domingo, 15 de diciembre de 2019

MALAYERBA: LA REUNIÓN



Los invitaron a una reunión y ellos asintieron con desánimo. Bueno, ahí nos vemos. Estaban en Bogotá: no querían trabajar, sino conocer, pasear, ver morritas, pistear y echarse uno que otro pasón. Habían ido a caminar al centro y luego fueron al miradero. Las tardes de la capital colombiana son lluviosas y frescas y ellos, prófugos de los cuarenta y cinco grados de calor culichi, andaban ligeros de ropa.

Llegaron puntuales porque querían retirarse temprano. Era una casa grande, una mansión: blanca, de dos pisos, con tejas y un patio de parque de diversiones, alberca, una fuente y unos quioscos en los que se juntaban para platicar y hacer la fiesta. Cinco vehículos de lujo en la cochera, chimenea y un ejército de empleados.

Pásenle. Qué más. Eran las dos palabras con la que acostumbran saludar los bogotanos. La otra que más repiten es tranquilo: extraño vocablo en una región castigada por la violencia entre los cárteles y el gobierno, y la generada por la guerrilla. Tranquilo, tranquilo. Expresiones de pacificación en tiempos de beligerancia sin decibeles. Y así las cosas se resolvían o calmaban.

Entraron y un ejército de camareros se les echó encima. Querían quitarles el saco y el paraguas, conducirlos hasta el saloncito abierto en el que se realizaría el encuentro, darles las buenas tardes, ofrecerles en charola ron o champaña, llevarlos hasta una silla, darles algún aperitivo. Solo un poco de ron, no más para no extrañar el tequila.

Ellos en chanclas y camisetas. Sudados, uno de ellos con cachucha y el otro despeinado. Ambos en chor, mostrando las piernas peludas y las uñas cortas y alcanzadas por esa ciudad de llanto tenue, de bruma matinal que se queda todo el día. Se sentaron, casi acostaron, en la silla. Frente a ellos el anfitrión, con ropa formal. Estaba contento de tenerlos ahí y se los dijo. Pidió al personal que trajeran tequila para sus amigos mexicanos.

Uno a uno fueron llegando los otros. Un par de gringos de guachinton: altos, fríos, imponentes. Tres de Cali y de otras regiones. Todos ellos en traje o de esmoquin. Todos ellos con ropa oscura. Todos ellos con zapatos lustradísimos hasta la centella. Todos ellos peinados, pelo corto, erguidos como columnas de monasterios. Serios, muy serios, al principio. Platicaron nimiedades y luego quisieron hablar de negocios.

Antes quiero presentarlos. El anfitrión habló de los gringos, luego de los de Cali y sus alrededores y al final presentó a los mexicanos, que habían viajado desde Culiacán, Sinaloa. Cuando dijo eso los otros se levantaron como resortes. Casi gritaron De Culiacán. Mis respetos. Socios, amigos. Qué bárbaro, qué buen trabajo hacen. Y entonces se sintieron en confianza y empezaron a negociar.

Columna publicada el 8 de diciembre de 2019 en la edición 880 del semanario Ríodoce.

(MALAYERBA/ JAVIER VALDEZ/ DICIEMBRE 10, 2019, 8:27 AM)

MALAYERBA: AFI



Desde niño quería ser policía, pero cuando creció un poco, ya de adolescente, dijo que quería ser agente, pero de la federal. Había nacido en un pueblo de árboles frondosos y venados en el patio, donde el frío se queda casi todo el año y la cobija rosa mexicano de amapolas fisgoneaban en los rincones de los cerros, para maravillar el paisaje.

Salirse de ese pueblo e ir a la ciudad, a estudiar y echarle ganas. Todo para ser policía. Su novia le dijo me voy contigo. No quería estar ahí. Altiva, con mirada de monumento, fría y al horizonte, traía pulseras, anillos y collares de oro, y ropa que siempre quería cambiar: el pueblo le quedaba chico y quería más billetes en ese bolso yoryo armani, porque nada y todo era igualmente insuficiente.

Él era su pase a la ciudad, a la vida de gala y lujos, de pasarela y alfombra roja y reflectores, que ella soñaba. Al lado de él, mientras no hubiera mejor opción. Él fue aceptado luego de pasar todas las pruebas y empezó a estudiar para ser de la policía federal. Ella mantuvo tibio el nido mientras el firmamento se le rendía a sus uñas rojas y con incrustaciones que destellaban.

