Reporte Indigo
México, DF.- Un profesor condenado por agresiones sexuales
contra sus alumnos de cinco años, podría quedar en libertad, gracias a
sus influencias.
Ante la sorpresa de sus padres y maestros, Ana cambió su conducta de un
momento a otro. Estaba irritable, agresiva y no quería bañarse. Veía
monstruos en su casa, rechazaba los besos de su familia y, en ocasiones,
volvía a orinarse en su ropa interior.
Esa conducta preocupó a sus padres que atribuían su comportamiento a la llegada de un nuevo miembro a la familia.
Pero Ana, de apenas 5 años, decidió romper el silencio y optó por contar
a una de sus amiguitas del colegio, Fernanda, que, cuando estaba en
clase, su maestro de computación “la tocaba su pipí y la besaba”. A ella
no le gustaba.
Daño psicológico
Esa breve e ingenua confesión de Ana destapó la cloaca de lo que estaba
ocurriendo dentro del colegio privado InterKids, al sur de la capital:
el maestro del taller de robótica, Adrián Limón Ramos, abusaba
sexualmente de sus alumnos que apenas tenían 5 años de edad. No solo Ana
sufrió agresiones, también Rita y Serafín, que padecen secuelas por
estos comportamientos.
Esta terrible historia, que presenta Reporte Índigo, está documentada en
la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal (PGJDF) y en
el Tribunal Superior de Justicia del Distrito Federal (TSJDF). Los
hechos ocurrieron así, aunque se han cambiado los nombres de los menores
que sufrieron abusos sexuales para proteger su integridad.
Los padres de familia de los menores violentados dentro de los muros del
centro privado han tomado la decisión de sacar a la luz pública todo
este dolor a fin de conseguir justicia para sus hijos, ya que el juez 45
penal del DF, Gerardo Campos Malagón, que llevó el proceso contra
Adrián Limón Ramos, le impuso una pena de apenas cuatro años y cuatro
meses, por lo que podría quedar en libertad próximamente.
El caso es escandaloso si se tiene en cuenta que los pequeñitos a su
corta edad contaron ante el Ministerio Público y otros especialistas
cómo su maestro, les sentaba en sus piernas, les tocaba su área genital,
las frotaba y les daba “cariñosos” besos. En esas imágenes, se ve cómo
el profesor se colocaba de espaldas a la grabación para ocultarse y no
ser visto, en el momento en que efectuaba tocamientos a los menores.
Temor al escarnio
La Unidad de Maltrato y Abuso Sexual Infantil (UAMASI) de la Secretaría
de Educación Pública (SEP) conoció el caso, que surgió en febrero de
2012, gracias a la directora del plantel, Alicia Sánchez Ascencio, que
quiso apoyar a los padres de familia.
Al evaluar a esta comunidad escolar en la que trabajaba Adrián Limón,
los especialistas del UAMASI, detectaron, a través de pruebas, que al
menos 10 niños presentaban síntomas de agresión sexual. Sin embargo,
muchos padres por temor al escarnio público no denunciaron los hechos.
Cuando Ana le contó su secreto a su amiga Fernanda, ésta lo reveló a sus
padres y ellos a la directora, que, a su vez, llamó a la familia de la
primera para informarles de lo que estaba ocurriendo.
‘Oye, mami’
Al enterarse de lo ocurrido, los padres de Ana recurrieron a una
psicóloga que les aconsejó no forzar a la menor a relatarles lo que lo
ocurría. Tenían que propiciar la conversación, dejarla que se confiara
para que decidiera hablar.
En casa de sus padres, Ana no quería bañarse y rechazaba los besos
maternos. En una de las ocasiones en que su madre intentaba asearla, le
soltó: “Oye, mami, ¿qué pasaría si un amigo te toca tu pipí?”, preguntó.
“A ver, hija, qué me dices, yo te digo que nuestro cuerpo es nuestro cuerpo y no debes permitir que te lo toquen”.
Ana arremetió: “¿Y también las pompis?”. Ese día no se atrevió a
confesarse ante su madre, quien ya preparaba con las autoridades del
plantel la forma de presentar la denuncia ante las autoridades para
acusar al profesor.
Una vez en la escuela, Ana llamó a su madre: “Mami, ¿puedes venir? Mami,
es que me duele aquí”, decía mientras señalaba su ingle.
“Te voy a contar algo, escucha, el maestro de computación me está tocando mi pipí”, confesó por fin.
Tras contar su secreto, se supo que a otros compañeros, niñas y niños, el profesor Adrián Limón les había hecho lo mismo.
