizados de ese carro 300, color crema, que él tenía. Ella podía soportar incluso que la dejara ahí por minutos, horas, cuando la llevaba a sus vueltas.

Él iba a visitar a sus amigos, acudía a las fiestas y la llevaba a casa de sus familiares. También a los velorios y a las reuniones de negocios. Pero siempre la dejaba ahí, adentro, cobijada por la oscuridad, oyendo a Valentín, en el aire acondicionado.

A quién traes ahí. A nadie, una amiga. Y su silueta delgada podía verse apenas, a duras penas, afinando los ojos, del otro lado del polarizado. Y el carro prendido. Los seguros de las puertas activados. Nadie entra ni sale. Ni ella.

No le vayas a decir a Lupita. Lupita era su mujer. Ella se las olía, le reclamaba sus ausencias y los mapas de bilé en las mangas y el cuello de su camisa, como tatuajes efímeros en la piel de sus cachetes y pectorales.

Vete a la chingada, le contestaba iracundo a su mujer, cuando ésta le gritaba que dónde andaba, que ya sabía que se iba de puto con las pinches viejas.

Y aunque conocía la clase de esposo que tenía, no había llegado a sorprenderlo en ninguna de sus jugadas. Y a pesar de eso, de que le valía, él seguía pidiendo a sus parientes y amigos que no le fueran a contar a su mujer que ahí, en el carro, traía a alguien.

Ese alguien sin nombre ni edad. Pero con buena silueta y buena para aguantar, aguantarlo. Hasta los golpes: los más recientes fueron en el cuarto de un motel: ella le preguntaba por su mujer y él le decía que no se metiera, ella insistió y él le soltó dos cachetadas.

Abrió el bote de cerveza, lo batió frente a ella, que estaba hincada sobre la cama, y dejó caer el líquido frío sobre su cabeza. Batiendo el bote y mojándola, desparramando el ambarino para que le llegara a sus pechos, panza y piernas.

Ella lloró. Salió de ahí moqueando y en silencio. Le contó a su mamá. Me sentí como una perra, una puta. Y su mamá le contestó no te agüites, así son los hombres. Pero tiene dinero. Acuérdate: muncho dinero.

De lo otro que se enteró ni se inmutó. Su amiga, esa a la que él calificaba como la más buenota, incluso más que su novia, necesitaba dinero y se lo pidió. Él le contestó que sí, pero que iban a dar una vuelta, a cotorrear. Y cotorrearon más allá de las prendas.

Ni modo, mi’jita, así son los hombres. Ni le digas nada.

Él platicaba con orgullo. Tenía esposa, novia y se había acostado con la amiga. Ella lo sabía. Y le hablaba al celular. Mi amor, estoy triste. Ven por mí, ya me desocupé de la estética. Te espero para que me lleves a comprar zapatos. Te amo chiquito.

Artículo publicado el 21 de julio de 2024 en la edición número 1121 del semanario Ríodoce.

MALAYERBA: REY MIDAS

 

Buena onda, generoso a la hora de invitar a los amigos, simpático y despreocupado. Y con una puntería envidiable para los negocios.

El rey Midas, le pusieron. Desde joven, estando en la universidad, se le vio emprendiendo changarros y todos ellos fructificaron. Invertía poco, porque en ese momento poco tenía, pero sacaba y sacaba dinero resultado de las ventas.

Luego le dio por las botas de avestruz, los pantalones versach. Compró una camioneta: n’ombre compa, no es una camioneta, es una camionetona, con unos rinotes, unas llantonas, estéreo de alto voltaje, tablero de madera, toda equipada.

Su fama creció en la escuela. En las calles lo veían y lo ubicaban. Su imagen engrandeció y se multiplicó a su paso, con sus éxitos. Tenía pegue con las mujeres y seguía siendo aquel tipo simpático y afebril. Combinó esas virtudes, su popularidad, con la discreción.

Pero lo discreto se le perdió pronto: eran muchos sus jonrones en los bisnes, la lana le caía a raudales, sumar y sumar; pocas restas y muchas multiplicaciones. Florecieron las bolsas de sus pantalones y engordaron su billetera.

Compró un lavado de carros y le llegaban camiones, automóviles, camionetas. Luego abrió una butic. Los pesos se le hicieron billetes. Los billetes emigraron a fajos, y luego a maletas colmadas, negras y cafés, de piel, con combinación.

Siguieron las borracheras en sus negocios. Los éxitos son para las fiestas. Las fiestas para compartir. Los señores, como él les llamaba, llegaron siguiendo sus huellas sobre el pavimento, olfateándolo, escuchando sus pasos rotundos por ese mundo empresarial.

Van a venir los señores, prepara todo: cerveza, tequila, güisqui, música, viandas de mariscos, cortes de carne asada, botanas, paté de jaiba y camarón.

