miércoles, 5 de julio de 2017

AL MENOS 26 PRESUNTOS DELINCUENTES MUERTOS, TRAS ENFRENTAMIENTO EN LAS VARAS, CHIHUAHUA


Civiles armados, supuestos miembros de grupos antagónicos del crimen organizado, se enfrentaron este miércoles, alrededor de las 05:00 horas, en la comunidad de Las Varas, en el municipio de Madera, en el estado de Chihuahua, lo que dejó un saldo de al menos 26 personas muertas, número que según las autoridades estatales, podría aumentar.

Según lo informó el vocero de la Fiscalía Zona Occidente de Chihuahua, Félix A. González Cuauhtémoc, hasta el lugar se movilizaron elementos de la Comisión Estatal de Seguridad (CES), de la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena), de la Policía Estatal, así como de la Policía Federal (PF), para resguardar la escena del crimen y realizar el levantamiento de los cuerpos.

Sin embargo el vocero de la Fiscalía no precisó sobre los grupos delictivos que sostuvieron el enfrentamiento, ni los motivos de la confrontación armada. Hace apenas unas semanas, la comunidad de Las Varas fue el escenario del ataque en contra de la CES, en el que perdieron la vida dos agentes de la corporación.

El incidente ocurrió en una brecha cercana al panteón del poblado -que se localiza aproximadamente a 700 kilómetros de Ciudad Juárez- donde hace unos días las autoridades localizaron una fosa clandestina con por lo menos 8 cadáveres.

En la prensa local trascendió que en el enfrentamiento podrían haber participado presuntos miembros de los cárteles de Sinaloa, contra los de la Línea y el de Juárez.


(SEMANARIO ZETA/ Destacados / Carlos Álvarez /Miércoles, 5 Julio, 2017 12:00 PM)

RENATO SALES “LAMENTA” EL ASESINATO DE LA HERMANA DEL PERIODISTA DE ESPN; EL RECLAMO DE ODÍN CIANI SE HACE VIRAL


“Lamentamos profundamente el fallecimiento de la hermana de @odin_ciani producto de un crimen que no quedará impune […] El Secretario de Gobernación [Miguel Ángel Osorio Chong] ha ofrecido al Gob. Francisco Vega [de la Madrid] el apoyo total de la Federación en las investigaciones que realiza el estado”, fue lo que escribió el titular la Comisión Nacional de Seguridad (CNS), Renato Sales Heredia, a través de su cuenta de la red social Twitter (@Ley13091963).

Ayer, el periodista y productor de la cadena deportiva ESPN, Odin Ciani González, denunció en un video publicado a través de la misma red social -que se volvió viral-, que su hermana, doctora, fue asesinada dentro de su consultorio en la ciudad de Tijuana, Baja California.

“Mataron a mi hermana, la ejecutaron. Entraron a su consultorio, ella era doctora, una mujer que entregó su vida a la salud, que por momentos no cobraba consultas, aquí en Tijuana”, afirmó Ciani en en su cuenta de Twitter, donde cuenta con 53 mil seguidores. El video tiene, hasta el momento, 57 mil retuits, 26 mil “me gusta” y más de 2 mil 600 comentarios.

El lunes al mediodía, la doctora Alma Angélica Ciani González, de 54 años de edad, fue asesinada a balazos por un sujeto, cuando se encontraba dentro de su consultorio médico, ubicado en la Avenida Cuauhtémoc Número 11004, Local H, de la céntrica Colonia Libertad Parte Baja, en la Delegación Otay, en Tijuana.

El presunto responsable entró por la puerta principal, y sin mediar palabra le disparó a la víctima, quien fue privada de la vida con tres impactos de bala disparados por una pistola escuadra calibre 9 milímetros, todo ello en presencia de su madre, y dos de sus hijos, quienes la acompañaban por estar de vacaciones.

Según reportes de la Procuraduría General de Justicia del estado (PGJE), las investigaciones realizadas hasta el momento apuntan que el homicidio podría tratarse de una situación laboral que todavía está por esclarecerse, esto debido a que se trató de una ejecución directa sin mediar palabra.

Odín Ciani exigió al Presidente Enrique Peña Nieto, así como al secretario de Gobernación, Osorio Chong, y al Gobernador Francisco Vega de la Madrid, frenar la violencia que se suscita en todo el País. “No podemos seguir viviendo con esto, les exijo que se resuelva esta situación, les exijo por la inseguridad que se vive en México”, demandó en su video publicado en Twitter.



(SEMANARIO ZETA/ DESTACADOS/  CARLOS ÁLVAREZ /MIÉRCOLES, 5 JULIO, 2017 10:54 AM)

DEPARTAMENTO DE ESTADO DE EU DENUNCIA LA CORRUPCIÓN EN MÉXICO; EL INEGI LO CONFIRMA CON ENCUESTA


El Departamento de Estado estadounidense ubicó, por tercer año consecutivo, a México como un país corrupto, tanto en el sector público como en el privado, donde es muy común el pago de sobornos a funcionarios del Gobierno, la falsificación de facturas y otros fraudes, como el desvío de fondos públicos a empresas de forma ilícita.

“A pesar de que la corrupción del sector público y privado se puede encontrar en muchos países, la colaboración de actores gubernamentales con organizaciones criminales (a menudo derivados de intimidación o amenazas) presenta serios retos para el Estado de Derecho en México”, indica el texto titulado Informe anual sobre el Clima de Negocios en el Mundo 2017.

EU recordó que México ocupó el lugar 123 de 176 en el Índice de Percepción de la Corrupción de Transparencia Internacional 2016, el último de las 35 economías que integran la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), cuando un año antes alcanzó el puesto 95 de 168 naciones.

“Representantes de negocios, incluyendo compañías de EU, creen que fondos públicos son a menudo desviados a compañías privadas e individuos debido a la corrupción, y perciben que el favoritismo está extendido entre funcionarios gubernamentales dedicados a adquisiciones”, indicó el Departamento de Estado estadounidense.

En el informe, en que incluye un análisis de prácticamente todos los países del mundo sobre las condiciones que ofrecen para hacer negocios, el Departamento de Estado de EU enfatizó en que la respuesta del Gobierno de Enrique Peña Nieto para combatir la corrupción ha sido “lenta e ineficaz”.

Por otra parte, ayer, el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) estimó que durante el 2016, el costo de los actos de la corrupción en el sector privado fue de mil 600 millones de pesos, mientras que un 82.2 por ciento consideran que dichos actos son frecuentes por parte de los funcionarios públicos.

Estos fueron los resultados arrojados por la primera Encuesta Nacional de Calidad Regulatoria e Impacto Gubernamental en Empresas (ENCRIGE). En esta se conoció que 64 por ciento de las empresas consideran que los actos de corrupción a los que se enfrentan son para la agilización de trámites, mientras que los otras dos principales motivos son la evasión de multas o sanciones y la obtención de licencias.

De acuerdo con la ENCRIGE, los costos monetarios de cumplimiento de las regulaciones en 2016 se estimaron en 115.7 mil millones de pesos, que representan 0.56 por ciento del PIB nacional. Mientras que el costo promedio de corrupción por cada empresa en 2016, fue estimado en 12 mil 243 pesos.