Cuando terminó su preparación, se apasionó tanto que hizo propuestas, cuestionó lo que pasaba en la corporación y criticó a sus superiores. Sin darse cuenta, los oídos dispersos y abiertos lo habían captado. Las antenas del rudimentario espionaje interno, lo ubicaron. Destacó en varios operativos importantes y ascendió, pero no lo que merecía ni lo que hubiera querido. Y siguió en su andar crítico e insolente. Los mandos lo tenían ubicado: este novato es un estorbo.

Una tarde lo mandaron a una comisión. Era un operativo fuerte, pero no le dieron por escrito las especificaciones. Le dijeron que era importante y que así debía realizarse. Pensó que era una prueba y que bien podía superarla. Estaba oscuro, como esos callejones de madrugada, como esos caminos propicios para la muerte y sin salida. Solo, a tientas y con su escuadra a la cintura, no vio las redes que se la tendían y venían encima. Hombres de negro, sigilosos como gatos y encapuchados, lo tenían a la mano, cercándolo. Y cuando se dio cuenta, ya era tarde: había sido una trampa, le fincaron secuestro y extorsión, y luego de rodearlo y golpearlo, lo esposaron. Está usted detenido, le dijo el oficial. Y si se resiste, le metemos otros delitos, cabrón.

Los policías buscaron a su esposa. Con el niño en brazos les dijo que ella no tenía nada qué ver, que había sido una relación pasajera y que hacía mucho que no lo veía, a pesar de que ese niño llevaba su apellido. Él envejecía en la cárcel, con acusaciones sobre delitos que no cometió y ese niño estrenaba padre y ella marido: un comandante de la misma corporación.

Columna publicada el 1 de diciembre de 2019 en la edición 879 del semanario Ríodoce.

(MALAYERBA/ JAVIER VALDEZ/ DICIEMBRE 3, 2019, 6:57 AM)

MALAYERBA: NARCOPASIONAL



Para Federico Campbell. Con ráfagas de vitaminas y esperanzas.

La mujer manejaba la camioneta con pulcritud. Tomó el bulevar ancho, a tres calles de su casa. Vuelta a la derecha. De frente, dos cuadras. Luego a la izquierda. Relaja sus dedos sobre el volante, abre y cierra las piernas con lentitud y activa el direccional.

Suelta un poco el acelerador y traslada su pie derecho al freno, suavemente.

Levanta la derecha, abre el compartimento que está encima del retrovisor y presiona el botón del control remoto del portón eléctrico. La música acompaña sus movimientos. Volumen bajo: Joan Sebastian canta solo para ella: hoy empieza mi tristeza, ya te vas, empacada en tus maletas, mi alegría te llevarás, como te amo ni había amado, ni amaré.

Pero ella no tarareaba, solo emitía un dietético sonido con los labios pegados.

Quizá porque era lunes en la mañana. Tal vez porque estaba esa rola en su reproductor de discos compactos. O porque iría con sus amigas al café de las once. O por nada. Pero estaba relajada, ausente, viajando entre el tablero de su camioneta, las rolas, la voz, la nostalgia, y esa mañana de apacibilidad.

Probablemente por eso no vio el automóvil blanco que la había seguido y que dejó su rastro dos cuadras antes de llegar. No vio el carro, mucho menos a esos dos. Uno de ellos hablaba y hablaba por teléfono. Tampoco reparó en esos que estaban en un vehículo gris, por la acera de enfrente, a pocos metros de su casa, ni que en ese momento una nube bloqueó los brazos ardientes del sol de las ocho.

Ella avanzó en su cochera. Frenó como si se hundiera en un invitante colchón. Llegó y siguió hundida en el sillón de cuero, frente al volante, con el sonido de mmm emanando de sus labios pegados y esa boca de la que asomaba, una sonrisa.

Detrás, un hombre bajó del carro gris. Trae algo oscuro en su mano: cuelga, destella, la esconde, roza con su muslo de mezclilla, avanza con un compás de portar la muerte como la única certidumbre vital, empuña y camina con una prisa que no pierde ritmo ni tiempo. Se cuela antes de que ella aplaste el botón del control remoto que cierra el portón de la cochera.

Ella empuja el dispositivo que la libera del cinturón de seguridad. No suelta el volante, al contrario lo golpea al ritmo de la balada. Joan Sebastian le dice que está triste, pero ella viaja lejos y con los ojos abiertos. No ve lo que está detrás, a un lado, el ojo ciego y oscuro de esa treinta y ocho, que le escupe el cuello, la cabeza, la cara.