Puso después un restaurante. Y en la lista de eslabones de ese ojo clínico para poner negocios, exprimirlos y seguir con vida, incluyó una tienda de teléfonos celulares y una estética para hombres y mujeres.

Adquirió tres casas. Ya tenía para entonces esposa, dos camionetas y un automóvil compacto del año. Las casas las dividió: esta para las borracheras, las reuniones con los amigos, los señores, esta otra para la familia, aquella para descansar y perderse.

A la residencia que tenía para sus francachelas le construyó en lo alto, en una terraza amplia que asomaba a la calle, una palapa, braseros grandes, con acceso directo desde el patio.
Aquí podemos divertirnos, pistearnos. Y estar pendientes de la calle, de los que pasan, por si se ofrece algo.

Una noche, en medio de una de esos encuentros de borrachera y alborotos, negociaciones y comilonas, se le incendió la palapa. Le preguntaron qué pasó. Nada, nada. Pero estaba claro que había sido un atentado. Un disfraz de accidente. Un aviso.

Le dijo a su mujer: si me buscan no estoy, no me has visto. Por qué, le contestó. Tengo miedo, me traen ganas, quieren hacerme daño.

Pasó de sus casas a otras de parientes y amigos. Dos horas, una noche, de madrugada, a salto de chapopote y ladrillo. Pasó algunos de estos ratos de fuga en hoteles y moteles. Luego no supieron.

El canalero empezó viendo huellas de camionetas de llantas grandes. Vio como cinco rodadas en ese pedacito de veinticinco metros. Huellas de pisadas, de botas. Avanzó unos pasos y un centenar de casquillos grandes aparecieron detrás de unos matorrales.

Y allá, a pocos metros, el bulto del Rey Midas. Rey muerto. Cien tiros.

Artículo publicado el 14 de julio de 2024 en la edición 1120 del semanario Ríodoce.

MALAYERBA: LÍNEA MORTAL

 

Y más vale que te vayas al quirófano. Aquí en toco nosotros nos la arreglamos, pero allá necesitan ayuda.

De qué se trata. Avanzó preguntándose y acelerando el movimiento ondulatorio de su falda blanca. Una enfermera del Seguro debe estar dispuesta, alerta. No puede espantarse ni hacerse para atrás. Tiene que seguir, seguir, seguir.

Quiso dar la media vuelta cuando ingresó a la sala de cirugía. Era un plebe, un chamaco. No llegaba ni a veinte. Plebito, plebito.

Tendido y a su alrededor tres médicos; todos ellos especialistas: uno le metía mano y cuchillo en la parte de atrás, en la cabeza; el otro estaba esmerando sus utensilios en uno de los brazos, y uno más peleaba con tripas y pedazos de órganos en el costado izquierdo.

La escena le pareció grotesca. Sangre y más sangre. Borbotones, charcos, hilos rojos, dejando de latir, en algún lugar de la cama, del piso, de las batas y guantes, de todo ese aparaterío.

Las enfermeras atrás, a los lados, al fondo. Movían las máquinas y pasaban tijeras. Bombeo de emergencia. Corrían unos metros y luego media vuelta, de regreso. Salían por medicina y entraban con jeringas listas para las venas ya grises, ya opacas, tenues, en pleno viaje de ida.

Joven y blanco. Alto, se veía fuerte el chavalo. Se veía fuerte, pero ahí, tendido, estaba perdiendo el pleito y lo estaban perdiendo ellos, los de gorros, bisturís y batas.

No había espacio para el retorno en esa carretera veloz por la que transitaba el muchacho aquel. No había forma de regresar. Era eso y eso. Sin opciones a los lados ni miradas hacia atrás. Sin estatuas de sal ni revire ni titubeo. Colisión: así es la vida de un pistolero.

El que peleaba con los jirones ya dormidos había tomado la decisión de amputarle el brazo. El que estaba agarrado a trompadas con las tripas y los dentros, había sepultado en el vientre a un costado muerto. Y el de la cabeza suturaba con una mano y con la otra apretaba la pinza que sujetaba una bala.

Uno de ellos viró hacia la enfermera. Listo. Terminamos. No hay nada qué hacer. Ella lo miró y vio en los ojos del médico, escuchó en su voz, la resignación. Ella lo experimentó en sus oídos y en sus ojos, que también escuchaban.

Hágame un favor, le dijo el especialista. Vaya a su lugar. Así, tranquilamente. Vaya y no diga nada. Allá afuera hay un desorden y va a sobrar quién se acerque a preguntar cómo está el muchacho.

Usted calmada. Así, como estoy yo, calmada. Les debe contestar: no sé, apenas los médicos, ahí están todavía, batallando, haciendo la lucha, operándolo. Y ya, no diga más ni voltee ni dude. Y siga adelante.