Las 34 mil 681 empresas encuestadas estiman que el total anual que perdieron para pagar actos ilícitos, es de mil 600 millones de pesos, durante 2016. Según la encuesta, el Estado de México, Guerrero y Tlaxcala fueron las entidades con la mayor tasa de corrupción al realizar trámites o inspecciones.


(SEMANARIO ZETA/ DESTACADOS / CARLOS ÁLVAREZ /MIÉRCOLES, 5 JULIO, 2017 07:50 AM)

DEA + IDENTIDADES EQUIVOCADAS = RESULTADOS LETALES


Oficiales navales de Honduras patrullan el río Patuca, el 21 de mayo de 2012. El 11 del mismo mes, en una misión conjunta de Estados Unidos y Honduras, un helicóptero atacó erróneamente a civiles. Credit Rodrigo Abd / AP Photo

ANNIE BIRD y ALEXANDER MAIN
WASHINGTON D. C. — Era una noche oscura y sin luna. Un pequeño barco de pasajeros casi había llegado al final de su viaje de seis horas corriente arriba cuando en lo alto aparecieron helicópteros y otro bote surgió. Se oyeron disparos y las balas alcanzaron a varios pasajeros. Hombres, mujeres y niños aterrados saltaron al agua mientras una ametralladora les disparaba desde un helicóptero. Cuatro personas murieron; entre ellos se encontraban dos mujeres y un niño de 14 años. Varios más resultaron heridos.

Pudo haber sido otra escena trágica y sangrienta en Siria, Sudán del Sur u otro lugar postrado por la guerra. Pero este terrible incidente ocurrió en la tranquila comunidad de indígenas Miskitos en Ahuas, Honduras, durante una misión de combate al narcotráfico en la que participaron agentes de la Administración para el Control de Drogas (DEA, por su sigla en inglés), una unidad policiaca de Honduras, validada por Estados Unidos, y helicópteros del Departamento de Estado artillados con ametralladoras.

La policía hondureña y la DEA declararon que en el bote de pasajeros viajaban narcotraficantes que dispararon primero. Sin embargo, los lugareños relataron una historia distinta, diciendo que se trataba de un taxi acuático con civiles desarmados sin vínculos con el narcotráfico.

Semanas más tarde viajamos a Ahuas y trabajamos con defensores de derechos humanos hondureños para recabar los testimonios de los pasajeros. Una madre desconsolada narró cómo mataron a tiros a su hijo adolescente frente a ella. Una enfermera nos contó sobre su hermana muerta, quien estaba embarazada, y sus esfuerzos para cuidar a su sobrina y su sobrino huérfanos.

Los testimonios que reunimos indican que los pasajeros se encontraban en el río por razones legítimas. Los recuentos de varios testigos señalaron que los agentes de la DEA dirigieron la operación. En Washington, los portavoces de la DEA y del Departamento de Estado insistieron en que la operación había sido encabezada por Honduras y que los agentes antinarcóticos dispararon en defensa propia.

Cinco años más tarde, la versión de los funcionarios estadounidenses fue refutada por completo a través de una investigación gubernamental en la que se examinó el tiroteo de Ahuas y otros dos incidentes letales con armas en Honduras.

El informe, publicado en mayo por los inspectores generales de los Departamentos de Estado y Justicia, ofrece una perspectiva sorprendente al hermético mundo de la ayuda para la seguridad por parte de Estados Unidos en Centroamérica.

Los inspectores no encontraron evidencia creíble de que quienes viajaban en el pequeño barco hubieran disparado. El testimonio del testigo de la DEA, en el que se insinuó lo contrario, no resultó en absoluto fiable, como ya lo sabían los funcionarios.

La unidad de policía hondureña, validada por Estados Unidos, no estaba “altamente capacitada y validada”, como lo afirmaron los funcionarios y, en realidad, los agentes de la DEA “mantuvieron el control principal” de la misión. Un artillero hondureño de uno de los helicópteros abrió fuego después de que los agentes estadounidenses se lo ordenaron.

Además, los inspectores descubrieron que funcionarios de la DEA y del Departamento de Estado despistaron deliberadamente al Congreso y siguieron citando supuestas evidencias para respaldar su testimonio, a pesar de estar conscientes de que éstas no eran cabales. También se rehusaron a cooperar con investigadores del Departamento de Estado que intentaban establecer los hechos del tiroteo de Ahuas.

Aunque gracias al informe de los inspectores generales se descubrieron las deplorables irregularidades cometidas por agentes policiales y funcionarios del gobierno de Estados Unidos, el análisis también deja sin respuesta algunas preguntas importantes.

Primero: ¿acaso los hallazgos de esta investigación reflejan patrones de comportamiento más amplios dentro de las instituciones estadounidenses que se dedican a la “guerra contra el narcotráfico” en el extranjero?

Aunque las unidades involucradas en la misión de Ahuas se han disuelto, muchos de los atroces actos documentados en la investigación implican a funcionarios estadounidenses de rangos medio y alto. El subsecretario actual de Asuntos Internacionales de Narcóticos y Aplicación de la Ley (INL, por su sigla en inglés) insistió mucho en que la DEA no cooperara con los investigadores y dijo que la investigación sería “engavetada”.

Segundo: ¿qué tan efectivo es el enfoque de “mano dura” y de militarización que acompaña la política antidroga y de seguridad que Estados Unidos impulsa en la región?

Dado el hermetismo que rodea a muchos programas de seguridad, es casi imposible evaluar su efectividad. Cientos de millones de dólares de fondos del gobierno de Estados Unidos se han destinado a la región a través de la opaca Iniciativa de Seguridad Regional de Centroamérica (Carsi, por su sigla en inglés) pero poco se conoce acerca del destino final y el impacto de estos fondos. Ahora, la ayuda para la seguridad en Centroamérica podría resultar aun más militarizada y menos transparente, pues la administración actual buscará que el financiamiento y las responsabilidades estén cada vez más en manos del Pentágono en vez del Departamento de Estado.

Aunque hay poca evidencia de que el enfoque actual haya detenido el flujo de drogas y haya reducido la violencia y otros factores que impulsan la migración de centroamericanos a Estados Unidos, no cabe duda de que ha contribuido en gran medida al tremendo sufrimiento de los habitantes de la región.


Una investigación reciente de ProPublica reveló que decenas fueron asesinados en Allende, México, después de que agentes de la DEA compartieron información confidencial acerca de un cartel de la droga con una unidad mexicana de policía, validada por Estados Unidos, la cual tiene una tendencia notoria a filtrar información. La misma DEA no ha investigado este incidente.

El aumento de fondos para la seguridad de Centroamérica por parte de Estados Unidos se ha unido a una mayor militarización, así como a reportes sobre la participación de las fuerzas de seguridad en el crimen organizado y en terribles abusos a los derechos humanos. Esto es particularmente cierto en Honduras, donde el ministro de Seguridad del país está presuntamente involucrado en el narcotráfico y militares entrenados por Estados Unidos hace poco estuvieron implicados en el asesinato de la renombrada activista ambiental Berta Cáceres. Decenas de legisladores estadounidenses han pedido la suspensión de cualquier ayuda de seguridad a Honduras.