A tres cuadras, media hora después, dos mujeres en el ocso. Ya supiste. Mataron a la Karla. Tan guapa ella, tan simpática. Y eso. Qué habrá sido, por qué. Pues ya sabes: o fue por eso del narco, o algo pasional.

Columna publicada el 24 de noviembre de 2019 en la edición 878 del semanario Ríodoce.

(MALAYERBA/JAVIER VALDEZ/ NOVIEMBRE 26, 2019, 7:31 AM)

LA MOTO




Policía condecorado, de carrera. Era destacado y así se había mantenido cuando fue a cursos al extranjero. Hasta un reconocimiento se trajo por su desempeño. Por eso lo ascendieron a comandante y lo nombraron jefe de una base de la policía que estaba lejos de la ciudad capital.

Le ordenaron párteles la madre. Tenía luz verde para entrar a domicilios, detener sin orden de aprehensión, irrumpir sin permiso de un juez donde le pareciera. Por sospechas, porque le daba la gana, porque esa apariencia de malandrín lo ameritaba, no más por que sí. Y zas tumbaba las puertas, reventaba candados y luego decía era una casa de seguridad, por eso nos metimos a revisar.

Inventaba que había drogas. Y como no la había, la sembraba. Sobredosis especial de saña cuando se trataba de gente pobre: indefensos, ignorantes, solos, en el abandono, con sus vidas miserables y en medio de un cuarteado páramo. A esos los golpeaba al antojo. Cada que podía tomaba dinero, joyas, teléfonos celulares. Napalm del hurto en tierra de nadie.

Pero algunos empezaron a quejarse. Las inconformidades llegaban a oficinas de organismos de derechos humanos, luego a la policía. Se hicieron denuncias públicas. También llegaron papeles de estas quejas a manos del procurador. La gota para que aquello empezara a derramarse fue cuando él acudió a la ciudad más cercana y se topó con varios que iban en motocicletas. Le echó el ojo a una de ellas. Prendió la torreta, pitó. Hizo señas para que se detuvieran.

Es una revisión de rutina, les dijo. Sonrió con picardía, como si tuviera un diente de oro qué presumir. Esta me la llevo, anunció. Era una jarlei negra, con adornos dorados y rojos como ornamentaciones. Poderosa, de mofle malhumorado, grande como dragón. También me quedo con el casco. Por qué, le preguntó el dueño. Porque me gusta.

Se interpuso una queja y luego una denuncia. El comandante insistía en que era una belleza ese monstruo de dos ruedas. Y lo limpiaba y trataba como si fuera una diosa de acera. Hasta compró solventes para borrar la serie del motor y labrar otro. El jefe de la policía se hartó porque llegaban las quejas y no dejaban de llegar. Otra vez con tus pendejadas, cabrón. Agarra la onda. Mira nada más el desmadre que traes. A ver cómo resuelves esto. Poco le importó.

Lo buscaron, le insistieron que la regresara, que la moto tenía dueño. Háganle como quieran. Esta cabrona es mía: la lustraba, tallaba y tallaba el serial, y repetía me gusta para montarla. Las víctimas de sus abusos seguían quejándose. Las denuncias por robo, asaltos, tortura, detenciones arbitrarias, se agolpaban en archiveros y escritorios. Hasta esa vez que le cerraron el paso, lo bajaron de la camioneta en que iba con unos amigos y le dispararon. Hasta aquí dejaste de chingar, le gritaban.

Columna publicada el 17 de noviembre de 2019 en la edición 877 del semanario Ríodoce.

(MALAYERBA/ JAVIER VALDEZ/ NOVIEMBRE 19, 2019, 7:43 AM)

LA BODA



Ella y él estaban esmerados en los preparativos de la boda. Emilio, el empleado del hotel que se encargaba de organizar todo, estaba también entusiasmado. Boda de lujo y derroche, de cumplir todos los caprichos de ella y de que él se pusiera a sus pies en todas sus ocurrencias. Dinero había. Dinero hasta en la sopa de arroz. Dinero en la cocina de esa casa que habían construido y en el carro lujoso que le había comprado a la novia.

Un día llegaban con Emilio y le decían que los manteles deberían ser de este color, el arreglo en el centro de la mesa de esta forma, los adornos en las paredes del salón así y le señalaba una revista de modas en la que había visto novedades usadas en bodas.