Otra niña, Rita, le preguntó a su papá en casa si era correcto que le metieran el dedo en la colita.
Luego, mientras jugaba con su hermanita menor, Rita se soltó gritando:
“Ja, ja, ja, mi hermanita se agarra la cola, y a mí, mi maestro me
agarra la cola”. La frase dejó helada a su madre, que al informar de lo
sucedido a la escuela, recibió la noticia de que su caso no era el
único.
A la lista se sumaron los padres del niño Serafín, quien confesó a su padre que el profesor Adrián le tocaba su pene.
“¿Te agarra alguna parte de tu cuerpo tu profesor de cómputo?“, preguntaron los especialistas de la PGJDF.
“Sí, mi pene, me lo hace así (el niño se tocaba con la mano derecha por
encima de su pantalón su pene y lo apretaba con los dedos)”, asegurando
que así lo hacía su profesor.
“¿Qué más te toca tu profesor de cómputo?”.
“Mis pompas, me las hace así (el niño se tocaba con los dedos de su mano derecha en medio de sus glúteos)”.
“¿Te hace algo más tu profesor que no te guste?”, continuaba el interrogatorio.
“Sí, me da besos aquí (el niño señala sus mejíllas) y también besa a mis
amigos de mi salón y a las niñas nos carga y nos “abraza” a todos
suavecito”.
‘Soy como su padre’
En declaración ministerial ante el Ministerio Público local, el profesor
acusado argumentó que los tocamientos a los niños no fueron con dolo,
sino una especie de disciplina para enseñarles a sentarse bien en sus
butacas.
“En ocasiones, pongo la mano cerrada a la altura del ombligo para hacer a
los pequeños hacia atrás, porque varias veces se han caído de la silla y
como profesor siempre busco la posición más cómoda para mis alumnos”.
Según este inverosímil argumento, con su mano hacía presión en el
abdomen para presionar hacia atrás y que se quedaran en una postura
derecha.
“En otras ocasiones, toco con la mano cerrada las rodillas para
indicarles que los pies deben de estar extendidos, no cruzados, y ambos
pies de manera derecha con el piso.
“Cuando la niña refiere que yo la toqué, la razón es que los alumnos se
sientan muy mal y siempre les digo que deben sentarse con la espalda
recta, las pompis derechas y los pies al frente sin cruzarlos”.
A decir del acusado, los niños confundieron, de manera involuntaria, que
en vez del abdomen, les tocó la zona púbica. Luego, como parte de sus
justificaciones y pretextos, describió a cada unos de los alumnos que lo
acusaron como niños con problemas para demostrar sus sentimientos,
desordenados, unos fantasiosos, que no sabían distinguir entre la
realidad y la fantasía.
Mencionó que, por ejemplo, en el salón de clases Rita lo llamaba papá.
“Me dice papi o papá, le digo que no soy su papá, sino su profesor y que
dentro del salón hay reglas.
“Es una menor fantasiosa, demasiado afectiva y cariñosa conmigo, y
varias veces le he tenido que pedir que modere la manera de expresar su
afecto, ya que es demasiado explosiva, es decir, cuando se me acerca, me
abraza muy fuerte”, dijo.
En libertad
Todas las pruebas, todos los relatos que por su propia voz efectuaron
los menores ante las autoridades y especialistas contenidos en el
expediente 4212, Toca 1770/2012, parecieron tal vez insuficientes al
juez 45, Gerardo Campos Malagón, quien con la sentencia de cuatro años,
cuatro meses, le facilita la salida de prisión.
Actualmente, Adrián Limón está preso en el Reclusorio Norte. El juez
consideró que, como se trataba de su primer delito, tenía derecho a la
libertad condicional, previo pago del daño moral a sus pequeñas
víctimas.
Limón tuvo que indemnizar a Ana con 12 sesiones terapéuticas por valor
de 9 mil 480 pesos; a Rita, 12 mil 640 pesos, con el mismo fin, mientras
que a Serafín, el más dañado de los menores por ahora, le abonó 18 mil
960 pesos para 24 sesiones.
Aseguran que varios conocidos de Adrián Limón les informaron de que
tiene una tía con mucho dinero, que prometió mover cielo y tierra para
sacarle de prisión. No saben si ella o el juez lo consiguieron, pero el
profesor abusador podría quedar próximamente en libertad.
Tal vez el presidente del TSJDF, Édgar Elías Azar, tuviera más tiempo
para escuchar estos relatos dolorosos de las víctimas y menos tiempo
para los actos públicos.