Es hora de que el congreso y los estadounidenses echen un mejor vistazo a la asistencia de seguridad y reconsideren las políticas que impulsan la costosa guerra contra el narcotráfico por parte de Estados Unidos en la región. Las preguntas que plantea la investigación de los inspectores generales son un buen punto de inicio.

El congreso debe llevar a cabo su propio análisis exhaustivo de la efectividad de los programas de seguridad de Estados Unidos en América Latina, así como el sistema de unidades policiacas validadas por el país. Los legisladores también deben exigir información más detallada acerca de Carsi y otros programas poco transparentes, además de requerir que los parámetros con los que se mide el impacto de estos se hagan públicos.

Finalmente, el congreso debe considerar más investigaciones sobre el encubrimiento por parte de INL y la DEA en torno al tiroteo de mayo de 2012 y asegurar que los mecanismos de rendición de cuentas estén vigentes para prevenir que funcionarios de estas agencias actúen fuera del escrutinio. Los sobrevivientes y las familias de los difuntos deben recibir las indemnizaciones correspondientes. Además, deben considerarse sanciones contra quienes intentaron que el congreso y el pueblo no supieran lo que de verdad sucedió esa noche en Ahuas.

Annie Bird es directora de la Comisión de Derechos Humanos de Guatemala en Washington. Alexander Main es analista de política internacional en el Center for Economic and Policy Research.

(THE NEW YORK TIME/ANNIE BIRD y ALEXANDER MAIN /1 de julio de 2017)


‘HAY UN DESEQUILIBRIO DE PODER ENORME’: MUJERES HABLAN DEL ACOSO SEXUAL EN SILICON VALLEY


Rachel Renock, la presidenta ejecutiva de Wethos, al centro, con sus socias Claire Humphreys, a la izquierda, y Kristen Ablamsky Credit Sasha Maslov para The New York Times


KATIE BENNER
Una emprendedora narró cómo un inversionista de Silicon Valley le hizo proposiciones sexuales cuando buscaba empleo con él, mismo que no consiguió tras haberlas rechazado. Otra mostró mensajes cada vez más sugerentes que había recibido de un inversionista en empresas emergentes. Y una presidenta ejecutiva describió cómo había encarado diversos comentarios sexistas que hizo un inversionista durante la recaudación de dinero para el sitio web de su comunidad en línea.

Lo que sucedió después fue igual de perturbador, las mujeres le contaron a The New York Times. Muchas veces, las compañías de inversión ignoraron o minimizaron los hechos cuando fueron notificadas. Decir algo, se les advirtió a las mujeres, podría conducir al ostracismo.

Ahora algunas de ellas han decidido asumir el riesgo. En los últimos días, más de dos decenas de mujeres en el sector de las empresas emergentes de tecnología hablaron con The New York Times sobre ser víctimas de acoso sexual. Diez de ellas nombraron a los inversionistas involucrados, la mayoría proporcionó los mensajes y correos electrónicos para corroborar sus afirmaciones, y señalaron a capitalistas de riesgo de alto perfil, como Chris Sacca de Lowercase Capital y Dave McClure de 500 Startups.

Las revelaciones se produjeron después de que el sitio de noticias tecnológicas The Information reportó que un capitalista de riesgo, Justin Caldbeck de Binary Capital, asedió a emprendedoras. Los nuevos relatos subrayan cómo el acoso sexual en el ecosistema de las empresas emergentes tecnológicas va más allá de una sola compañía, es generalizado y está arraigado. Ahora, el hablar públicamente indica un cambio cultural en Silicon Valley, donde se había murmurado sobre tal comportamiento predatorio, pero nunca se había expuesto.

El sector tecnológico en Estados Unidos ha padecido de un desequilibrio de género desde hace mucho tiempo, y compañías como Google y Facebook han reconocido que hay pocas mujeres en sus filas. Algunas ingenieras han empezado a hablar sobre el problema, incluida una ingeniera que estuvo en Uber y que detalló un patrón de acoso sexual en la empresa, lo cual desencadenó investigaciones internas que llevaron a la renuncia de su director ejecutivo, Travis Kalanick, en junio.

Las revelaciones sobre Caldbeck de Binary Capital han desencadenado la indignación. Se ha acusado al inversionista de acosar sexualmente a las emprendedoras cuando estuvo trabajando en tres entidades de capital de riesgo en los últimos siete años, con frecuencia durante las reuniones en las que las mujeres le estaban presentando sus compañías.

Varios capitalistas de riesgo y tecnólogos de Silicon Valley, incluido Reid Hoffman, uno de los fundadores de LinkedIn, condenaron el comportamiento de Caldbeck la semana pasada y llamaron a que los inversionistas firmen una “promesa de decencia”. Desde entonces, Binary se colapsó con la salida de Caldbeck de la firma y debido a que algunos inversionistas retiraron su dinero.

La cadena de acontecimientos ha empoderado a las mujeres para hablar públicamente sobre el trato que dijeron que han aguantado por parte de los inversionistas en tecnología.

“Las emprendedoras son una parte crítica del tejido de Silicon Valley”, notó Katrina Lake, una fundadora y presidenta ejecutiva de Stitch Fix —una empresa emergente de venta de ropa en línea—, quien fue una de las mujeres a las que acosó Caldbeck. “Es importante exponer el tipo de comportamiento que se ha reportado en las últimas semanas, para que la comunidad pueda reconocer y abordar estos problemas”.

La experiencia de las mujeres ayuda a explicar por qué el ecosistema del capital de riesgo y las empresas emergentes –que apuntala al sector de la tecnología y ha generado compañías como Google, Facebook y Amazon– ha estado tan inclinado en términos de género.

La mayoría de los capitalistas de riesgo y los emprendedores son hombres. Las emprendedoras recibieron 1500 millones de dólares en financiamiento el año pasado, en comparación con 58.200 millones de dólares para los hombres, según datos de la firma PitchBook. Muchos inversionistas controlan un poder exagerado, ya que los emprendedores necesitan su dinero para convertir ideas e innovaciones en negocios. Y, debido a que el sector del capital de riesgo opera con pocos requisitos de divulgación, la gente ha guardado silencio sobre los inversionistas que se pasan de la raya con las emprendedoras.



Gesche Haas, una emprendedora quien afirmó que un inversionista le hizo propuestas sexuales. Él después se disculpó. Credit Sasha Maslov para The New York Times

Algunas de las emprendedoras que hablaron con The New York Times dijeron que frecuentemente los inversionistas o asesores las tocaron sin permiso.

En una reunión tecnológica, donde la mayoría de los asistentes eran hombres, en Las Vegas en el 2009, Susan Wu, una emprendedora e inversionista, dijo que Sacca, un inversionista y exejecutivo de Google, sin que ella lo consintiera, le tocó el rostro en una forma que la hizo sentirse incómoda. Wu dijo que Caldbeck también le hizo proposiciones sexuales cuando recaudaba fondos en 2010 y se esforzó mucho para evitarlo después, cuando se cruzaban en el camino.