Emilio asentía. Era su trabajo y lo hacía muy bien. Empleado estrella del hotel, decía que sí a todo y ponía pocos peros. Él mismo los veía apasionados, con esos destellos en la mirada de ella, con la mirada de él en los ojos de su prometida: la tomaba de la mano, la rodeaba con su brazo, sonría cuando ella hablaba, imantado a su piel y su rostro, al cabello y sus manos.

Ella en cambio se le recargaba en su brazo, lo tomaba del hombro más cercano. Lo abrazaba completo y parecía traspasarlo, de sus pectorales hasta las paletas de su espalda. Y era tal amor y adoración que en cada abrazo se fundían y confundían. Acaso, tal vez, eran uno solo. Pero al día siguiente los caprichos del anterior se vencían fácilmente. Había visto alguna novedad, lo comentaron sobre los centros de mesa. Ella le habló a Emilio y él cambió todo el esquema. Pocos días antes de la boda, el salón majestuoso ya los esperaba y al fin estaba todo acordado: la música, los corazones rojos, los adornos, los invitados y su distribución, las luces, las flores, las bebidas, el brindis, los padres de ambos, la cena y el postre.

Entonces Emilio recibió una llamada. Era él. Le había agarrado aprecio, porque Emilio era eficiente y cálido, servicial. Un profesional de las fiestas. Cuando todo esto acabe, en la noche, después de la fiesta, voy a darte un millón de dólares. Quiero que pongas tu propio negocio. Yo te voy a ayudar. Emilio agradeció y cuando llegó a su casa le dijo a su esposa. Quién sabe de dónde vendrá ese dinero: no lo agarres. Le prometió no hacerlo, aunque el gesto lo conmovió y halagó. Un día antes de la boda, hubo una balacera en una colonia de la ciudad y varios hombres murieron. La noticia le llegó de rozón, pero hasta ahí.

Temprano, esperó la llamada que no llegó. Se le hizo extraño no tener noticias de los novios y estuvo a punto de buscarlos por su cuenta, pero desistió. Entró una llamada. Era ella. Emilio. Y la voz se hizo sollozo y luego llanto. No va a haber boda. Él pensó que era broma, pero el silencio empezó a doler. Me lo mataron, Emilio. Me lo mataron.

Columna publicada el 27 de octubre de 2019 en la edición 874 del semanario Ríodoce.

(MALAYERBA/ JAVIER VALDEZ/ OCTUBRE 29, 2019, 6:55 AM)

MALAYERBA: OCHO DEDOS



El hombre se subió y le preguntó que si había sido muy duro para él. El taxista lo miró por el retrovisor y pensó que le preguntaba cómo iba su día, en esa mañana ya avanzada. El desconocido pujó. Miró de frente y luego a los lados, como para distraerse mientras el vehículo se retiraba del aeropuerto y la ciudad asomaba a lo lejos.

Cuántos eran. Preguntó de nuevo. Esta vez ni siquiera volteó a verlo. Cómo, no le entiendo. Que si cuántos cabrones eran. De qué habla, preguntó el taxista con amabilidad. Cuántos fueron los que te hicieron eso. Y apuntó, primero con la mirada y luego con el dedo, hacia las manos que tenía sujetando el volante. Específicamente la izquierda.

Siete, señor. Hijos de la chingada, completó el cliente. Luego le dijo que seguramente le habían bajado un buen de lana. Yo era empresario y no me metía con nadie y estaba al frente de una familia. Desde entonces todo se me vino abajo. Cuéntame, dijo. Su voz era dura y pajosa, como si se le dificultara abrir la boca para hablar o lo cansaran las palabras pronunciadas.

Tenía tres tortillerías y un abarrote. Logró adquirir sus bienes poco a poco, hasta que completó doce carros para el reparto de productos. Hasta a su padre, que tenía unos terrenos para heredárselos, le pegó: tuvo que venderlo todo, igual que él, para completar apenas dos millones y medio. Porque, hasta eso, esos cabrones pedían cinco. Claro que todo lo malbarataron. Lo que costaba cien lo vendieron en cincuenta y por el estilo.

Para probar que él seguía con vida, le mocharon un dedo. Y luego, como no lograban juntar la lana porque la venta tardaba y la gente no pagaba, le mocharon el otro. En cajitas de zapatos, de esos flexi, llegaron los dedos, en dos envíos, a mi casa.