Salió del quirófano y se topó de frente a dos militares y sus fusiles “getrés”. Le preguntaron. Al dar la vuelta por el pasillo hicieron lo mismo unos federales. Unos pasos más se le arremolinaron parientes, periodistas, policías. Todos preguntando.

Cumplió la fórmula al pie de la letra. Todos conformes con ella, pero envueltos en ese torbellino dubitativo e irrespirable.

Después supo la historia completa. El chavo era un matón. Sus enemigos le ganaron el jalón a él y a otros dos. Le dieron treinta balazos. Le destrozaron órganos vitales. Y cuando ella ingresaba a la sala de operación, en el monitor ya sonaba el piii de la línea mortal. Y alguien la apagaba.

Artículo publicado el 7 de julio de 2024 en la edición 1119 del semanario Ríodoce.

MALAYERBA: MAL DE FAMILIA


Parece que la muerte les sienta bien. Y la vida se les va, uno a uno. Empezaron con uno de los hijos. A balazos lo cazaron cuando llegaba a su casa. Lo otro vino después y no fueron necesarias las balas.

No se le notaba mucho. Pero era un hecho que andaba metido. Sin una vida ostentosa ni carros lujosos, pero andaba. Esa vida apacible se vio trastocada pronto. El negocio lo quiso así y todo se le vino encima, como bola de nieve.

Por deudas, negocios mal terminados, diferencias o envidias. Quién sabe. Lo cierto es que prácticamente lo “cazaron”. Primero lo levantaron, al día siguiente fue encontrado muerto: atado de manos y con el tiro de gracia.

Era diciembre. Mal mes para morir. Canje de posadas por novenario. Una madre enferma que parecía no estar en peligro. Un hermano abogado y entrón. Un padre taquero por la Obregón.

Pero la muerte tiene permiso. Pasó el novenario y las exequias. En el panteón todos se veían desmoronados. La despedida fue dura y cruel. Lo de siempre: llantos, abrazos a esa caja fría y gritos de dolor.

Ahí se despidió su madre de él. La señora se puso de pie entre los asistentes. Y le dijo adiós por él, cuyo cuerpo ya depositaban en la cripta, y por ella: al siguiente día murió. Estaba enferma, sí. Pero la calaca no necesitó de eso.

Qué navidad ni qué nada. Salían de aquel velorio y ya estaban en otro. Había en ese ambiente una mezcla de rabia y tristeza. Y todo por partida doble: dos muertes inesperadas, parte de la misma familia.

Ahí, sombrío e impotente, el joven abogado se decidió. Sabía que no iba a haber justicia. Que del lado del gobierno no habría detenidos. Que nunca encontraría nombres ni causas si esperaba esa vía.

Así que se decidió por su cuenta. Inició pesquisas. Preguntó con amigos y gente del negocio, cercana a su hermano. Encontró algo, poco. Indicios, huellas, sospechas. Pero la cuerda le duró unos meses.

Llegaron advertencias que luego fueron amenazas. Tocó fibras prohibidas. Creyó tener enfrente al remitente de esas balas que acabaron con su hermano. Pero no hizo caso a los emisarios y siguió de largo.

Hasta que se topó. Ahí, muy cerca de la casa de su hermano, le dispararon. Los matones lo alcanzaron. A quemarropa acabaron con él.

Otro novenario. Nuevo sepelio. Y nuevas amenazas: con esas palabras que pesan y que caen en las trompas de Eustaquio como martillazos, le dijeron: vete o sigues tú.

Por qué la saña. Por qué. Se le hizo fácil. No creyó. Siguió en esa carreta de tacos. Pensaba qué tanto había quedado debiendo su hijo, el mayor. Qué tanto para tantas muertes.

Eran una familia de seis. Ahora solo quedaban tres. Y cada uno en su sitio. Ninguno metido en el negocio. Todos queriendo olvidar. Desgastados y adoloridos por tanta muerte. Ya no querían más.

La carreta de tacos. El otro que andaba en la mecánica de automóviles. Tratando de recuperar la cotidianidad. Había pasado casi un año y en el recuento de los daños las pérdidas eran altas.

Hasta ahí llegaron. No tenían pierde. Él siguió ahí, en su carreta. Y había que cumplir la amenaza. Los que antes usaron el teléfono esta vez iban armados. Y le cumplieron: él estaba en la lista.

Ahora hay nuevo novenario. Y los deudos, los dos, se preparan para emigrar. Quieren otra ciudad. Tal vez otro país. Allá quizá la muerte no los alcance más.

Artículo publicado el 30 de junio de 2024 en la edición 1118 del semanario Ríodoce.