“Hay un desequilibrio de poder tan enorme que es frecuente que las mujeres en el sector terminen en situaciones angustiosas”, señaló Wu.

Después de que The New York Times contactó a Sacca, él escribió en un blog: “Ahora entiendo que yo contribuí personalmente al problema. Lo lamento”. En una declaración a The New York Times, añadió que se sentía “agradecido con Susan y otras mujeres valientes que comparten sus historias. Tengo confianza en que el resultado de su valor será el tan esperado cambio y será duradero”.

Muchas de las mujeres también dijeron que creen tener capacidad limitada para hacer retroceder el comportamiento inapropiado porque es frecuente que necesiten el financiamiento, un empleo u otra ayuda.

En el 2014, Sarah Kunst, una emprendedora de 31 años de edad, dijo que habló sobre un posible empleo en 500 Startups, una incubadora de empresas emergentes en San Francisco. Durante el proceso de reclutamiento, McClure, uno de los fundadores e inversionista de esa compañía, le envió un mensaje por Facebook que, en una parte, decía: “Me estaba confundiendo al tratar de resolver si te contrataba o si te trataba de conquistar”.

Kunst, quien ahora maneja una empresa emergente para estar en forma, dijo que declinó el avance de McClure. Cuando, posteriormente, habló sobre el mensaje con uno de los colegas de él, 500 Startups terminó sus conversaciones con ella.

500 Startups dijo que McClure, quien no respondió a la solicitud para hacer comentarios, ya no estaba a cargo de las operaciones cotidianas tras una investigación interna.

“Después de tener conocimiento de ocasiones en las que Dave tuvo un comportamiento inapropiado con las mujeres en la comunidad tecnológica, hemos estado haciendo cambios internamente”, dijo 500 Startups. “Él reconoce que ha cometido errores y ha estado yendo a terapia para trabajar en abordar los cambios en su anterior comportamiento inaceptable”.

Rachel Renock, la presidenta ejecutiva de Wethos, describió una situación similar en la que enfrentó comentarios sexistas mientras buscaba el financiamiento para el sitio de su comunidad en línea. Mientras sus socias y ella estaban recaudando dinero en marzo, un inversionista les dijo que deberían casarse por el dinero, que a él le gustaba cuando las mujeres contraatacaban porque él siempre ganaba, y que su presentación necesitaba tener fotografías más atractivas de ellas.

Aguantaron los comentarios, dijo Renock, porque “no podían imaginarse un mundo en el que 500.000 dólares ya no estuvieran sobre la mesa”. Renock declinó mencionar el nombre del inversionista. Wethos recaudó esa cantidad de dinero de otra persona y sigue buscando financiamiento.

A algunas emprendedoras se les pidió que no hablaran sobre el comportamiento que habían experimentado.

En una competición de empresas emergentes en el 2014, en San Francisco, Lisa Curtis, una emprendedora, presentó su compañía de alimentos, Kuli Kuli, y le dijeron que su idea había ganado la mayor cantidad de aplausos del público, lo que le abría puertas para posibles inversiones. Al bajar del escenario, un inversionista de nombre Jose de Dios, dijo: “Claro que ganaste. Eres toda una ricura”. Curtis publicó después en Facebook sobre el intercambio y recibió una llamada de un inversionista distinto. Le dijo que si no quitaba la publicación, nadie en Silicon Valley le volvería a dar dinero, contó ella. Curtis borró la publicación. De Dios dijo en un boletín de prensa: “Yo no hice una observación difamatoria”.

Es frecuente que el cambio solo se dé cuando hay alguna revelación pública, dijeron algunas de las mujeres. En el caso de Caldbeck y Binary, el inversionista y la empresa se han disculpado, al igual que el anterior empleador de Caldbeck, la empresa de capital de riesgo, Lightspeed Venture Partners, que había recibido quejas de él.

“Lamentamos no haber tomado acciones más estrictas”, dijo Lightspeed recientemente en Twitter. “Ahora está claro que debimos haber hecho más”.

(THE NEW YORK TIME/ KATIE BENNER /4 de julio de 2017)


LA AMAZONÍA ESTÁ EN REMATE


Un camión avanza a través de un área de la selva amazónica recientemente deforestada en el estado de Rodonia, el 28 de junio. Entre agosto de 2015 y julio de 2017, la deforestación ha aumentado 29 por ciento en la Amazonía brasileña. Credit Mario Tama/Getty Images

CAROL PIRES
RÍO DE JANEIRO – Los grupos de presión ruralista de Brasil ya no necesitan presionar tanto al gobierno. En buena medida, han conseguido lo que tanto han buscado: ocupar importantes cargos de poder en Brasilia. En 2014, los brasileños eligieron no solo el congreso más conservador del país desde el fin de la dictadura, sino también el más dominado por el frente parlamentario agropecuario –suma 230 de los 513 diputados–, la más eficiente de las agremiaciones legislativas.

Tras apoyar el proceso de destitución de Dilma Rousseff y con Michel Temer como presidente, ese sector conservador dominó por completo el gobierno. Desde entonces, hemos asistido a una ofensiva contra las conquistas sociales –y ahora ambientales– de la última década.  El ministro de Agricultura, Blairo Maggi, ganador en 2005 del premio Motosierra de Oro –entregado por Greenpeace en protesta contra la destrucción medioambiental–, es considerado el mayor productor individual de soja del mundo. Y el de Medioambiente, Sarney Filho, quien debería ser su contrapeso en el gobierno, ha dicho recientemente, sin el menor pudor, que “solo Dios” –no las políticas públicas– puede frenar la deforestación de la Amazonía.

Temer, quien ha sido evaluado como malo o pésimo por el 69 por ciento de los brasileños en encuestas recientes, ya enfrentaba dificultades para negociar apoyo parlamentario para sus reformas laboral y de pensiones, demasiado impopulares para ser aprobadas a solo un año del inicio de la campaña presidencial de 2018. Ahora, a causa del agravamiento de la crisis política y arrinconado por denuncias de corrupción, el presidente paga cada vez más caro el apoyo para sustentarse. Y parte del precio ha sido rematar la selva amazónica a los parlamentarios ruralistas que dominan el congreso.

En diciembre, el gobierno de Temer firmó una medida provisoria (una suerte de decreto presidencial que debe ser ratificado por el congreso) transformando 305.000 hectáreas de la Floresta Nacional de Jamanxim, en Pará, en un Área de Protección Ambiental, o APA. Aunque el nombre suene promisorio, la medida esconde un retroceso. La calificación de floresta nacional es una de las más altas categorías de preservación en Brasil y la ocupación de tierras de la floresta está prohibida. El Área de Protección Ambiental tiene, en cambio, un nivel de protección mucho menor, porque permite la explotación comercial de las tierras. En otras palabras, la medida podría permitir legalizar sus actividades a quienes hoy ocupan y explotan ilegalmente esa región amazónica.