Su esposa se espantó tanto que se desmayó. Sus tres hijos lloraron y lloraron. La histeria. Yo me creí muerto. Ya no me dolían los dedos ni las manos. Me estaba taladrando el corazón: el alma me la tenían perforada.

Al final lograron pagar esos dos millones y medio. Su esposa lo dejó porque se le acabó el negocio y el dinero, y sus hijos se quedaron. A los meses su padre murió: ya no tenía nada, así que me puse a hacerles mandados a los vecinos, a juntar botes en la calle e ir al mercado de abastos para recolectar tomate, manzanas, plátanos que caían de los carros repartidores o que tiraban los comerciantes. Las manchitas, piezas aguadas, deformes, eran para él una bendición. Así lograba tener para que sus hijos comieran.

Esos putos ya están muertos, se lo garantizo, le dijo el pasajero. Pronunció un aquí me bajo. Le extendió un papel en el que había escrito El quince y un número de teléfono. Si sabe de alguien que esté extorsionando, me avisa pa matarlo. Y le dio quinientos de propina.

Columna publicada el 3 de noviembre de 2019 en la edición 875 del semanario Ríodoce.

(MALAYERBA/ JAVIER VALDEZ/ NOVIEMBRE 5, 2019, 7:29 AM)

MALAYERBA: DINERO DE DIOS



La divina providencia nos socorrerá, le dijo el padre a la monja. El joven seminarista los escuchó y se quedó callado: apretó los labios, entrecerró los ojos y agachó la cabeza, resignado. No más le faltó hincarse y encomendarse a Dios, la virgen o San Judas Tadeo. Nadie en el firmamento. Y el de sotana ya lo había dicho. El cielo proveerá.

Volteó y las nubes le gritaban con colores grises oscuro, negro condena, azul soberbia. Ratificó sus temores: nadie. Su madre lo había mandado ahí, pero él también lo quería. Sintió el llamado del todopoderoso cuando estaba en la primaria. Monaguillo por pasión y sin tomar de la limosna, porque es pecado robar. Se sabía de memoria los rezos y si alguien se lo permitía, podía oficiar una misa. Desde el credo hasta el saludo de la paz. No más le faltaba la homilía.

Por eso entró al seminario. Mi hijo tiene vocación, dijo la madre. Llorosa, con las manos temblando y el labio inferior mojado y suelto, se lo anunció a su esposo y a sus dos hermanos. Todos estaban emocionados, conmovidos. Parecían ver a Juan Diego, iluminado e irradiando el cuarto, la sala, el patio, el comedor y el zaguán donde no cabía el carro que no tenían.

Voy a ser seminarista, les dijo. Y todos lo abrazaron. Él se puso triste porque iba a vivir fuera de casa, internado en el seminario diocesano, sin sus amigos del barrio, ni esa chava que ya ensayaba sonrisas cuando lo veía de lejos. Pero quería ser sacerdote, oficiar misa, dar la comunión, atender a los pobres como él, orientar la feligresía y enseñar la palabra de Dios.

Pero no tenía dinero y eso apenas empezaba. Ya en el seminario, faltaban recursos y él no contaba con nadie: sus padres tenían los bolsillos enteleridos y él se había gastado todo en los primeros meses. Por eso acudió al sacerdote y lo comentó con una de las monjas que lo auxilia. Dios proveerá, la santísima trinidad nos ayudará. Retumbaba en la cabeza y su billetera seguía seca.

Le contó a uno de los seminaristas, con quien ya había amistado, y él le dio la solución. Hay que recurrir al patrón. Quién es. El patrón, el señor. Preguntó si hablaba de Dios. No, de un hombre bueno y poderoso, con muchísimo dinero. Él siempre ayuda a la iglesia, al seminario: manda comida, nos da para los viajes, reparte dinero entre los alumnos más pobres y da buenas limosnas.

Pensó en un gran empresario. Benefactor de la iglesia y generoso con los necesitados. Se dijo que era alguien cercano al obispo, lo imaginó sentado en alguna banca escuchando misa e hincado y rezando en silencio mientras saboreaba la hostia envinada. No, no viene a misa. Es un narco, le dijo. Entonces es dinero malo, respondió. No, es dinero de Dios.

Columna publicada el 10 de noviembre de 2019 en la edición 876 del semanario Ríodoce.

(MALAYERBA/ JAVIER VALDEZ/ NOVIEMBRE 12, 2019, 7:22 AM)