El proyecto, que ya era malo, pasó por el análisis de diputados y senadores y terminó por ser tan distorsionado y perjudicial como lo es el actual congreso. Además de aumentar el área que pasaría de floresta nacional a área de preservación de 305.000 a 600.000 hectáreas, los legisladores aprovecharon para incluir una enmienda completamente ajena al proyecto original, reduciendo también 10.000 hectáreas del Parque Nacional de São Joaquim, en Santa Catarina; está tan lejos del Jamanxim como España de Bielorrusia. O sea: para avanzar con su desarrollo a cualquier costo, los diputados muestran que quieren hacer en otras regiones lo que están haciendo con Jamanxim.

Recientemente, en respuesta a un pedido de Gisele Bündchen, la  modelo más famosa de Brasil, Temer anunció por Twitter que había anulado las medidas. En ese mismo mensaje, arrobó a la cuenta de WWF, como si diera buenas noticias para el medioambiente. El presidente parece haberse olvidado que el proyecto original lo envió él. Mejor sería no haberlo hecho nunca. Porque con el proyecto envió también el mensaje de que está dispuesto a ceder ante los grupos de presión y a absolver a quienes invaden y deforestan la selva. Además, Temer ya había negociado con la bancada ruralista que el contenido vetado será presentado otra vez. El único cambio es que la paternidad de este retroceso en el campo de la protección ambiental pasó del poder ejecutivo al legislativo.

El 68 por ciento de toda la actividad ilegal en las áreas protegidas de la Amazonía ya se concentra en el Jamanxim. Un reportaje de Folha de S. Paulo denunció que el mayor beneficiado con la medida de Temer sería Ubiraci Soares da Silva, alcalde de Novo Progresso, quien ha sido sancionado con 571.000 dólares en multas por crímenes ambientales.



Una chimenea echa humo de madera usada como carbón en una sección de la Amazonía brasileña recientemente deforestada, en Arquímedes, en el estado de Rodonia, el 26 de junio Credit Mario Tama/Getty Images

Con la disminución del grado de protección en Jamanxin, el Instituto de Investigación Ambiental de la Amazonía (IPAM, por su sigla en portugués) prevé una deforestación de 280.000 hectáreas, que causarían la emisión de 140 millones de toneladas de carbono hasta 2030. De acuerdo con Ciro Campos, vocero del instituto Socioambiental (ISA), hay que tomar en cuenta que la deforestación del medioambiente funciona como una bolsa de valores: los criminales invaden las tierras si ven en el futuro una oportunidad de legalizarlas. Con este congreso, las oportunidades son más reales que nunca.

Por ejemplo: a mediados de junio, el congreso aprobó nuevas normas que también debilitan las exigencias ambientales al permitir la regularización de tierras ocupadas de manera irregular –incluso en áreas protegidas de la Amazonía, donde ahora habitan voraces latifundistas–. Y medidas peores que esa se avecinan. Con la excusa de destrabar el desarrollo económico, la bancada ruralista presentó un proyecto para acabar con la obligatoriedad de obtener licencias ambientales para obras como el asfaltado de carreteras y la agricultura extensiva.

Si a Dilma Rousseff no le importaba el medioambiente, el gobierno que la remplazó menos aún. De hecho, acelera la marcha en reversa. En el último año, la deforestación de la Amazonía avanzó el 30  por ciento. El asunto había tenido poca repercusión hasta que Temer y sus ministros viajaron en visita oficial a Noruega. Allá, hicieron pasar vergüenza al país. Ante este retroceso, Noruega anunció un recorte del 50 por ciento de sus aportes al Fondo Amazonia, de quien era el mayor financiador.

Cuando fue denunciado por corrupción por la procuraduría general, Temer dijo: “Nada nos destruirá ni a mí ni a nuestros ministros”. Para sostener un gobierno que carece de solvencia y que quizá no dure mucho, ha puesto en riesgo la supervivencia de la floresta y, como resultado, la de todos nosotros. La solución inmediata sería la caída de todo ese gobierno, sin legitimidad popular ni condiciones éticas para seguir. Pero mientras siga ahí, la comunidad internacional debe poner presión directa sobre él para que no se siga debilitando la protección de la Amazonía.

Cuando Temer anunció su veto, se dirigió a Gisele Bündchen, quien vive en Estados Unidos. De modo semejante, el aumento de la deforestación solo ha recibido la debida atención de la prensa después de la sanción de Noruega. Puede ser fastidioso para un extranjero acompañar los asuntos de Brasil después de dos años de ininterrumpida crisis política, pero ahora el tema es de todos. Mientras el mundo debate cuál será el impacto ambiental del anuncio de Donald Trump de retirar a Estados Unidos del Acuerdo de París, en Brasil, sin mucho alboroto, el pulmón vegetal del mundo ha sido puesto en remate.

Carol Pires es reportera política y colaboradora regular de The New York Times en Español. Vive en Río de Janeiro.

(THE NEW YORK TIME/ CAROL PIRES 4 de julio de 2017)



LOS HEREDEROS DE BERTA CÁCERES

En vez de instalar el temor, el asesinato de la líder ambientalista fortaleció su legado: las comunidades lencas en Honduras se siguen organizando para luchar por sus territorios y su segunda hija, Bertha Zúñiga Cáceres, se ha convertido en una de las dirigentes de este movimiento.


JOSEPH ZÁRATE/NYT
RÍO BLANCO, Honduras — Bertha Zúñiga supo desde niña que defender un río o un pedazo de tierra podía ser una ocupación mortal. Lo supo a través de su madre, que marcó los recuerdos de su infancia: mamá en televisión denunciando la corrupción del gobierno durante una protesta; mamá llegando de noche con el brazo morado por el garrotazo de un policía; mamá vigilada por un extraño en un coche sin matrícula.

“Ser hija de Berta Cáceres a veces era muy agobiante. Era tan frecuente el peligro, que se volvió normal vivir así”, dice ahora Zúñiga, junto a un altar de flores rojas. “En un momento pensé: ‘Ojalá mamá se dedicara a otra cosa’. Luego comprendí que el mundo necesita gente como ella”.

Es una mañana calurosa de sábado, 4 de marzo de 2017, día en que Berta Cáceres, la activista más reconocida de Honduras, hubiera cumplido 46 años. En la comunidad de Río Blanco, a tres horas en auto desde La Esperanza, el pueblo donde Cáceres nació, decenas de comuneros, activistas extranjeros y periodistas se han reunido a la sombra de un roble de casi cien años: aquí es donde Cáceres reunía a los indígenas lencas para organizar la resistencia contra el proyecto de una represa que iba a secar el Gualcarque, un río sagrado para ellos.

Ahora, bajo el mismo roble, la única de sus hijas que heredó su nombre la recuerda.

Zúñiga tiene 26 años, pero si le viera caminar por la calle, alguien podría confundirla con una adolescente muy seria que aún no termina la secundaria. Su apariencia frágil engaña: a su edad es licenciada en Educación graduada en Cuba y, a fines de mayo de este año, fue elegida como coordinadora general del Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras (Copinh), la organización que su madre fundó y lideró hasta el 2 de marzo de 2016: el día en que dos intrusos armados entraron a su casa cerca de la medianoche y la mataron a balazos.

“Mi madre no murió, sino que fue puesta en esta tierra como una semilla”, dice Zúñiga frente a una muchedumbre que celebra su metáfora. Una anciana quema copal y murmura un rezo mientras el humo se expande entre las banderolas del Copinh y la gente que lleva camisetas con el rostro de la activista. Los niños dejan velas encendidas junto al altar que tiene un cuadro con su retrato más famoso: el que los medios del mundo difundieron en 2015 cuando Berta Cáceres recibió el premio Goldman, considerado el nobel ambiental, por su lucha en defensa del territorio lenca, la etnia más numerosa de las ocho que habitan Honduras.

“No solo querían matarla, querían descabezar la organización, desaparecerla”, dice Zúñiga. “Pero se equivocaron”.

Hay quienes la llaman “la heredera”, pero a ella no le gusta el título. “No me siento ‘la heredera’ de mi madre, porque las luchas son colectivas”, dice Zúñiga.

Para Berta Cáceres, algunas luchas y sus diferentes enemigos —la explotación de la naturaleza, el racismo, la discriminación sexual, la opresión de las mujeres— eran una sola. Cáceres se preocupó de organizar talleres para que los lencas conocieran sus derechos. Les daba información de cómo las represas habían afectado a otros pueblos en el mundo, como en Guatemala y Brasil. Creó un albergue para mujeres que eran maltratadas por sus maridos y un área dentro del Copinh para proteger los derechos de la comunidad LGBT, algo inusual en las organizaciones indígenas de América Latina.

“Gracias a Berta pude identificarme públicamente como gay, a sentirme bien conmigo mismo”, dice José Gaspar Sánchez, de 24 años, coordinador de Diversidad Sexual y uno de los líderes principales del Copinh. “Berta también sufrió violencia machista en su hogar. Por eso luchó para sacar esa mentalidad de las comunidades”, dice Lilian López, de 42 años, discípula de Cáceres y hoy coordinadora de las Mujeres en la organización. “La compa se llenaba de ira al ver que los autoridades, los empresarios, hasta algunos familiares insinuaban que ser indígena es ser ignorante”, dice Tomás García, dirigente lenca que asumió el cargo de Cáceres inmediatamente después de su muerte. “Con ella iniciamos un ‘proceso emancipatorio’ y no vamos a parar”.

A un año del homicidio de Cáceres, los dirigentes del Copinh y las casi 200 comunidades que agrupa en varios distritos y provincias, continúan en ese trabajo. Y ahora Bertha Zúñiga, su hija, ha decidido abrazar ese legado.

Desde que su madre murió, Zúñiga decidió dejar por un tiempo la maestría en Estudios Latinoamericanos que cursaba en Ciudad de México para trabajar a tiempo completo en el Copinh y seguir de cerca las investigaciones del homicidio de su madre. Un crimen que, según Zúñiga, solo muestra señales de continuar impune.



Un hombre lenca durante la vigilia por el primer aniversario del asesinato de Berta Cáceres en La Esperanza, departamento de Intibucá, en marzo de 2017 Credit Oswaldo Rivas para The New York Times

Hasta junio de 2017, ocho hombres han sido acusados de su asesinato: algunos están vinculados con el ejército hondureño y dos de ellos tienen relación con la compañía Desarrollos Energéticos S. A. (DESA), dueña de la represa. La empresa ha negado “cualquier vinculación con hechos de violencia o intimidación en contra de cualquier persona” en relación con este caso.

El proceso judicial, sin embargo, tiene un velo de sospecha: el expediente fue robado dos veces y la fiscalía lanzó acusaciones sobre luchas de poder internas en el Copinh, deslizando la posibilidad de que el autor del crimen fuera alguno de sus miembros.
Zúñiga dice que no le sorprende: hay periodistas y troles de internet que cuelgan videos difamando al Copinh y a ella, diciendo que se aprovecha del nombre de su madre, que ella y sus hermanos se pasean por el mundo desprestigiando a Honduras, que se aprovecha de la pobreza del pueblo lenca para enriquecerse.

“Mi madre nos advirtió de todo lo que se venía”, dice Zúñiga. “Ella decidió asumir el costo más alto. Ahora estamos preparados para asumir el nuestro”.

‘QUIEREN LLENARNOS DE TERROR’

La figura de un padre o una madre que han dado su vida por una causa siempre marca a sus descendientes: hay quienes huyen de ese legado y quienes sienten la necesidad de asumir esas luchas.

La brasileña Elenira Mendes, hija del ambientalista Chico Mendes, creó un instituto para continuar con la lucha de su padre luego de su asesinato. El peruano Víctor Pío, hijo de un respetado jefe asháninka, vive amenazado por asumir el liderazgo de su comunidad luego de que traficantes de madera acribillaran a su padre, quien llevaba veinte años pidiendo la titulación de sus tierras. El mexicano Isidro Baldenegro, hijo de un líder tarahumara, tomó el puesto de su padre cuando unos sicarios lo mataron por defender los bosques de su etnia. En enero de 2017, Baldenegro —quien recibió el Premio Goldman al igual que Cáceres— fue asesinado igual que su padre.



La tumba de Berta Cáceres en La Esperanza, con las flores que amigos y familiares le dejaron por el primer aniversario de su muerte, en marzo de 2017 Credit Oswaldo Rivas para The New York Times

Los cuatro hijos de Cáceres no tomaron la bandera de su madre por un arrebato de heroísmo: aprendieron a querer y respetar las luchas sociales desde niños.

En las fotos familiares, una Berta Cáceres veinteañera aparece cargando en hombros a alguna de sus hijas durante las marchas. Su hijo menor, Salvador —22 años, estudiante de Medicina en Argentina—, casi nace dentro de un taxi cuando ella se dirigía a una protesta. Cuando eran niños Cáceres solía leerles cuentos sobre el racismo, la guerra y el cuidado de la naturaleza. Aprendían juntos las canciones de Silvio Rodríguez, Mercedes Sosa y cantos indígenas. En las asambleas del Copinh tomaban fotos, ayudaban en la cocina, organizaban la radio comunitaria.

Bertha Zúñiga cuenta que solían pasar semanas enteras en las comunidades lencas. Para Cáceres era crucial que ellos conocieran cómo vivían los chicos indígenas. Que supieran por qué ellos no iban a la escuela, por qué sus padres tenían que partirse la espalda en los campos por menos de 2,50 dólares al día; por qué Honduras tiene los niveles más altos de desigualdad de América Latina: cerca de seis de cada diez hogares de las zonas rurales viven en pobreza extrema.

‘A veces no quería enterarme de todo eso, pero ella nunca dejó que viviéramos indiferentes a esa realidad’.

LAURA ZÚÑIGA, HIJA DE BERTA CÁCERES

“A veces no quería enterarme de todo eso, pero ella nunca dejó que viviéramos indiferentes a esa realidad”, dice Laura Zúñiga, de 24 años, estudiante de Obstetricia en Buenos Aires.

Ella, al igual que sus hermanos, participó de movimientos estudiantiles y marchó junto a su madre para defender los derechos de las comunidades lencas. Durante las protestas, Cáceres les enseñaba también cuándo agacharse para no respirar el gas lacrimógeno que arrojaban los policías, qué distancia mantener de ellos para que no los arrestaran, cuándo correr y protegerse de las balas.

“Pero luego nos comenzamos a meter demasiado, al punto de no querer ir a estudiar, y Berta no nos soportaba dentro”, recuerda Olivia Zúñiga, de 27 años, abogada y candidata a diputada al Congreso Nacional de Honduras por el Partido Libre. La hija mayor de la activista cuenta que, durante el golpe de Estado a Manuel Zelaya en 2009, ella salía a escondidas a alguna toma de universidad o a marchas donde era seguro que ocurrieran enfrentamientos con policías y militares. Debido al peligro, Cáceres recibió apoyo de organizaciones internacionales para que tres de sus hijos estudiaran fuera de Honduras.

“Queríamos ser como ella”, dice Olivia Zúñiga. “Y mi madre entendía, pero no quería exponernos. De algún modo éramos su punto débil”.

Berta Cáceres sabía que, al menos en su país, las luchas sociales nunca fueron un asunto de sosegados idealistas.

Honduras es considerada el lugar más peligroso en el mundo para los activistas ambientales. Este país, donde ocho de cada diez homicidios quedan impunes, tiene la mayor cifra per cápita de asesinatos de activistas. Según Global Witness, 123 activistas hondureños han sido asesinados en los últimos siete años. Y esa cifra solo registra los casos conocidos.

De todas esas muertes, la de Cáceres fue la más sonada, la que ocupó titulares internacionales. Su asesinato, sin embargo, era solo un eslabón en una cadena de crímenes que venía de años atrás en el país. Las víctimas eran indígenas lencas, miembros del Copinh que también se oponían a la construcción de la represa en Río Blanco.



Un hombre lenca durante el acto por el primer aniversario del asesinato de Berta Cáceres en la comunidad de Río Blanco, en el departamento de Intibucá Credit Oswaldo Rivas para The New York Times

En 2013 un soldado mató a balazos al dirigente Tomás García durante una marcha contra la empresa DESA. En 2014 mataron a William Jacobo Rodríguez y, meses después, a su hermano de 15 años. El mismo año, el activista Juan Francisco Martínez fue asesinado y arrojado al río. En 2016, días después del asesinato de Cáceres, mataron de un disparo en el rostro a Nelson García cuando volvía a casa tras el desalojo de una comunidad por parte del ejército. Meses más tarde, Lesbia Janeth Urquía, otra activista del Copinh, fue encontrada muerta en una escombrera.

“No tenemos a dónde acudir, no tenemos ninguna confianza en el sistema de justicia”, dijo Berta Cáceres en 2013, ante Amnistía Internacional. “En Honduras defender los derechos humanos es un crimen, quieren llenarnos de terror”.

Antes de ser asesinada, Cáceres denunció 33 amenazas de muerte ante el Ministerio Público. Eran llamadas anónimas, correos electrónicos, mensajes de texto o amenazas directas de agentes de seguridad. Sus familiares cuentan que la activista tuvo la opción de refugiarse un tiempo en Estados Unidos donde reside una de sus hermanas, pero la rechazó. Comenzó a preocuparse en serio cuando las amenazas fueron más allá de ella y de su organización, y alcanzaron a su madre, a sus hijos y a su nieto de seis años.

‘NO SOY CRIADA DE NADIE’

Tres semanas antes de que le dispararan, Berta Cáceres decidió dejar la casa de su madre en el barrio El Calvario y mudarse a una casa de una planta en El Líbano, un barrio rodeado de lomas verdes, a las afueras del pueblo. Sus amigos le decían que era peligroso mudarse a un lugar tan apartado. Cáceres insistía que allí estaría más tranquila. Quería proteger a su familia.



La casa donde fue asesinada Berta Cáceres en La Esperanza, en el departamento de Intibucá Credit Oswaldo Rivas para The New York Times

“Había una carga terrible sobre ella”, recuerda Austra Bertha Flores y cuenta que su hija visitaba a un médico para que la ayudara a sobrellevar la presión. “Ante los demás no lo demostraba, pero yo la sentía con mucho temor. Decía: ‘Cualquier ratito me van a doblar estos hijos de puta’”.

La madre de Berta Cáceres tiene 84 años, una trenza larga y plateada hasta la cintura y el semblante de una abuela paciente. Enfermera de oficio, ha asistido más de cinco mil partos a lo largo de su vida. El pueblo admiraba tanto su labor que la eligió alcaldesa de La Esperanza en tres ocasiones. También fue gobernadora de Intibucá y diputada del Congreso Nacional en tiempos en que las mujeres en Centroamérica difícilmente tenían acceso a la vida política.

Sentada en la sala de su casa, hoy vigilada por unos policías armados con rifles, doña Austra Bertha recuerda los días en que su hija se encerraba en la oficina de muebles viejos que llamaba “la ratonera”, estudiando documentos y bebiendo café tostado con pimienta, como se acostumbra en la Honduras rural. O llegando de noche con una mochila con su laptop y papeles del Copinh, quejándose de un dolor punzante en la espalda. Eran hernias que, por falta de tiempo y dinero, no podía tratar.



Austra Berta Flores, madre de Berta Cáceres, en su casa en La Esperanza, departamento de Intibucá, en marzo de 2017 Credit Oswaldo Rivas para The New York Times

La activista más reconocida de Honduras solía decir que no solo había heredado el nombre de su madre, sino también su vocación social. Berta Cáceres era una niña cuando recorrían juntas las comunidades lencas para atender a las parturientas. Ella calentaba agua en una olla, le alcanzaba a su madre las jeringas y las pinzas, alumbraba la cabaña con una vela. También llevaba medicinas y alimentos hasta los campos de refugiados salvadoreños que su madre apoyaba. Uno de sus hermanos mayores había sido guerrillero en Nicaragua y había vivido en la Unión Soviética. Berta admiraba a ese hermano. Quería ser como él.

En casa a nadie le sorprendía que cada año la eligieran dirigente estudiantil. Cáceres procuraba destacar en lo que hiciera: desde participar en debates políticos hasta en certámenes de belleza del pueblo, como la Feria de la Papa y Señorita Municipalidad. La activista que vestía camisas sueltas y jeans gastados, en las fotos de su adolescencia aparece sonriente con elegantes vestidos satinados, capas rojas y tocados de plumas multicolores. Nunca ganó la corona; solo el segundo lugar: el de princesa. “Pero era una princesa bien peleona”, cuenta su madre: “Le daba patadas a sus hermanos”. Ellos se enojaban cuando Berta se negaba a servirles la comida. Esperaban eso de ella por ser mujer. “No joda”, les contestaba, “no soy criada de nadie”.

“Lo que más me atrajo de ella fue su carácter y su valor, era una mujer sumamente irreverente, aunque podía ser bastante autoritaria”, recuerda Salvador Zúñiga, su ex esposo y padre de sus hijos. Berta Cáceres tenía 17 años cuando se casaron y tuvieron a Olivia. Cáceres se había graduado del instituto como maestra de primaria, pero no buscaba el cambio social en un salón de clase.

Cuando Olivia cumplió un año, Cáceres y Zúñiga, jóvenes de izquierda, fueron llamados a unirse a las filas de la Resistencia Nacional en El Salvador. Salvador cuenta que le pidió a Berta que se quedara en el pueblo a cuidar a la bebé mientras él iba solo al frente. Ella se rehusó. “¿Por qué no te quedás cuidando a la niña vos y yo me voy?”, recuerda que le dijo. Fue inútil que él insistiera: dejaron a la niña con una tía y viajaron juntos para unirse a la guerrilla.

Tras la firma de los Acuerdos de Paz en El Salvador, la pareja regresó a Honduras. Con esa experiencia revolucionaria ayudaron a organizar las comunidades, a plantear una estrategia en tiempos de paz. En 1993, mientras criaban a tres niñas, fundaron el Copinh bajo la bandera de una nueva lucha: defender el medioambiente y reivindicar la identidad indígena.



Una mujer lenca junto a su hijo durante el aniversario del asesinato de Berta Cáceres en la comunidad Río Blanco, en marzo de 2017 Credit Oswaldo Rivas para The New York Times

Cáceres solía decir que su bisabuela era lenca. En una de las paredes de “la ratonera” todavía puede verse colgado el viejo retrato que la activista conservaba de ella. “Nuestra familia se mezcló”, dirá doña Austra Bertha, “pero ella abrazó esa identidad”.

“Yo soy lenca, soy indígena”, solía decir en público. Y para Cáceres no había declaración política más poderosa que esa.

‘MI VIDA LA TENGO DISPUESTA’

Por mucho tiempo los lencas parecían una etnia destinada a desaparecer. Durante cinco siglos las élites del poder en Honduras —los colonos españoles, los hacendados criollos, los dueños de corporaciones— arrebataron las tierras más fértiles de los valles, arrinconando a los lencas hacia las laderas de las montañas. Familias enteras abandonaron sus aldeas y migraron a otros pueblos y ciudades en busca de un mejor futuro. Olvidaron su lengua y dejaron sus costumbres para que no los discriminaran.

“Antes no teníamos rituales ni quemábamos copal ni hacíamos altares, ¿sabe?”, dice Rosalina Domínguez, 46 años, discípula de Cáceres y una de las principales líderes de la comunidad Río Blanco. “Éramos lencas, pero la cultura la habíamos perdido”.

Domínguez recuerda que al inicio del conflicto con DESA y su proyecto de represa había comuneros que negaban ser lencas ante el alcalde por temor a que no los escucharan. En momentos así, dice, ella sentía un fastidio que parecía llevar dentro desde hacía mucho.

Tal vez por eso, cuando Berta Cáceres llegó a la comunidad de Río Blanco en 2009, algunos pobladores dudaron al verla: les parecía raro que una mestiza de piel más clara que la de ellos, que hablaba un castellano fluido, dijera ser indígena con orgullo.

“Para Berta ser indígena no era cuestión de sangre”, dice Bertha Zúñiga, a la sombra del viejo roble. “Ser lenca es hacer tuya la lucha ancestral de las comunidades, es asumir un modo de ver y estar en el mundo”.

De ahí que no bastara con preparar políticamente a la comunidad de Río Blanco. A través del Copinh llevó a unos ancianos mayas de Guatemala a Honduras para que les enseñaran sobre los espíritus del río, a utilizar las hierbas medicinales, a entender el significado de quemar copal —que se usa, entre otras cosas, para la purificación espiritual— y derramar en la tierra la sangre de un ave mezclada con chicha de maíz, como una forma de agradecimiento.

Desde esos días, al iniciar cada asamblea o evento, Cáceres pedía a una de las ancianas lencas quemar incienso como una forma de protección. A todo eso ella le llamaba “la cosmovisión lenca”. Y era vital, decía, no solo para unir al pueblo en un sentido cultural y espiritual: también para defenderse ante la ley y el poder de las empresas.



Pascualita Vásquez, una indígena lenca, durante la vigilia por el primer aniversario del asesinato de Berta Cáceres en La Esperanza, en marzo de 2017 Credit Oswaldo Rivas para The New York Times

El Convenio 169 de la OIT, firmado por Honduras, establece que los pueblos indígenas tienen derecho a decidir sobre cualquier asunto que afecte su cultura, sus costumbres, sus creencias, su bienestar espiritual o sus tierras. Uno de los requisitos más importantes, sin embargo, es que los indígenas se asuman como indígenas.

“Es, sobre todo, una estrategia política”, dice Tomás García, dirigente del Copinh que hoy continúa ese trabajo junto a sus compañeros. Allí está Lilian López, capacitando a mujeres lencas en talleres de liderazgo y trabajando para mejorar el albergue que Cáceres creó para ellas. Allí está Rosalina Domínguez, organizando a su comunidad para futuras movilizaciones y resistir a la represa. Allí está José Gaspar Sánchez, trabajando con Bertha Zúñiga en las radios comunitarias para llegar a los jóvenes de las aldeas. “Los asesinos pensaron que matando a Berta la lucha iba a ceder”, dice Sánchez. “En todo el país van a surgir muchas Bertas. Van a ver”.

El sol arde sobre el valle de Río Blanco. Las aguas del Gualcarque, donde la activista solía bañarse al terminar cada asamblea, ahora está llena de gente. Rosalina Domínguez, lideresa de la comunidad, dice que Cáceres ha ocupado un lugar en este río, junto a los ancestros: “Ahora es la abuela mayor, la que coordina el mundo espiritual”.



Un niño lenca descansa sobre una roca en el río Gualcarque durante el acto por el aniversario de la muerte de Berta Cáceres en la comunidad Río Blanco, en Intibucá, en marzo de 2017. Credit Oswaldo Rivas para The New York Times

En una de las orillas, donde los niños de Domínguez chapotean entre enormes rocas pulidas, se ven señales de los trabajos que los tractores de la empresa DESA iban a realizar para construir la represa, y que los lencas de Río Blanco impidieron hasta ahora.

Desde el asesinato de Cáceres las entidades financieras internacionales suspendieron temporalmente sus inversiones. El proyecto Agua Zarca está paralizado. Pero en la práctica nada ha cambiado: los asesinos siguen sin condena y el gobierno de Honduras no ha anulado la concesión a DESA. Ahora la empresa se ha trasladado a otro sector del río, junto a la comunidad de San Francisco de Ojuera. Allí hay familias que han aceptado la construcción de la represa.

“Nos siguen amenazando porque no hemos dejado la lucha”, dice Rosalina Domínguez. Recostada a la sombra de un árbol junto al río, la discípula de Cáceres deja ver su panza de cinco meses de embarazo: será su hijo número once. “Ahora hay extraños que me andan buscando por mi nombre. Pero mi vida la tengo dispuesta. Berta estaba lista para lo que tocara. Yo también”.


(THE NEW YORK TIME/JOSEPH ZÁRATE/ 2 DE JULIO DE 2017)